Las hadas de la luz (Alberto Casado)

El motor empezó a fallar cuando la avioneta sobrevolaba los linderos de la selva amazónica en la frontera entre Brasil y Perú. A pesar de la pericia del piloto, con cientos de horas de vuelo a sus espaldas, nada pudo hacer por evitar la colisión. El aparato fue dando bandazos durante muchas millas e internándose involuntariamente en la selva amazónica. Los pasajeros, una típica familia norteamericana de clase media compuesta por cuatro miembros, estaban aterrorizados ante la inminencia de la catástrofe. La madre intentaba tranquilizar a sus hijos adolescentes, niño y niña, de 16 y 17 años respectivamente, rezando en voz alta una plegaria; pero eso asustaba más a unos chicos para quienes era la primera vez que se subían a una avioneta y no estaban preparados para enfrentarse a una situación de emergencia como la que estaban viviendo.

     Cuando el segundo motor se paró, el aparato se hallaba a escasos doscientos metros del suelo. No había donde intentar aterrizar, pues la espesura de la selva era tal que no se divisaba un solo claro en decenas de millas a la redonda. Entonces el piloto hizo lo único que se le ocurrió: planear sobre las copas de los árboles hasta que estos aprisionaran la máquina, cosa posible por la mínima distancia entre especímenes y la frondosidad de los mismos. En esta situación las ruedas de emergencia eran más un estorbo que una ayuda, por lo que el hombre no descendió el tren de aterrizaje y se la jugó todo a una sola carta.

     En una zona donde creyó que ni la luz del sol pasaría a través de la increíble vegetación, puso el morro de la avioneta en picado para, acto seguido, enderezar lo suficiente el aparato para que mantuviese la posición horizontal lo mejor posible. Y vaya si lo consiguió, puesto que el pequeño aeroplano quedó encallado en la unión que formaban las copas de varios árboles. El entramado de ramaje y hojas aguantó el impacto del inesperado pájaro de metal, el cual quedó suspendido a una considerable distancia del suelo. Los árboles salvadores ―cedros, castaños, ébanos y caobas― ya estaban ahí antes de la llegada de los colonizadores españoles, de ahí su altura y grosor formidables.

     Desgraciadamente, el piloto falleció por el impacto, mas los pasajeros, aunque magullados, sobrevivieron al percance. Ahora lo primordial era descender a tierra firme y orientarse, lo que conseguirían gracias a los providenciales metros de cuerda que hallaron a bordo. Antes de eso cogieron el botiquín de emergencia y varias mantas, así como las pocas provisiones que traían consigo. El descenso fue complicado pero exitoso. Una vez que los cuatro tocaron tierra se abrazaron y lloraron a más no poder. Estaban agradecidos a Dios y a la naturaleza por permitirles seguir con vida, pero temerosos a lo que los aguardaba.

     No sabían dónde se encontraban, solo que era la parte peruana de la selva amazónica. George, el padre, botánico de profesión, sabía orientarse mediante el análisis del musgo de la corteza de los árboles y el sentido de crecimiento de estos; aunque eso solo le sirviera para dirigirse en la dirección correcta, pero no para salir con prontitud de lugar tan peligroso. Más tranquilos, sabiendo que estaban ilesos, pudieron apreciar la belleza del paisaje prácticamente virgen. A las ya mencionadas especies arbóreas había que añadir un sinfín de multicolores aves, como guacamayos, tucanes o periquitos, que sobrevolaban, contentas, por encima de los cansados viajeros. Más de temer eran los reptiles o mamíferos que pudieran vivir en la espesura de la selva. Para su defensa solo contaban con un machete de scout y una cerbatana que disparaba dardos. Philip, el hijo, era quien portaba el arma típica de los jíbaros y otros pueblos nativos. El muchacho se jactaba de ser descendiente del mismísimo Francisco de Orellana, descubridor del río Amazonas y de buena parte de su entorno, quien trajera ese y otros objetos de sus expediciones llevadas a cabo en el lejano siglo XVI.

     Con tan escaso armamento, era lógico ver la cara de miedo de las dos mujeres. Martha era la madre, una mujer hermosa como pocas. Era técnica en informática, aunque dejó su trabajo cuando quedó embarazada de Susan, su hija mayor. Nunca se arrepintió de su decisión, porque consideraba que con su dedicación exclusiva al cuidado y educación de sus hijos les había dado una mejor calidad de vida. Ahora solo esperaba que esta se prolongara lo suficiente para ver crecer a sus nietos. En esos pensamientos estaba Martha cuando oyeron un terrible rugido. Los cuatro se miraron, asustados. No eran expertos en felinos, pero por lo que habían leído sobre la fauna de la selva amazónica debía de tratarse de un jaguar.

