Lunes de luz (Alizée)

Los lunes hay que dar luz a los muertos. Mi madre me lo había explicado con una devoción que nunca tuvo antes. En casa, Dios era sólo cosa de curas y de la abuela, pero desde el día que vino la policía, empezó a encender velas. Una vela blanca, cada semana, que dejaba frente a un pequeño ángel que había puesto en la cómoda. Se les iluminaba la cara, a los dos, le acariciaba los rizos, le hablaba, le hablaba mucho, como si la figurita pudiera despertar de algún hechizo. Ese recuerdo se me quedó para siempre, de tanto escucharla, de tanto mirarla, con una fuerza arrebatadora que borró cualquier imagen anterior a mis estrenados cinco años.

Las velas no me molestaban, la varita de incienso sí. No había un tiempo concreto para tocar y hablar al ángel, pero en algún momento paraba y miraba hacia arriba para asegurarse de que sus palabras serían escuchadas. Callada, cogía la varita, la encendía, soplaba la llama y un hilo de humo oscuro subía ondulante. Nunca soporté el olor, tan fuerte, se me pegaba en el cuello y me daba tos. A ella se le pegó en el cuerpo desde el día en que ellos vinieron y mi mundo cayó a trozos como la ceniza del incienso.

Ese día era domingo, el sonido del teléfono me despertó demasiado temprano, pero mamá, había descolgado al primer timbre. Al rato, cuando ya me levantaba, sonó la campanilla de la puerta. A pesar de la tranquilidad perezosa de los domingos, no le di importancia a esos sonidos sacados de hora. Corrí descalzo, aliviando el calor de agosto en el fresco de las baldosas. Papá, grité, levántate que hoy me tiraré, ya lo verás ¿papá?¡levántate! La habitación de mis padres estaba vacía y la cama por deshacer. La gata blanca saltó de la cama a mis pies, se restregó en ellos y se marchó. Recordé la campanilla ¿Papá? Corrí hacia el comedor. Estaba mi madre, de pie con unos papeles mal sostenidos, y dos polis, no muy grandes, no muy altos, con camisas del azul del cielo, placas y un cinturón cargado de cosas como los de las películas de la tele. Cuando entré las tres cabezas se giraron hacia mí, nadie me sonrió, creo que ella ni me veía porque tenía una mirada rara, como la de mi amiga Clara cuando la profesora la reñía, a ver guapa ¿en qué nube estás hoy? ¿Es su hijo? preguntó el policía más joven, sí, vete a tu habitación Diego ¿Y papá? Por favor.

Oí palabras confusas, pasos que se perdían en el recibidor y un golpe de puerta. La vi pasar con prisa, con una mano en el estómago y otra tapando la boca, escuché los vómitos, el agua corriendo, la gata se acurrucaba en mi almohada. En ese preciso instante supe que mi mundo pequeño y rutinario también podía ser un lugar frágil y lleno de sombras, como las noches en los cuentos que me contaba papá, aunque la razón no la entendí hasta mucho tiempo después.

Poco a poco le cogió la manía de dibujar en las cenizas de las varitas. Las guardaba todas, desde el primer día, en un platillo blanco que dejaba junto al ángel. Era lo primero que hacía al levantarse, besar al ángel y dar forma al polvo oscuro que le dejaba los dedos con olor a iglesia. Dibujaba despacio, según los sueños de la noche o los deseos repetidos de cada día, luego miraba hacia arriba.

Papá dejo de estar, así, de repente, como acostumbran a pasar las cosas que más nos duelen. Por las noches cenábamos en silencio, la silla de él vacía, yo en un lado, ella en el otro. Mantenía la cabeza inclinada sobre la sopa, los ojos inundados, algunas gotas se le quedaban colgando entre las pestañas con su panza redonda que tiraba para abajo. Me acordaba de papá, de la piscina ¡venga, Diego, tírate! Yo que no me decidía, ahí, parado en el borde. La gota, al final, resbalaba sobre la sopa maravilla dejando una onda chiquita, yo me quedaba embobado contándolas ¡Diego, valiente, tírate! Aún recuerdo su voz grave remarcando cada palabra con una seguridad que siempre envidié. Qué lejos me parecía el agua ¡venga, abajo! Yo parado en el borde como si fuera un abismo imposible y él de pie, a mi lado, parecía estar tan arriba… Venga, acaba de cenar de una vez que es tarde.

Una noche se resquebrajó el silencio. Escuchamos el ruido ¡Crac! y algo explotó en mil pedazos. Corrimos hacia la habitación. El gato estaba subido en la cómoda con el pelo aún erizado. Las cenizas esparcidas por el suelo con los trocitos blancos de la porcelana. Mamá se arrodilló, con un estallido de gritos como si la pena le hubiese salido de golpe y las gotas hubieran perdido el miedo porque se tiraban, una tras otra,  le mojaban la cara, el escote y rebotaban en el polvo. Yo me arrodille a su lado, lo siento mamá, fue lo único que pude decir pero debió gustarle porque me estrujó contra ella y por primera vez desde hacía tantas semanas vi que me miraba con los ojos limpios y sentí que mi mundo pequeño y rutinario que se había convertido en algo frágil y lleno de sombras también podía estar lleno de magia.

Conoce más sobre la autora en http://www.alizeedenise.es/

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4 respuestas a Lunes de luz (Alizée)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchísimas gracias por escribir, me has hecho pasar un precioso rato agridulce con esta historia triste y dulce llena de magia. Un saludo literario y felices fiestas. Amaya

  2. Triste, melancolía que llega y se instala, realidades que emergen de los anhelos, aceptación de los negado…¡Hermosas sensaciones a pesar de ser dolorosas! Pero sabmos que la vida puede extenderse mucho más allá de nuestros simples condicionamientos…¡Felices fiestas, Alizée!

  3. orgav dijo:

    Triste relato pero muy bien tratado.
    Felicidades y suerte compañera Alizze

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