Fénix (Campanero)

En una casa ruidosa siempre sorprende el silencio, en una casa abarrota siempre sorprende encontrar el cuarto de baño vacío.

La casa estaba en  silencio, el cuarto de baño estaba vacío, no había duda, se habían ido.

Me vino a la cabeza, ¡ o ella o yo!. Quizás fue lo último que le dije a Merigean antes de encerrarme en mi cuarto a dormir. Ese fue el final del principio. Antes ella me había reprochado: mi hija es menos dañina que esa maldita viuda negra. También me advirtió: no puedo dividirme, incluso me suplicó:  ¡Por favor, no me obligues a elegir¡. Al final, cuando la herida era mortal de necesidad, se entregó: ¡Si me dejas  moriré, y entre sollozos escuché: ¡Quizás así podré repartir mis cenizas entre los dos!. La creí, su fragilidad era  evidente.

Estaba harto, muy harto de aquélla maldita adolescente, aunque fuera su hija.

Bajé a la cocina, vacía. Abrí la nevera, el plato con la cena que me había preparado Marigean la noche pasada estaba tapado para que no se estropeara. Un golpe de tristeza me atacó a traición, en un momento se habían ido sentimientos por un importe de diez años, quizás mas…

Cogí la botella de vino, y me quedé mirando la foto de Marigean que había en la estantería.

– ¡Salud camarada! –  dije levantado el vaso.

– ¡Salud camarada! – volví a repetir con el segundo vaso de vino.

No quiso brindar conmigo. Dejé un paquete de tabaco en la cocina. Si vuelve quizás se habrá olvidado de comprarlo, como siempre -pensé.

La viuda negra me llamó, me fui inmediatamente a buscarla. La observé con descaro, voluptuosa, salvaje, de agresivas curvas, con todo a la vista. Me quedé aturdido con su desnudez, admiré hasta el más mínimo detalle de su anatomía. Ella, como siempre imperturbable, fría, oscura, la acaricié.

Sin preámbulos. Cogimos  la carretera nacional, después la comarcal  el ruido del motor se volvió un silencio angustioso. Seguí, seguí, la velocidad no me hacía disfrutar, hasta que escuché un traqueteo que decía: ¡Para o paro yo!. La Viuda Negra no quería discutir, pero yo sí. Seguí. El marcador de la temperatura se puso en rojo, aceleré mas. La Viuda Negra aullaba más y más fuerte: ¡Hijo de … me vas a matar!, y yo la pedía más y más, hasta que escuché el lamento final: Algún día me las pagarás... Me orillé en la carretera, bajé de la moto y la dejé caer por su propio peso.

Me senté en el borde para descansar y encender un cigarrillo. Aspiré con todas mis fuerzas y mantuve el humo en mis pulmones todo lo que puede. Volví a mirarla, no la reconocí, sucia, envuelta en un humo blanco de olor mortecino. Recuerdos. Épicos relatos en los que a pleno galope  nos habíamos enfrentado ante rivales más poderosos. Siempre vencíamos. Otro golpe de tristeza me atacó a traición. Me sentí  vacío, en un momento se habían ido sentimientos por un importe de diez años, quizás más…

El intermitente seguía haciendo  guiños, me hizo sonreír. Tiré del puño de mi camisa para poder limpiar el  escudo que estaba manchado de aceite.

-A partir de ahora no hay lugar para recuerdos tristes – dije mientras colocaba  el casco y la chupa de cuero encima de la difunta. Dejé el cigarrillo en el depósito junto al tapón de gasolina.

Seguí, esta vez caminado, esta vez la velocidad si me hacía disfrutar. No paré hasta que encontré el primer bar.

-Un vino por favor- le dije al camarero mientras observaba  la carretera por la que había llegado.

-¡Salud camarada! -dije levantando el vaso en dirección a la columna de humo.

-Otro vino por favor – le dije al camarero.

-¡Salud camarada! -volví a repetir con el segundo vaso de vino.

Una caterva de reproches  me embistieron por sorpresa, egoísta, bárbaro, insensible, yo-yo-yo …, siempre yo, todo lo que  querías  ahora es un rastro de ceniza. Traté de tranquilizarme para poder discurrir.

Me vinieron a la cabeza los consejos de mi amigo Ber, no vuelvas atrás ni “pa” coger velocidad, y la sabiduría del abuelo, lo peor es sostenella y no enmendalla. Las cenizas son el alma, la esencia, el perfume de la cosas…, fijaros sin puras que no se pueden quemar,  solía decir mi profesor de química al terminar las clases de laboratorio.

Por primera vez ese día me atacó el ánimo. Quiero ser como el  Ave Fénix y resurgir de mis cenizas, pensé. Cogí el teléfono, antes de marcar traté de recapacitar, sabía que aquella llamada sería importante, contuve la respiración, dudaba si quería pedir ayuda o me iba a  disculpar. Cerré los ojos, pulse el botón verde, ¡aunque sea tarde, cógelo por favor!, pensé. Una amable voz me contestó:

¡Talleres Moto-Madrid, dígame!

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2 respuestas a Fénix (Campanero)

  1. amaiapdm dijo:

    Como buena motera que soy me ha encantado tu relato, te entiendo perfectamenta (ahora que no nos lee nadie te puedo decir que quizás yo hubiese elegido lo mismo pero no habria hecho sufrir, de ninguna de las maneras, a mi moto). Un saludo literario, ráfagas y felices fiestas. Amaya

  2. Rompelindes dijo:

    Muchas gracias por tu comentario. Creo que yo tampoco lo haria.

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