     No querían servir de almuerzo al peligroso animal, así que buscaron un lugar donde guarecerse que sirviese de escondite. Comenzaba a anochecer y la luz era escasa. El olfato de los cazadores carnívoros está muy desarrollado, por lo que creían que no les quedaba mucho tiempo antes de que los localizase y diese caza. Aunque muchos no creen en el azar, este existe, porque si no fuese así cómo explicar que los perdidos y casi desahuciados norteamericanos hallaran, de improviso, una pequeña fuente luminosa que quizá les salvara la vida. Y digo así porque ellos siguieron la luz, la cual los condujo voluntariamente o no hasta una gruta rocosa que estaba camuflada entre una multitud de helechos y arbustos. El tamaño de la cueva era lo suficientemente amplio para que los cuatro pudieran tumbarse de manera holgada. Por precaución, taparon aún más la entrada a la gruta y guardaron silencio. La lucecilla los abandonó en cuanto estuvieron a buen recaudo, pero una vez dentro de la cueva no recordaron quién o qué los había llevado hasta allí. Por suerte el jaguar no dio con su escondite y pudieron descansar algo más tranquilos. Cuando el sol empezaba a despuntar, Philip observó cómo una luciérnaga abandonaba la cueva y salía de forma precipitada al exterior. «Quizá se trate de un espíritu protector», pensó el muchacho, pero en seguida desechó la idea por considerarla disparatada.

     El padre despertó y puso sus ideas en orden con el fin de evaluar qué posibilidades tenían de supervivencia. Su profesión iba a servir de gran ayuda, puesto que le permitió reconocer varias setas comestibles, lo que evitó que muriesen de inanición. Algo más calmados agudizaron el oído y escucharon el discurrir de agua en movimiento. George salió a investigar. Volvió al cabo de una hora con una sonrisa de oreja a oreja.

     ―A menos de un kilómetro de aquí, en línea recta, hay un río. Podemos usar las pastillas potabilizadores que hallé en el botiquín ―sugirió el cabeza de familia.

     ―Pero, papá, ¿dónde verteremos el agua? Te recuerdo que no tenemos cantimploras ni ningún otro recipiente ―intervino Susan, preocupada.

     ―No te preocupes por eso, cariño, porque tu padre fue scout y sabrá qué hacer ―la tranquilizó Martha.

     En efecto, George tenía conocimientos de supervivencia y lo demostró al cortar unas enormes hojas para, según él, depositar el agua que fuesen a consumir. Ya en el río introdujo las hojas, las cuales acomodó para que no se derramase el líquido. En cada uno de los recipientes improvisados que llenó con agua ―que por cierto, tenían una profundidad desacostumbrada para tratarse de simples hojas― sumergió una pastilla potabilizadora. El único problema, por llamarlo de alguna manera, era que debían esperar al menos una hora para consumirla, tiempo necesario para que las pastillas hiciesen su efecto. Para no estar ociosos tanto rato, el padre, la madre y Susan investigaron por los alrededores en busca de setas comestibles, mientras Philip se quedaba al cuidado del refrescante líquido. Pero la tentación pudo más y a los pocos minutos sorbió un poco de la refrescante agua.

     La sensación inicial fue placentera, pero al rato sintió un gran dolor en el estómago. Pronto comenzaron los retortijones, y retorciéndose fue como lo encontraron sus familiares. En seguida George se imaginó lo que había sucedido, mas la carencia de medicamentos era un gran inconveniente. Al cabo de un par de horas Philip ardía de fiebre; era probable que tuviera cólera. En esos momentos no sabían que estaban en el río Napo, el cual, no muy lejos de allí, desembocaba en el Amazonas.

     Las horas pasaban y no sabían qué hacer con el imprudente muchacho, quien empeoraba con el paso del tiempo. Sin embargo, al anochecer ocurrió algo mágico e inexplicable. Aquella lucecita que los acompañó a su escondite apareció de nuevo, porque estaban seguros de que era la misma. Parecía una luciérnaga revoloteando de un lado a otro, pero, de repente, se posó sobre la mano de George y se apagó. Entonces fue cuando descubrieron que ante ellos había un ser con cara y cuerpo de mujer, dos pares de alas y un aura misteriosa que la rodeaba.

     ―Me llamo Danann y soy un hada de la luz, aunque nos llaman limníades, que significa «las que iluminan» ―se presentó el pequeño ser, que era capaz de hablar cualquier idioma de los humanos.

     ―¿Fuiste tú quién nos ayudó la noche pasada? ―preguntó Martha.

     ―Claro que sí, pues estabais en peligro ―contestó el hada―. Pero ahora no es el momento de conversar, ya que este joven humano está muy enfermo. Esperen cinco minutos, ya regreso.

     Los dejó con la palabra en los labios. Los tres se miraron perplejos, sin saber qué decir. No obstante, antes de que se repusieran de la sorpresa inicial, vieron regresar a Danann, pero esta vez acompañada de varios miembros más de su especie. Pudieron comprobar que había machos y hembras, con lo que pusieron fin a la controversia (para quienes creían en la existencia de las hadas, que eran los menos), según la cual solo existían hadas hembras.

