Kasuma el Anacoreta (Albertocinco)

Un resplandor incandescente irradiado por las lámparas reposa reflectado sobre el vidrio del escritorio, advierto el desastre en mi rostro, una calamidad que vivo, un cuerpo agobiado por el trajín en el enfrentamiento con las manipulaciones del sector de la economía, inestabilidad y fluctuaciones, una volatilidad que nos deja al borde de la locura. Ese quehacer permanente que nos atrapa en el laberinto de la diferencia, en la intranquilidad de las decisiones, el verso de los contrastes, el repudio a la sensatez y la insatisfacción de los resultados. Y ellos, los asistentes, la tribu, acólitos científicos luchando contra las predicciones del mercado, en el aposento, acomodados a modo de anfiteatro, marionetas dispuestas a capotear mi paranoia, el cacique de los intríngulis monetarios. Y el sonido intermitente de las campanillas de los teléfonos, cual campanario en fiesta, que retumban solícitos en su excitación.   

 –¿Doctor De Paula?

-¿Siii…? ¡Hola querido maestro!-

-¿Sobre el tema…?

-¡Si…! lo que yo explique fué… con respecto a los grupos de gastos que más contribuyeron en el incremento de la inflación… fueron los gastos en alimentos y vivienda… Puede ser en la reunión con el Ministro… ¡Ah! … ¿Jan Timberley?… el Premio Nobel… Si… Si… La teoría de un objetivo un instrumento… bueno… ok… ¡chau! 

¡Caramba! Estas coyunturas mantienen la mente llena de números, de ponderaciones, de promedios, que la curva de allí y que la curva de acá. ¡Ah! La sobrecarga del intelecto, donde giran a su alrededor todos mis desasosiegos, el cuerpo y el alma no compaginan mis funciones, un desequilibrio constante. Podría imaginar que mantengo ocupada mi atención. ¡No! La costumbre constante e inmutable, el ir y venir dentro de los mismos parámetros de comportamiento, ni caras nuevas, ni aconteceres presentes, es la misma retahíla, a manera de leer un libreto, donde no se mueve ni una coma, el mismo día, igual, la llamada del Ministro, los empleados con sus problemas, el asistente, el auxiliar, el ayudante, con la misma camisa, la misma corbata, el mismo nudo, zapatos negros y todos con los vocablos metidos dentro de sí: ahorro, inversión, hacienda, riqueza, ventas, renta. Y el conductor con su eterna frase: ¡Si Doctor! Que la circunstancia, que la coincidencia, que la oportunidad, que la ocasión. No ocurre nada insólito, una monotonía incólume, o algo simple que desarticule la faena diaria.

 Pero, sí, fué una tarde, bueno, creo que sí, un desbalanceo, una fluctuación, una diminuta ola, un acontecimiento, cuando se encendió a gritos el salón de las maquinas humanas, la mujer de Fabio Andrés, Jefe de Análisis Sectorial, en un ataque de celos corriendo y chillando a manera de una maniaca, buscando al pobre hombre. Que hembrita si es fea, una larguirucha plana, parecida a aquella artista mexicana “Vitola”. ¿Qué de ella le habrá seducido? Ante este trance, al borde de la neurosis, resolví escabullirme de ese enredo, simular con la ausencia no saber de ese bochornoso espectáculo, además seguir el consejo de Martina, mi esposa, de visitar la peluquería. Escapé del ambiente con discreción, cual prófugo, en silencio y punta de pies. Me dirigí hacia donde Efraím, el peluquero. Dada la sobrecarga de trabajo no me daba tiempo para algunos de mis quehaceres personales, por tal motivo, la melena de director de orquesta me daba un parecido al famoso violinista y compositor de los Países Bajos André Rieu, el famoso “Rey del vals moderno” y su maravilloso y melancólico “Second Waltz”. Dispuesto para la poda, Mauro, el manicurista, estaba frente a mi, un cara bonita con su peinado femenil, lo examinaba con curiosidad, porque en verdad si era bonito. De pronto interrumpió su arte, se quedó contemplándome y me dirigió una mirada penetrante, cautivadora, de súplica:

 –Doctor de Paula… ¿Será que usted… me… hace el favor…?

