El señor de la campana (Amaya Puente de Muñozguren)

La pequeña Clara acaba de cumplir un año y ya camina, a trompicones, cayendo y levantándose como una muñeca de goma. Ahora está muy quieta, de pie en una silla, frente al espejo del baño en el que se ve reflejada, su madre, Ana, le está haciendo unas trenzas para formar con ellas un peinado de corona de princesa que tanto le gusta a Clara, su pelo castaño y fino, es ideal para trenzarlo. El padre, Luis, espera inquieto, como siempre, fumando en la puerta que da al jardín, uniendo las volutas de humo del cigarro a la niebla espesa de una mañana de sábado que ya huele a invierno.

Los ojos azules de Clara brillan, asombrados, con los adornos que hay por doquier en el centro comercial, mientras su carita de porcelana se colorea con el calor del establecimiento y baila al son de la música navideña, moviendo el culo, mientras sube en las escaleras mecánicas agarrada, de una mano a su madre y con la otra a su padre mientras les sonríe a ambos elevando su cabecita adornada de trenzas.

La música se ve alterada por unas campanadas que cada vez se oyen más cercanas, tanto, que en un momento, por la escalera mecánica de bajada, mientras la joven familia sube, ven a un hombre vestido de rojo, con enorme barba blanca y voluminosa barriga que agita una campana y da caramelos a los niños que le siguen, pidiéndole a gritos que les dé más.

La pequeña Clara abre sus preciosos ojos azules de una forma desmesurada, agarra con fuerza las manos que la sujetan y mira a su padre, con una mueca en la boca de pocos dientes que ya está a punto del llanto. Luis la coge en brazos y le señala al hombre de rojo, que en ese momento se cruza con ellos en la escalera mecánica, agitando con fuerza la campana que resuena como un estallido repetido. Clara clava sus uñitas en los brazos del padre mientras tiene los ojos repletos de lágrimas; en ese momento, Ana, su madre, le explica, acariciándole la espalda, que el señor de la campana se llama Santa Claus y que trae chuches y juguetes a los niños buenos.

Clara, con media sonrisa, repite con lengua de trapo: “Ño de la papana” y sonríe a medias sin dejar de agarrar con fuerza los brazos de su padre, que mira, nervioso, el reloj.

Poco a poco van haciendo las compras navideñas cruzándose una y otra vez con “el señor de la campana”, al que Clara cada vez tiene menos miedo. Están en la planta de los juguetes, eligiendo los que creen más convenientes para la pequeña, mientras ella se abraza a un gran oso blanco, con bufanda y gorro rojo, del que no se quiere desprender ni cambiar por nada de todo lo que les rodea. Suena repetidamente la campana junto a ellos, Clara se agarra con los dos brazos al gran oso de peluche y cierra con fuerza los ojos. Una mano, con guante blanco, le acaricia las trenzas que forman una corona sobre su cabecita y con la otra le ofrece caramelos de atractivos colores, envueltos en papel transparente. Clara mira de reojo, protegida por el cuerpo del gran oso blanco al que sigue abrazada y estira una mano hacia las golosinas; mira con sus preciosos ojos azules, fijamente, la barba de Santa Claus y le dice a su madre con lengua de trapo: “barba abuelito”. Sonríen. Clara suelta el oso, que cae al suelo sin ruido y agarra la barba blanca con las dos manitas, mientras el hombre de rojo coge a la niña en brazos. La pequeña Clara agarra con fuerza la barba blanca y se frota la cara con ella, recordando lo que hace cada tarde con su abuelito Matías y se queda con ella en la mano. Mira, con ojos desorbitados al extraño vestido de rojo mientras rompe en llanto y patadas hasta que la rescatan los brazos amorosos de su madre que la consuela acercándole el gran oso blanco a su cara y haciendo como si este le hablara al oído. La niña tiene entre sus manos pelos de la barba postiza de Santa Claus, los mira con cara de asco y agita la mano con fuerza, Luis se los quita con cuidado mientras Ana esconde bien envuelto, en una gran bolsa, el oso blanco con bufanda y gorro rojo, igual al que se abraza ahora la niña, mientras se chupa el dedo y cierra los ojos, medio dormida, en brazos de su padre. Los villancicos siguen sonando cuando Clara, chupándose el dedo, suelta el oso de peluche y se frota con la mano libre la oreja, como hace siempre antes de dormirse. La niebla de la mañana empieza a levantar en el momento en el que salen del centro comercial y se pierden en el alboroto de la ciudad, camino de su casa, cargados con varias bolsas llenas de regalos envueltos en papel rojo y adornados con campanitas doradas que suenan suavemente en el interior.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a El señor de la campana (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. Arecibo dijo:

    Tierno y muy bien escrito. Felicidades.

  2. manolivf dijo:

    Muy bueno, Amaya, ese “ño de la papana”, aunque la niña no se lo haya creído… Un abrazo.

  3. Jesus dijo:

    Me ha gustado mucho

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Arecibo y Manolivf, por vuestros comentarios y por dedicar tiempo a leer mi obra, os lo agradezco de corazón. Un beso y a seguir leyendo y escribiendo. Amaya

  5. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Jesús. Un beso. Amaya

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu comentario y por leer mi relato. Un beso. Amaya

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s