     Las hadas se pusieron sobre la cabeza y estómago del muchacho y le aplicaron en ambas partes del cuerpo un raro empaste, constituido por plantas desconocidas para los mortales, mezcladas con miel de abeja. Una larga hora duró la operación, en la que los diminutos seres trabajaron sin descanso, yendo y viniendo con el mejunje. De súbito pararon y se apagó su luz, quizá para descansar de tanto frenesí. Entonces fue cuando George preguntó a Danann:

     ―¿Se va a morir mi hijo?

     ―No se preocupe, lo hemos cogido a tiempo. El humano ha sido infectado de malaria, pero tenemos un remedio infalible ―respondió, contenta, la aludida.

     Era obvio que las hadas tenían poderes curativos, puesto que el muchacho se repuso con rapidez. En seguida reconoció a la luciérnaga, que no era tal, que vio huir de la cueva. Philip indagó la razón de la precipitada salida, a lo que Danann respondió que con la luz del día eran vulnerables y presas fáciles de las aves; por eso solo salían por la noche. También confirmó la sospecha del joven de que estuvo cuidándolos durante la madrugada. Danann dijo que eran hadas protectoras de los humanos y su misión era la de cuidarlos y protegerlos. El problema era que la mayoría de hombres y mujeres no creían en ellas, e intentaban cazarlas al confundirlas con insectos.

     Philip, ya recuperado del todo, comprobó que las hadas eran traviesas, juguetonas y caprichosas. Si deseaban algo, hacían lo imposible por conseguirlo. Así el propio joven hubo de regalarles una navaja multiusos de la que se encapricharon, a pesar de que tuvieron que cargarla entre varias. A la pregunta de que para qué querían ese artilugio seres tan pequeños, respondieron con una nueva revelación: no siempre tenían ese tamaño, pues podían transformarse a voluntad, y no solo en seres humanos, sino en cualquier tipo de animal. Pero ese poder solo lo poseían las limníades, pero no otras clases de hadas.

     Ahí no terminó la aventura de la familia norteamericana, ya que aún estaban muy lejos de su hogar y sin medios de transporte que los acercase a algún lugar habitado. Sin embargo, Danann y los suyos eran seres inteligentes y bien relacionados. Fruto de estas buenas relaciones las hadas consiguieron ponerlos en contacto con los jamini, tribu de indígenas cuyo contacto con el resto de seres humanos era muy esporádico. Ellas los convencieron para que construyeran una balsa de bambú con la que los viajeros pudieran continuar su camino.

     Los jamini eran pacíficos y habilidosos y en media jornada concluyeron la balsa, a la que añadieron una vela, que confeccionaron con las ropas arrebatadas a los soldados españoles muertos en la selva a causa de las enfermedades y los indígenas hostiles varios siglos atrás. De ahí el multicolor aspecto de la vela en cuestión. Una vez concluido el trabajo botaron la nave en el río Napo. Danann prometió acompañarlos hasta que desembocaran en el río Amazonas, pues a partir de ahí era territorio de las banshees, hadas con muy mal carácter que predecían la muerte y asustaban a cuanto ser se cruzaba en su camino.

     El hada de la luz cumplió su palabra y los condujo hasta el caudaloso Amazonas. Allí se despidió de la familia y les deseo buena suerte. Los humanos se quedaron tristes, ya que se sentían a gusto en compañía del mágico ser. La travesía por el río descubierto por Orellana fue rápida y peligrosa: fueron atacados por cocodrilos en un par de ocasiones y acribillados por los mosquitos. En ambas orillas vieron al escurridizo oso de anteojos, tan característico del Perú, e incluso les pareció ver a lo lejos, en la parte menos caudalosa del río, a un veloz delfín rosado que, tímido, se sumergió en cuanto divisó a los intrusos.

     Pasaron cerca de numerosos poblados de indígenas, pero siguieron en línea recta hasta desembocar en el Océano Atlántico. No se equivocaron en su decisión, pues no tardaron en ser rescatados por un mercante panameño que pasaba por ahí. Se dirigía a Brasil, lugar donde los desembarcó y desde donde, una vez solucionaron la pérdida de sus documentos de identidad, tomaron una avión de línea regular que los llevaría a los Estados Unidos.

     Philip sueña con frecuencia con aquella hermosa hada que lo salvó de una muerte segura por actuar de forma imprudente. El viaje a la selva peruana le sirvió de lección de vida y nunca se olvidó de aquellos seres mágicos de cuya existencia se duda con demasiada frecuencia.

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Una respuesta a Las hadas de la luz (Alberto Casado)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato.. Un saludo literario y felices fiestas. Amaya

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