-Que pena Mauro, -le interrumpí – pero tú sabes que yo…

-Ay nooo… No doctor… No es lo que piensa… Quiero hacerle una invitación… es decir, es un favor… pedirle… Yo se que usted puede doctor…

Mauro es alumno de una academia de bailes, me comprometió, sin poder rechazar, tal vez para disipar la fatiga o para satisfacer mi curiosidad, para ser su padrino en la culminación de las clases. ¡Que sorpresa cuando llegué! Estaba ataviado con un traje de mujer. Como una mariposa. La verdad, se advertía muy hermosa… digo… hermoso. Vestía un ajuar largo, con una abertura que dejaba ver el contorno de una de sus piernas, forradas con unas medias negras transparentes. ¡Debilidad!… ¡Debilidad…! medias negras transparentes. Con la presión de su maestro, me indujo para que bailara con él. No encuentro explicación alguna del porqué acepté. En segundos sentí su talle estrechándome y en una voltereta me colocó su trasero en mis partes nobles, con movimientos voluptuosos tal hedonista, estaba convencido que bailaba con una bella mujer, tanto que tuve una erección. Reaccioné soltándolo y evitar, con disimulo, que se advirtiera mi tiesura, que hizo que el instructor, que me miraba con apetito, demostrara una sonrisa picaresca, porque también es loca. En pocos minutos gané la calle, no sin antes, el desgraciado me estampó un beso cerca a la boca, sentí su lengua lamiéndome que casi me hace vomitar. Soy consecuente en mis ideas de ser afortunado en el trato con las mujeres, aunque mi apariencia es normal, al mirarme en un espejo, no encuentro nada particular para desquiciar a una mujer, soy como cualquier parroquiano. Poseo una conversación parca, sin ser dicharachero, ni de oportunas salidas en las pláticas con el sexo femenino, solo que, tengo suerte con ellas, como dicen: tengo palito. Pero, con hombres nunca me había encontrado con una manifestación en este sentido. ¡Por Dios, no puede ser!

Hay circunstancias que adornan mi vida en el plano sentimental, ocurrió en una ciudad de la costa donde me había desplazado por cuestión de trabajo. Efectuaba un análisis de tendencia económica de los insumos de exportación, tema sobre el cual debía hacer un pronunciamiento, cuando me anunciaron una visita. Eran Roberto, hermano de Martina y Sofía Esperanza, su esposa. Fui obligado a cancelar la habitación, porque ellos no podían consentir no alojarme en su casa. En la noche siguiente, me invitaron al cine, exhibían una famosa película. Lelo en contemplación de la pantalla donde se desarrollaba una escena cargada de erotismo, en un momento, sentí que la mano de Sofía Esperanza, con sutileza se deslizaba sobre mi pierna, sin desconcertarme, continúe tranquilo a pesar de percibir su avance hacia la bragueta. Pienso que su intención era comprobar mi excitación. No hubo oportunidad de conversar con ella, es decir, me dejó iniciado. Sin embargo, al despedirme para regresar, ella, muy seria, sin dejar de consentir a su marido, me tendió la mano, apretó con suavidad la mía, quizá comunicándome su pasión. Es bella e irresistible. Su acción había afectado mi fragilidad. Padecí un escalofrío, me pregunté si percibe lo que yo experimento, por que siempre me miró con mucha porfía. Estas posturas me desconciertan y son abono para mis calamidades cerebrales, son sensaciones involucradas dentro de mí que me incitan a la rebeldía.

