Un jardín artificial (Amaya Puente de Muñozguren)

Marisa está pasando por el peor año de su vida, ha perdido hace pocos meses a su marido, con el que compartió cuarenta años llenos de silencios, de día, y manos enlazadas por las noches, toda la vida lo hicieron así, si no ninguno de los dos podía dormir.

Sergio, su difunto esposo, nunca fue muy hablador pero era un hombre de noches tiernas, en las que le abrazaba con sus brazos poderosos, Marisa se refugiaba en ellos hasta hacerlo en sus sueños; eran una pareja que siempre estaban juntos, cada uno en sus quehaceres, ella cocinando, leyendo o escribiendo, él, leyendo, repasando su colección de fotos o cuidando el primoroso jardín que arreglaba cada tarde, al volver de la obra. Ambos se preocupaban de cuidar a “sus niñas”, una gata color carey y una perrita negra y marrón, de tamaño menor que la gata, a las dos las llaman “Nena”. Ambas esperan, aún hoy, asomadas a los cristales de la puerta del jardín, que vuelva su amo; día tras día, observan desde la puerta de cristal de la casa, la puerta de la calle que da al jardín, abandonado y seco desde que Sergio no está. El invierno ha tapado la dejadez de las plantas muertas con una capa de nieve que lo hace menos triste. Los vecinos lo miran con pena, mientras ven a Marisa, abandonada también, dormitando en la mecedora y mirando, de vez en cuando, en la misma dirección que lo hacen “sus niñas”. La otra pérdida de Marisa ha sido su trabajo, rutinario y algo aburrido, pero que le gustaba y llenaba sus horas ayudando a los vecinos a encontrar libros, en la pequeña biblioteca del barrio que ella cuidaba. Por culpa de la edad, que ya no es poca, ha tenido que renunciar a seguir trabajando después de haber conseguido dos prórrogas; coincidió en la fecha de jubilación con su querido y silencioso esposo, ambos ampliaron las horas que pasaban juntos, pero siguieron haciendo lo mismo, hasta que Sergio enfermó y tuvieron que trasladar la rutina de leer, escribir y arreglar fotos al hospital, luego, el día de la gran tormenta, apagó la luz de toda la ciudad y con ella la débil respiración de Sergio que no se volvió a oír, por más que Marisa acercara la oreja a su pecho consumido y dijera al personal del hospital que su marido estaba dormido. Dos días tardaron en poder separarla de su cuerpo, dos días en los que ella no dejó de hablarle y acariciarle la mano helada, como hacia siempre antes de dormir. Sergio no despertó y ella ya no pudo volver a dormir sin agarrar su mano en la cama en la que solo daba vueltas hasta que se refugiaba en el balanceo de la mecedora y dormitaba esperando que el amanecer les enseñara de nuevo, a las tres, la puerta del jardín.

 Marisa salía poco, solo para comprar comida para “sus niñas” y algo de leche, queso y pan para ella, ese es su alimento diario; come poco y su cuerpo se consume día a día, pero ninguna mañana ha olvidado limpiar y arreglar el pequeño altar que, en honor a Sergio, ha hecho en el alfeizar de la ventana más soleada, ahí ha puesto la urna con las cenizas de su marido, una foto en la que se le ve muy apuesto, dos jardineras grandes con flores de plástico y tela, que parecen naturales, sin serlo, y una vela que siempre mantiene encendida; cada día limpia el polvo de las flores  y de la foto, la besa, derrama varias lágrimas y se sienta en la mecedora con la gata en su regazo y la perrita junto a sus pies, en la alfombra. Todas tiemblan y parecen llorar, cada una a su manera, la ausencia de su compañero de toda la vida. Las flores artificiales a veces le parecen que huelen como si fuesen flores frescas y hasta juraría que ve cómo crecen hojas nuevas. Los días le parecen eternos y su vida ya no tiene sentido, si no fuera porque tiene que cuidar a las “niñas”, ya se habría dejado ir para el otro mundo. Las tres envejecen  rápidamente, la última compra ha sido una vela artificial que se mantiene enchufada a la corriente, Marisa no quiere volver a enfadarse consigo misma al ver la vela apagada junto a las cenizas de su difunto esposo. No le  puede faltar nunca la luz para que él no pierda el camino de vuelta a casa cuando tenga que venir a buscarlas; las tres le esperan.

La tormenta se acerca con profusión de rayos y truenos que ya no asustan a Marisa ni a la gata, ni a la perra, entreabren los ojos, miran el brillo plateado de los relámpagos y las gotas de lluvia que chocan contra los cristales polvorientos, en los que hacen caminos de agua limpia, mientras el viento agita con fuerza los árboles del jardín, sacudiendo de ellos las últimas hojas resecas. El barrio se ha quedado a oscuras, se ha apagado la luz que ilumina la foto amarillenta de Sergio, las flores artificiales y la urna; la mecedora ha terminado su último movimiento minutos después de que la anciana dejara de respirar para siempre, al igual que sus fieles compañeras que parecen dormir junto a ella.

Las campanas de la iglesia suenan a muerto; la tormenta, hace horas que ha dado paso a un tibio sol de primavera que brilla en las nuevas yemas de los árboles del jardín.

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10 respuestas a Un jardín artificial (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. Arecibo dijo:

    Me ha gustado mucho tu relato. Felicidades y a seguir escribiendo.

  2. Jesus dijo:

    De lo mejor que he leído en este mes

  3. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu comentario, Arecibo. Un beso. Amaya

  4. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu comentario, Jesús. Un placer escribir para ti y que te guste. Un beso. Amaya

  5. Un enternecedor relato que nos introdice en el mundo de aquellos que perdieron el norte en sus vidas y se dejan morir sin otras instancias que lo impidan. ¡Cuántas vidas se consumen así! Muchas más de las que hubiésemos deseado, amiga…! Felicitaciones por dejar hablar tu corazón y por presentarnos el paisaje de un jardín hermoso y abandonado, totalmente opuesto a la artificialidad conque solemos reemplazar las cosas que nos duelen…

  6. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias, Carlota. Es un placer que personas sensibles, como tú, me lean. Un beso. Amaya

  7. manolivf dijo:

    Es un relato tierno, lleno de sentimientos, Amaya, y de tristeza. Me recuerda una fotonovela ( creo que ya no las hay, eran romances escritos a manera de cómics con fotos de los actores) que leí de adolescente, se titulaba: “Si un amor tiene raíces en el cielo” en la que la protagonista se “dejaba” morir para ir al encuentro de su amado. Es muy bueno tu relato. Enhorabuena.

  8. Nelaache dijo:

    Un tierno relato sobre el volumen de la ausencia. Escrito con sencillez y con un ritmo cadente, muy adecuado para lo que nos estás contando. Felicidades

  9. Ternura y sentimiento y lo que es muy importante: una buena escritura.

  10. amaiapdm dijo:

    Queridas, Manoli, Nelaache y moonmagazine, os agradezco de todo corazón vuestros amables comentarios y que dediqueis un trocito de vuestro valioso tiempo para leer mis humildes relatos y comentarlos. Gracias a todos. Un beso literario. Amaya.

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