Cuando el volcán estornuda y bosteza (Lilián Costamagna)

Tristeza de la penumbra en pleno día. No es neblina, no está nublado. Tampoco es la pizarra del cielo, momentos antes de comenzar a nevar. Es la ceniza volcánica suspendida en el aire. No se ven los vibrantes colores del otoño; el panorama es gris de arena y de cenizas. Los rosales y toda la vegetación está cubierta por una capa gruesa de arenisca. Gris es también el corazón y el alma de todos, como si la esperanza de ver el sol y los colores, fuera inalcanzable y quedara sólo la nostalgia en un horizonte que no se vislumbra.

Afloran en su recuerdo las imágenes de antaño, que lo habían embrujado, sin que él se detuviera a pensar un instante, siquiera, que el bullir de la vida y sus torbellinos estaban en sintonía con su vitalidad y su fuerza. Eran los días en que muy a menudo, roja era la sangre y rojo él veía todo, cuando como un toro embravecido resolvía a puñetazos en la lona del cuadrilátero los ataques de su contrincante. Rojo quedaba el puño y su entrecejo, como roja era la pasión que lo impulsaba hacia las mujeres que abordaba, que eran muchas, y sin poesía, sin corazón, sin embeleso, las iba abandonando una a una, porque no presentía que en algún momento iría a estar solo, como ahora. No escuchaba los gritos, ni el llanto profuso de ellas, las abandonadas de aquellas baladas. Ya iba en busca de otra nueva aventura que excitara su alma y sus músculos, y que culminaba, cada vez, como él lo requería: golpes, furia, tumulto en la calle, discusiones, desenlaces fatales, casi siempre, en los bajo- fondos donde le gustaba merodear; alcohol, embrollos tupidos de puños, patadas de lucha libre, entre la caterva de amigos y enemigos de las esquinas orilleras.

Ahora no ve más en rojo. La película se ha tornado en blanco y negro, o gris, según parece.

Todo eso iba recordando cuando se produjo un corte de luz. Muy a menudo sucede esto, desde hace varios días, y hay que acudir a las velas. Hay silencio de radio, de noticias; no se sabe la temperatura, ni el pronóstico, ni por dónde vuela la pluma del volcán que expulsa desde sus entrañas, todo eso que aprisiona a la montaña. Los vuelos se cancelan, porque los aviones no están acostumbrados a ser pájaros ciegos que vuelan entre cenizas.

Desde el zaguán, mira hacia afuera el paisaje nuevo. Los gritos se calman, los murmullos cesan… ¿será el silencio o seguirá soñando un silencio de sueño? Un dinosaurio rengo y desvencijado, que perdió la cresta y las espinas, pasa frente a él, como una sombra, como migajas de realidad, que pronto se deshilachan en el polvo que flota en el ambiente.

Sentado con las manos en las rodillas, paralizado y extático, arrobado por el silencio que guarda, sólo presiona las nalgas contra la silla dura; las plantas de los pies descalzos sobre el piso frío; las manos, inertes; la espalda, sostenida y recta; el cuello, erguido y sin torsión, y la cabeza, estática. Por momentos, cierra los ojos para no ver, y luego los abre con horror, desde esas órbitas vacías, para dejar salir las lágrimas que le corren por toda la cara, hasta las mandíbulas y después por el pecho, por los costados y por la espalda. No se le acumulan en la barba, porque ya no la tiene, y su cabeza es lisa, una bola que perdió el pelo, y las mañas, y el olfato, porque la nariz se le desprendió, como una costra seca, hace tiempo. La boca, es una sola rajadura informe, que algunas veces boquea, como una boga ciega y torpe en las aguas de limo y ciénagas. Sin dientes y sin lengua, no puede gritar.

Es menester ver la clase de silencio que le queda; sobran los guijarros y las arenas, y las cenizas, y sólo imagina piedras livianas y blancas que quedaron yacentes en la playa. No las puede tocar, ni las puede sentir. Ni el fantasma del dinosaurio lo puede llevar a palpar la blancura rugosa de las piedras, que en un bostezo gigantesco exhaló el volcán.

Él no puede gritar pero sí puede oír voces, y voces, y gritos, y más gritos, más amenazas, todo eso lo aturde. Sus orejas están para custodiar esa cabeza calva y redonda que llora y destila sin detenerse. Sus manos siguen inertes, ni siquiera atinan a taparse los oídos para no escuchar, para no atormentarse.

-¡Un picotazo más y lo tenés! ¡¡¡Ganamos!!! –la riña de gallos y el juego son su perdición.

-Ahí tenés, Centella, que te aproveche! –y lo deja tirado entre los juncos del bajo, al marido despechado, ebrio de ginebra y de desamor.

-Quiero “la perla del oeste”, la nueva, me oís? No me dés una ramera vieja –eso le exige a punta de revolver a la madama del amueblado.

-Perdiste, Rosendo, que las deudas de juego se pagan, entendés? –y el filo de su cuchillo termina la disputa.

-Una más en la mandíbula, ya está, y me vas a dejar el campo orégano con la viudita de la pieza del fondo –le grita al Toto, el compadrito del conventillo.

-Dos billetes pa’ ese pingo, y que gane, porque sino te hago liquidar al jockey –amenaza.

-No me mintás más, china, que cazo el cinto y te fajo ahí nomás …

Gritos, voces, todo gira en ese pequeño recinto, parece que se superponen…

-Fuera, perro, que te cago a tiros.

-Papá, jamás te perdonaré el abandono.

-Y yo tampoco voy a perdonarte las borracheras y los golpes.

-No servís para nada, ni en la cama, ramera!

Fulleros en garitos de mala muerte lo persiguen. Piringundines tristes lo atraen, como una obsesión. Desatinos de alcohol, y delirios giran, mientras el volcán estornuda piedras calientes. Ahora, al atardecer, bosteza cenizas somnolientas entre pinceladas en rojo y gris.

Un dinosaurio bebé reparte ternuras y regala piedras blancas, livianas y porosas. Golpea con su cola a su puerta, pero él no puede recibirlo, porque desvaría entre voces girantes

 -Si no vuelves, me mato. No puedo vivir sin vos.

-No me maltrates más… me voy, no aguanto más.

-Deberá presentarse para su descargo en la oficina de atención a las víctimas del delito

-Esta comida es un asco.

No puede verlo, porque de sus dos oquedades manan lágrimas sin enjugar en el zaguán, que se transformó en laberinto.

La música de la radio lo despierta. Volvió la luz. Afuera sigue el gris ceniza de una calma sospechosa.

Conoce más sobre la autora en http://universosilvia.blogspot.com.es/

 

 

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2 respuestas a Cuando el volcán estornuda y bosteza (Lilián Costamagna)

  1. Jesus dijo:

    Poesía con rudimentos de piedra. Difícil relato, preñada estructura. Me ha gustado mucho

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me parece prosa poética, dura y difiíil de asimilar. Contundente. Gracias. Felices Fiestas y un saludo literario. Amaya

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