El estado anímico se quebrantaba, a pesar del aliento que recibía de Martina. Sin embargo estaba desenfocado, no hallándome, tenía una confusión tremenda. Algunas noches pasaba casi en vela sin poder conciliar el sueño, siempre había en mí un martirio mental y corporal. Martina estaba cansada de la rutina, era un desastre, algunas veces me quedé dormido sobre ella antes de terminar de hacer el amor, lo hacíamos ya por costumbre, actuábamos en forma mecánica, a la misma hora, en el mismo sitio y las mismas caricias. Ella hace mucho tiempo que no experimenta un orgasmo. No me atrevía a mirarle los ojos por mi incompetencia. No hablábamos, no había preliminares, ni caricias, ni besos. Ni fiestas, ni salidas, ni amigos. La pintura, mi afición favorita fue desapareciendo, nunca mas me acerqué a un lienzo, ni tomé en mis manos un pincel. La tarea diaria era la resignación dentro de un aburrimiento no identificado.

Una noche hablaba por teléfono desde mi oficina con Martina, deseaba que me esperara para salir a cenar, había concluido la revisión de un informe sobre producto interno bruto, por tanto, podría ausentarme mas temprano de lo acostumbrado, de repente entró a la oficina la gordita María Ester, una de las economistas de la Sección de Análisis de Mercados, al verla, dado el deseo de salir temprano, grité:

 –No estoy para nadie, me largo ya

 No se dio por aludida, se sentó en una silla, frente a mí. Con provocación y sin ningún recato abrió sus gruesas piernas, de por si atractivas, dejándome apreciar, bajo unas medias veladas, unos pantis de color negro, color favorito que altero mi psiquis erótica.

 –Si me vas a mostrar algo, muéstrame todo

 Salió cual centella. En un santiamén regresó, se sentó, abrió las piernas y me dio una exhibición de su profunda intimidad. Después de aceptar su oferta, hinqué los dientes en la manzana. Complacido y satisfecho, salí presuroso a la cita con Martina.  

 –De Paula- me dijo- esto no puede continuar así. Si aún hay amor entre nosotros… debemos encontrar una solución. Esto es aburrido… el abandono… tú sabes que no estoy bien… sola… cuando salgo con amigos… todos preguntan… hasta voy a resultar amancebada… yo también deseo… -era el reproche constante de Martina.

El verde de la campiña, era el punto de partida hacia aquel lugar remoto al cual yo había accedido en aras de encontrar una solución y resolver mis desavenencias psicológicas. Después de apearme del destartalado autobús, sitio al que con serios inconvenientes logró arrimar, único medio de transporte hacia estas alejadas tierras, me encontré ante un panorama desolador. Un largo camino a pie me esperaba, con una pendiente, una senda hacia al cielo, que me llevaría a la cima de la montaña. A medida del ascenso, un fuerte frío se apoderaba de mi naturaleza que me hacía tiritar y agarrotar. Si estas alturas estuvieran repletas de nieve, me sentiría en Navacerrada en Segovia, cuando me deslizaba deliciosamente por sus laderas montado en un esquí. Eran uno de los placeres terrenales que pasaban y ya. Y seguía en lo mismo, la confusión anímica. Después de dos largas horas de martirizado sendero, caracterizado por estrechas trochas que colindan con dramáticos abismos, me encontré frente a un edificio fortificado, rodeado de murallas, al estilo medieval. La primera impresión fué imaginar tropezar con uno de esos Templarios de la Edad Media, con su vestimenta tradicional, pero no, se desvirtuó toda preocupación. Un anciano, con abultada coleta que le caía sobre los hombros y una frondosa barba, blanca como la nieve, un eremita que regentaba como el gran gurú, en forma sobria, mesurada y paciente, me complementaba cada una de las instrucciones que había recibido cuando decidí esta reclusión, encontrar una solución, conocer mi propio “Yo”, la paz y tranquilidad para el estado de turbación, angustia y desazón, en el  desequilibrado transcurso de mi conducta. Coherente de la acción y firmeza en seguir adelante, aunque él, insistentemente me repetía que podría arrepentirme en este mismo momento y regresar a la civilización.

