Una noche movida (Fernando Patiño)

            Era tarde ya. Pedro había estado toda la tarde poniendo al día todos esos papeles que poco a poco iban configurando la buena marcha del negocio; haciendo balance y comprobando gastos.

            Don Pedro Iglesia y Dosfuentes era conocido en todo el barrio por su fama de ordenado y pulcro en sus quehaceres, por su buen estar en todo momento y su gran afición a una rigurosísima puntualidad que le hacía ser denodadamente alabado, pero a la vez, criticado y vituperado por la mayoría de sus vecinos y amigos. También era envidiado por la junta de comerciantes de la barriada al cuál tenían por presidente y vocal.

            Don Pedro es alto y delgado, de complexión fuerte y grandes manos. Carga con casi cincuenta años, bien llevados, que no impiden que las canas le vayan plateando las sienes y luce un mostacho a la antigua, bien poblado y cuidadosamente peinado en sentido ascendente en sus puntas, que recuerda a esos antiguos retratos de los abuelos con botines, chalina y bombín incluidos.

             Pasaban las once cuando, furtivamente, hecho una mirada al reloj de cuco que coronaba uno de los estantes. Avivó la marcha, anotó cuidadosamente el contenido de estantes y cajones, cerró cristaleras y cortinas, apagó la luz de los escaparates y estando ya el reloj casi a punto de ocultar una de sus manecillas tras la otra más larga y vigorosa, decidió terminar en casa la comprobación y valoración de los activos.

             Eran ya algo más de las doce cuando se agachó a poner el cierre a la persiana metálica, cosa que cada día le iba costando  más trabajo, bien debido a la edad o a la herrumbre que se iba acumulando en ella, y se enfrentó a la noche en busca del confortable asiento de su mercedes y a la busca del, más aún reconfortante, sofá de casa.

              La noche estaba algo húmeda y fría. Había llovido durante casi toda la tarde y la calle mojada había impregnado de humedad a la noche, dotándola de reflejos y brillos que amortiguaban suavemente la luz que surgía de unos pequeños fanales que se repetían a lo largo de toda la calle.

             Se acomodó en el interior del vehículo, Colocó el maletín en el asiento trasero y arrancando, como siempre a la primera, lo sacó del estacionamiento con una diestra y rápida maniobra que lo dejó en medio de la calle. Cambió a primera enfilando calle abajo y girando a la izquierda en dirección a casa.      

              Frenó bruscamente. –“Mierda de chucho”- Le había gritado a la noche, y bajo del auto para ver si el golpe del animal había sido de gravedad, pero el perro corría ya sin consuelo calle abajo entre alaridos y dolor y aullándole a la noche sin que Pedro pudiera hacer nada.

             Se puso de nuevo en marcha pero, unos metros más allá se dio cuenta de que el indicador de gasolina le indicaba que estaba en las ultimas y recordó que a dos manzanas de allí se encontraba uno de esos puestos de servicio que abrían durante toda la noche; contrariado, a sabiendas de que se hallaba en dirección opuesta a la de casa, se dirigió hacia allí, pues no quería dejar el deposito vacío para el día siguiente.

             Pedro con el tiempo se había hecho muy metódico en sus costumbres y estaba habituado a utilizar siempre el mismo itinerario para llegar a su casa, fumaba una misma marca de tabaco, bebía tipos similares de bebidas y siempre en copa de balón, en los bares de costumbre a la misma hora y con un mismo grupo de amigos; el no cumplirse esas premisas lo hacía sentirse terriblemente contrariado.

             – Buenas noches. ¿Qué le pongo?

             – Super, por favor. Lleno.

             El operario de la estación de servicio cogió las llaves que Pedro le ofrecía sin bajarse del vehículo y le advirtió de que el importe a pagar debía de ser exacto, ya que de noche no acostumbraban a llevar cambio encima a lo que él asintió con la cabeza y el joven inició el llenado del depósito a la vez que saludaba en dirección a el coche de policía que llegaba en esos instantes.

Pagó el importe que le pedía el operario y, en el momento justo de poner en marcha el motor, se le pasó por la mente el poner en movimiento a ese par de vagos, pues eso es lo que sentía con respecto de la policía, y a la vez quitarse de encima esa contrariedad que le estaba inquietando cada vez más esta noche.

           Desembragó suavemente y el coche empezó a moverse poco a poco; al llegar a la intersección con la carretera, en vez de enfilar en dirección a casa, derrapó violentamente dando un giro total con el vehículo, saliendo a toda velocidad queriendo dar la vuelta a la manzana, pensando alegremente en la cara que se les habría puesto a los del coche patrulla.

        No había recorrido más que unos metros cuando oyó el estridente sonido de las sirenas y por el retrovisor vio no muy lejos las luces azules que le seguían.

        “Vamos a tener una noche movidita”- Se dijo burlonamente aceptando el reto y al mismo tiempo pensando que lo que acababa de hacer era una de sus mayores temeridades y no explicándose a que se debía lo inusual de su conducta; sus pies parecían tener voluntad propia.

       Giró bruscamente apartándose de su ruta una vez más y acelerando aún más al constatar que las sirenas se iban  silenciando y las luces se alejaban con rapidez. –“Para algo me tenía que servir tanto motor y tanto gasto.”-Pensó para sí.

       Pero los minutos pasaban y las sirenas seguían tras él. No lograba dejarlas atrás y tras casi media hora de persecución, cansado por la falta de costumbre de conducir a esas velocidades y con esa tensión, se le pasó la idea de parar y decir que todo había sido una broma, una chiquillada a causa del cansancio acumulado de los días balance, que había sucumbido a no sé qué impulso extraño e infantil que no podía explicar y aminoró la marcha con la intención de parar, con una sonrisa en los labios pensando en lo que se iban a reir cuando se lo contase a Jacinta, su mujer.

      Una explosión seca y la rotura de los cristales  del retrovisor le heló la sonrisa en los labios. –“¿Me están disparando? ¿Quién coño se creerán que soy yo?”- Un segundo disparo en la moldura de una de las puertas posteriores le obligó a acelerar violentamente e intentar definitivamente que la potencia de su motor se impusiera y, abriéndose paso, salir de allí con la san intención de ir al día siguiente y, dando las explicaciones pertinentes, pagar lo que fuera preciso.

       No llegó a la autopista que era donde él, con un mayor golpe de velocidad, quería dar el esquinazo.

      Al doblar una esquina a gran velocidad notó un tremendo impacto en el ala derecha del Mercedes que le hizo girar bruscamente en sentido contrario empotrándose en uno de los escaparates de uno de los comercios que llenaban la calle.

Al llegar al lugar  hallaron a Pedro echado sobre el volante de su Mercedes, murmurando. –“El perro, el perro…”- Miraron tras de sí y vieron un perro callejero que, sobre la acera, herido de muerte se lamía las heridas.

      Sacaron a Pedro del automóvil y al ponerlo sobre la camilla pudo ver por encima de sus cabezas el nombre del comercio.

                PEDRO IGLESIAS. ULTRAMARINOS

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2 respuestas a Una noche movida (Fernando Patiño)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato pero creo que mejoraría mucho si lo releyeras y cambiaras un par de faltas y algunas palabras repetidas en exceso. Un saludo y felices fiestas. Amaya

  2. fernando Patiño dijo:

    Muchas gracias. La verdades que lo subí porque tenía la idea en mente y la escribí de corrido. Pero desde entonces no he podido entrar(falta de tiempo).

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