La sonrisa (Alizée)

-Oye, ni idea de lo que dejé, será que no lo necesito. Puedes tirarlo todo –Ruth intentó parecer tranquila.

De su estrenado ex marido escuchó el carraspeo que siempre anticipaba a las palabras.

-…pero…

-Lo tiras ¿vale? Y gracias por avisarme.

La llamada de Paco la cogió por sorpresa en el vagón del metro, de regreso a su nueva casa. “¿Gracias por avisarme?” Capullo, pensó ¿Cómo no se lo había soltado antes de colgar? Una pausa breve para intentar captar su atención, algo que siempre había sido difícil. Capullo, sí, así sin más, con un punto final bien remarcado. Escupido directamente a esa sonrisa boba, enmarcada con  dos hileras de dientes artificiales.

¿Por què se había casado con Paco?  Hacía ya siete meses. Una celebración fría, a primeros de octubre. Aburrida. Una mesa larga bajo unos plataneros de troncos gruesos. Un día para olvidar. Sin el Sacher que ella había pedido desde que empezaron los preparativos, sin pastel para cortar entre los dos, sin sonidos para bailar. Una boda íntima y no se hable más. Quien paga manda, decía la abuela de Ruth. Aburrida. Con las hojas secas que con cada brisa caían sobre ellos. Aburrida. Después del estofado  que él había escogido como plato fuerte y el sorbete de limón, para digerir bien. Se la llevaron su estrenada suegra y su estrenada cuñada, con los ojos chispeantes la sentaron entre ellas, porque tanta felicidad y ya era hora que el nene (con sus entrados 57 años) se hubiera casado. Y la miraban como aliviadas, qué guapa que eres, la suegra le pasaba los dedos por las flores del pelo, bonita, y las hojas seguían cayendo, ya con más fuerza porque el viento arreciaba.

La primera que le vio levantarse fue la suegra, que mira qué guapo le queda el traje, si es que hacéis tan buena pareja. Ella levantó la mirada y le vio acercarse con el movimiento más lento y arrastrado que de costumbre, el pelo plateado, los ojos que eran tan menudos, tan redondos y tan negros y abiertos, como dos pequeñas canicas negras  que le dejaban siempre una expresión de susto. Se paró frente a Ruth, extendió el puño de la mano derecha y la abrió delante de ella. Miró la mano extendida, los dedos encogidos, entre las líneas marcadas un diente blanco, roto, caído. Si querías una excusa para dejarme aquí la tienes, sentenció Paco en un tono lastimero, ella le miró desde abajo, ¿se te ha caído un diente?, él levantó un poco el labio para enseñar el hueco oscuro, por Dios Paco ¿puedes parar ya?, de verdad, lo entenderé.

Capullo. Hubiera sido mejor largarse en aquel momento. Dejar “al nene” con la suegra que no paraba de sobarla, que si el pelo, que si el tul de la falda… Se quedó y el recuerdo de aquel momento siempre le hacía arrugar la nariz y, sin darse cuenta, retiraba la cabeza hacia atrás. Igual que cuando le tenía cerca y le veía pasear la punta de los dedos  por las dos hileras bien alineadas, hacia la derecha, hacia la izquierda, comprobando que todo estuviera en su lugar. Y otra vez la sonrisa boba que se le quedaba suspendida en el tiempo durante unos segundos.

¿Por qué se había casado con Paco? Y no había manera de que pudiera darse una respuesta que la convenciera porque estaba tan enamorado, él, explicándolo a cualquiera que preguntase y la llevaba a cenar por ahí y se sentía acompañada las tardes de domingo, sí, quizás fuera por eso y es que a veces las mujeres somos tan fáciles de convencer… ¿por què no? Al principio, ella con los ánimos altos, intentaba complacerle cada vez que él escogía el restaurante, él decidía la película que verían en el cine, el programa de televisión, planeaba los viajes, los que haría sólo y los que ella le acompañaría. Quien paga manda. Siempre lo que él decidía, sin pactos. Aburrida. Los dedos resbalando por el esmalte blanco, cuando hablaba, cuando comía, la sonrisa. Empezó a sentir asco.

Siete meses de la boda. Ella fregaba los platos de la cena, notó el carraspeo a su espalda, se giró y le vio, sin sonreír, parado junto al vano de la puerta. De nuevo el carraspeo. Así no sigo, gritó, ni un mes más ¿me oyes? Ruth hundió los dedos en las pequeñas burbujas de jabón que quedaban en los vasos. Hasta los cojones estoy de tu indiferencia, nunca me acompañas a ningún sitio, eres mi mujer ¿lo recuerdas? Pago el alquiler de esta casa, la que a ti te gustaba ¿me oyes? y me ignoras. Estoy harto ¿me oyes? harto. Te doy tres meses para que te busques una casa y te largues. Ruth puso las manos bajo el chorro de agua fría. Le miró, casi prefería verlo descontrolado que sonriendo, cerró el grifo, se seco los dedos en la falda y pasó junto a él. Vale. El la siguió con la mirada abierta. La vio pasar de largo y entrar en la habitación  ¿Cómo que vale? Ruth, por primera vez, utilizó el pestillo de la puerta del dormitorio. 

El día que vació la casa Paco estaba en el trabajo. Le dejó los muebles del despacho, el sillón de orejeras y el Mac. A cada uno lo suyo, decía siempre la abuela. Antes de largarse pegó un post it en el espejo del baño: como farol, malo, yo no necesitaba tres meses, Ruth.

Capullo

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2 respuestas a La sonrisa (Alizée)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, es un relato real como la vida misma. Un saludo. Amaya

  2. Esta bien el relato, pero….¿y por qué se casó con Paco? es un dato importante, ya que no se encuentra la explicación a casarse con un tipo así. Saludos

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