 –Dispone para decidir su permanencia, en cualquier instante de las próximas doce horas– dijo con voz grave y parsimoniosa, -puede descansar, tomar algún alimento y retornar en el momento que le apetezca. Pero, si decide quedarse, debe permanecer mínimo seis meses, contemplar al pie de la letra todas las normas y reglamento que regentan nuestra hermandad. –Con firmeza pronuncio esta última frase.

-En la mudez yo aceptaba con una gesticulación afirmativa

-Una advertencia: no podrá salir hasta no concluir con este período, es decir queda confinado en una situación de cartuja. Con un guiño y moviendo los labios, sin articular palabra, escuchaba tranquilo.

-Esta claro, le repito, puede devolverse en este momento, si así lo desea, no hay ningún problema. Pero, le aconsejo, analice bien lo que le espera.

En el transcurso de esa pausa, cavilaba y cavilaba, andaba de ronda por los rincones de la habitación. Leyendo y releyendo los deberes y obligaciones que debería acatar sin presentar reclamos ni objeciones. Era una situación de sumisión. El Manual hacía énfasis en la férrea disciplina que día a día tendría que respetar con humildad y obediencia. Reflexionaba, una y otra vez, sobre mis modales, valoraba mi proceder. ¿Habría sido esta una solución acertada? Este raciocinio me traslado a una regresión de mi actitud: llegar una tarde al apartamento, despojarme de saco y corbata, tirándolos por el piso, preparar un coctel “Hawaii”, tumbarme sobre la alfombra y gritar a todo  pulmón: “Soy libre, carajo”. Aparecer Martina y encontrar una copa de cristal tirada, con parte del licor esparcido, música en alto cual cantina de mala muerte.

 –¿Qué pasó aquí? –preguntó.

-¡Renuncié! ¡Abdiqué! ¡Abandoné el trono!

Supuse que esta era la solución. Con el respaldo de Martina inicié lo que creía un paraíso, regresé a mis pinceles, a mis oleos. Ella feliz. Volvió a sentir lo que es un clímax, la culminación de un orgasmo, porque repasamos todo lo que se ha inventado sobre copular exitosamente, nos divertimos, tomamos trago, bailamos. Esto si es vida. Pero, siempre el pero, me preguntaba: ¿esto es pasajero o eterno? ¿Hasta cuando podré ignorar todo lo que me rodea? ¿Es la solución a los conflictos de mi razón? En este estado de meditación, de cavilación, el cansancio se apoderó de mí, que me transportó al mundo de los sueños.

Al despuntar el día y después de informarme que debería prepararme para recibir al Consejo Superior, aparecieron unos personajes liderados por el Abad, de largas túnicas que semejaban cenobitas budistas. Era el Comité de recepción o de despido, de acuerdo a la decisión. Ante mi aceptación, fui trasladado a un lujoso salón, que me sorprendió por su suntuosidad, allí había más de una docena de seres humanos envueltos en túnicas con sus cabezas cubiertas por capuchas, y como un coro celestial fui recibido con canticos religiosos. Un venerable anciano, a quien no se le podía observar el rostro, con voz grave y melodiosa invocó en un solemne discurso colmado de palabras poéticas alusivas a Dios y al nuevo miembro de esa deshumanización.

Una fuerte luz caía sobre mis ojos, pasé los dedos sobre ellos, era una realidad, una nueva vida. Un monje apagó el foco y se retiró sin musitar palabra. Me anunciaba un nuevo día. Un malestar invadía todo el tronco. Me encontraba solo y desnudo sobre un catre de varilla, al inclinarme observe con incredulidad un pequeño cuarto, en la parte alta, una minúscula ventana con barrotes de metal verticales y en el recinto, una mesilla desvencijada, una tablas horizontales que hacían las veces de escaparate, en donde doblada, había una túnica un poco estropeada y alguna ropa interior y sobre el suelo de baldosas de barro, un par de chancletas viejas. Un pequeño libro, parecido a una cartilla, recostado, aun lado, sobre la cabecera del camastro. En su portada se leía: “Manual de Convivencia”, sobre un fondo verde que representaba un bosque, con una luminiscencia, muy blanca, diluida en todo el espacio. Se iniciaba mi peregrinar.

¿Porque estoy acá? ¿Qué motivó el internarme en este destierro? Se que no debo reír, pero así fué. ¡Oh!, mi esencia… mi esencia… que puedo hacer. Cumplía un poco más de tres meses de haber ganado la libertad, participaba en una exposición de pinturas, la felicidad me poseía. Mis cuadros estaban expuestos en un elegante salón, copa de champaña, publicidad y gentes que conocen del arte, llenaban el salón. Una amplia y expresiva sonrisa adornaba la comisura de los labios ante la admiración de mis obras maestras.

 –De Paula…

-¡Siii!… Soy yo…

-Compro este cuadro… en efectivo… Pero con una condición…

-¿Una condición? ¿Qué condición?… Está bien. ¡No importa! ¡Lo que sea!

-La condición es que debe viajar conmigo a la ciudad donde vivo. Yo pago todo… su estadía… sus gastos… no se preocupe.

-¡Qué!…Viaje con Verónica, la compradora, me convenció. Mi esposa… ¡Oh mi esposa! Me obsequio un fajo de billetes para la manutención de este mortal. Un apartamento excelente. El lienzo se apreciaba bien. Que feliz. Mi anfitriona me dio un fuerte abrazo. Un abrazo del cual pude soltarme después de cuarenta y cinco días de estadía en su domicilio. Es una viuda seductora que posee sus encantos. Encerrado, me encontré distrayéndome con su computador en los asuntos del yoga, la relajación, la concentración. Me interesé por los estudios científicos de la mente, en la mayoría de las cosas que queremos en la vida las encontramos en un particular estado mental de meditación. Me dije, aquí puede estar la solución al problema que arrastro: mis inconformidades, no encuentro mi materia en este mundo, soy una rueda suelta, despistado, sin un rumbo definido para encontrar la tranquilidad, la paz, en lo que resta de mis días. Verónica secundó mi pretensión, sin ningún reparo me ayudó con su dinero para iniciar el curso sobre estos temas. Comencé a obstinarme por estas lides, lo cual hacia durante el día, muchas veces por largas horas. El método, en sus variados temas, habla sobre un buen sexo en ese estado de compenetración, por que aumenta la creatividad y la intuición. Verónica se entusiasmó y desde luego disfrutó, sacudiéndose con regocijo y satisfacción en cada espasmo. Pero todo lo que sube, baja. Llegó el fin, semejaba un león enjaulado. Enredado de nuevo en la rutina, hastiado de copular. Siempre lo mismo. Repetición… repetición.Martina me recibió. ¿Por qué? Por lastima, por añorar, porque era su marido, porque era su amor de juventud. ¿Por qué? Me convertí en un mantenido, desarrollaba actividades caseras. Además de dibujar, la mayoría del tiempo practicaba las enseñanzas del procedimiento de relajación, permanecía muchas horas en ese estado, iba incrementado el ciclo de meditación. Nunca mas volví a vender un cuadro, nadie me ofrecía un peso por ellos. Retornamos a los mismos hábitos, la misma practica, la misma repetición. Yo no y ella si. Yo si y ella no. Yo un clavel, ella una rosa. Como dice Leonardo Favio: “Ding… Dong… Ding… Dong… Son las cosas del amor, no hay acuerdo en el amor”. ¿Pero habría todavía amor? Nos soportábamos tal vez para evitar el aislamiento, pocas veces lográbamos volvernos a encontrar, aunque estuviéramos allí. ¡El amor!… ¡El amor!… ¡El amor!… ¿Qué pasó? Ya han pasado los seis meses de aislamiento y ya hoy me voy, tan sencillo como cuando llegue, solo un apretón de manos y hasta pronto. ¡Chao!! Seis meses de aprendizaje. He perfeccionado la táctica de distensión, he encontrado la calma, el sosiego, la serenidad, la paz, la tranquilidad, la quietud y todos los demás sinónimos habidos y por haber. Los excesos han sido controlados: comida, bebida, sexo. Soy un ermitaño que disfruta de la clausura. La tierra, el polvo del camino y la marga del pastizal ha purificado la acidez de la carne, mi ser, fortalecida mi sensibilidad, infiltrar y subyugar mi apego a la espiritualidad. En todos estos días he convertido la soledad en mi compañera, mi amante, soy un apasionado de ella, tal el hombre y su concubina en el comienzo de su devaneo. Ya no tengo debilidades terrenales, los seres humanos, machos o hembras son mis hermanos, por tanto repudio el incesto, el eretismo desapareció como pauta, harto de la lujuria. He aprendido a hablar poco y si escuchar. Mi carácter muestra ahora un espíritu timorato, alejado del mundo y de las aglomeraciones materiales. De la ocupación anterior, solo rememoro cuando blandía el palo de escoba en mis manos, en las labores de aseo, barría los promedios de producción, el índice de precios al productor, la tasa de interés, el dólar hacia arriba y hacia abajo, los factores de inflación. Todo queda, hoy, en la caneca de despojos. Ricardo Daniel de Paula, el Rajá de las finanzas y la riqueza pública, de los laberintos de la economía, dejó de existir. Ahora me llaman “Kasuma”, el Anacoreta.

La luna proyecta su destello plasmado sobre la superficie del mar, justo en su periplo de la mitad del mes lunar para alcanzar su momento culminante. Está casi sobre mi cabeza. Mis piernas entrelazadas forman con mis rodillas un ángulo agudo en ademán de yoga, mis manos con sus partes frontales juntas, en señal de rezo, rectas, verticales, apuntan a mi barbilla, cierro los ojos, y en forma lenta, paciente y tranquila busco la frecuencia de ondas cerebrales en estado de situación alfa. En un largo tiempo, recorro a manera del juego del ping pong, frases positivas, emanadas del consciente y que giran como mantras que agilizan mi imaginación, desde el cerebro a mi marco panorámico, una relajación intensa hasta el punto de no saber, ni entender, ni sentir lo que me envuelve. Después de algunas horas, no se cuantas, reingreso, mediante un método de reversión, en forma gradual al presente de la vida. Aurelio, mi bienhechor del momento, duerme profundamente, cuando retorno a mi verdad, mi hogar por accidente, un hogar que debía mantener aseado, era cualquier ama de casa y todo por tres comidas diarias y un colchón en tierra.

En un nuevo amanecer, después de mis obligaciones lacayas, tenía la necesidad de limpiar uno de mis pinceles, porque Aurelio tuvo la ocurrencia de utilizarlo para limpiar el polvo del teclado de su computador. Por lo menos me prometió obsequiarme un pote especial, para que al dejar el pincel sumergido en aguarrás, no toque el fondo del bote para que no se deformen las cerdas. Admiré mi cuadro. Me gustó. El oleo representa un barquero, de pies sobre su barca, en la grandiosidad del mar, manipulando una vara, bajo la penumbra del satélite de la tierra, inspirado por el momento de plenilunio vivido en estas noches hermosas. De pronto, sentí la voz apacible, dulce y aterciopelada de Vianka, la novia de Aurelio, quien frotándose los ojos para despachar el sueño y luego de un elocuente bostezo, me dio a entender de la necesidad de comer algo, ya sabia de las noches truculentas y de aventuras, buscando las posiciones deseables que ella con paciencia le enseña a su amante. Con una picada de ojo me conquistó, sin otra oportunidad que dedicarme a la cocina, se valía de su frivolidad para tenerme a sus pies, porque despierta en mi ternura y amor paternal. No obstante sus continuos flirteos, nunca ha sido mi pretensión penetrarla. Le gustan mis pinturas y está empeñada en su anhelo para que la dibuje desnuda, gracias a su lasciva anda a medio vestir, pero, quiere que sea con un proceso de provocación que la despoje de sus escasas prendas, un atuendo de sutil tela, una bata ceñida que le cubre más que poco su hermosura, que a decir verdad resalta su belleza. Sus senos, dos hermosas mamas, que en trasparencia se aprecian sus pezones, que sobresalen y que armonizan con la redondez de su trasero. En otras ocasiones me sugiere ofrecerme un acto donde ella se desvista lentamente, intentando incitarme para que acceda a sus pretensiones. Revivo esas noches de farra, donde me invitaban mis colaboradores, el baile erótico del tubo en los clubes de striptease. Recuerdo una mala pasada, en donde una de las matronas, muy agraciada, en forma sorpresiva, se abalanzó sobre mi, estrellándome tremendo beso, vertiendo en mi boca todo su trago, que había depositado en la suya previamente. ¡Qué putada la de esa diabla!

Y Vianka, la guapa Vianka, su porfiada insistencia, su ninfomanía, empeñada siempre en que le haga el amor, aun con mi estampa desgarbada, con olor a arena, a pescado, el rostro cubierto de abundante barba y una pantaloneta derruida, de vagabundo, no sé que le atrae. Es una mujer sin escrúpulos, libidinosa, de esas que cuando anda por la calle y nadie se lo pide se pone a llorar. Aurelio la encontró en un bar de poca reputación, después de una borrachera, donde los dos lloraron, se arrastraron y se juraron amor eterno. Se desaparece y vuelve cuando sus necesidades lo exigen o cuando quiere disfrutar de los consentimientos de Aurelio, quien la aprecia mucho por que es una gran maestra en las cosas del amor, que el macho, a pesar de su madurez, no había tenido en su vida momentos tan esplendorosos con una mujer en la cama. Yo siempre le digo que tenga precaución ante el riesgo de una enfermedad de blenorragia, no conveniente para su salud, que parece no interesarle mucho, sino que su obstinación es gozársela hasta rabiar. 

Yo se que algún día Aurelio se va a cansar de darme posada en su casa, por que me verá como un lastre, como un fastidio o Vianka no soportará que no quiera complacer sus caprichos carnales y se quejará con mentiras a su inseparable amigo. Me tildará de obsceno, de deshonesto, entonces, marcharé para seguir en el deambular de morada en morada, peregrino penitente de camino en camino, merodear un mendrugo de pan o un poco de agua, buscar un catre, un lienzo y unos pinceles, escudriñar dentro de la realidad de mi vida, aguantar el infortunio o disfrutar la placidez, esperar pacientemente, en la posición acostumbrada, en el discurrir de mi meditación, fantaseando ditirambos, frente al mar, con las olas que van y vienen, arrastrando hacia ellas el conjunto de partículas desagregadas. ¡Si! Ellas también desearán llevarme, querrán hacerme su cómplice dentro de su inmensidad para borrar todo recuerdo y una luna, con su reflejo, en el confín de su tranquilidad cetrina y cerca, inquietas lucecillas móviles, que marca sobre la marea el camino de mi panteón, el verdadero descanso en el final de mis días, en cualquier instante en que el astro llegue a su fase de novilunio. Un conglomerado de nubes descenderán como tiara y tinieblas lóbregas rondarán hasta chocar sobre mi ser. Y los pescadores noctámbulos, en otro contexto de la existencia, navegarán en el vaivén del oleaje, cantando como aedos sus triunfales redadas.

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2 respuestas a Kasuma el Anacoreta (Albertocinco)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato en el que se cuenta una vida entera desde el explendor al fracaso en busca de algo que no parece encontrarse nunca a pesar de las múltiples pérdidas. Un saludo literario y felices fiestas. Amaya

    • AlbertoCinco dijo:

      Amaya: gracias por tu comentario, soy consciente que el tema de este cuento, un poco fuerte, no encontraría una buena acogida. Pero ahí seguiremos, escribiendo y escribiendo.

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