La muerte no es el final (Alberto Casado)

El anciano druida salió de su cabaña del bosque para dirigirse hacia el claro donde se celebraría el sacrificio humano. El ritual databa de la Edad del Hierro y había sido transmitido de padres a hijos durante miles de generaciones. A pesar del intento de exterminio por parte de los romanos durante la Guerra de las Galias, algunos de estos sacerdotes-curanderos sobrevivieron a la muerte, adentrándose en los bosques y morando en grutas alejadas de cualquier atisbo de civilización. Andrefix, quien ya fuera viejo cuando nació a la nueva vida, estaba cansado de deambular por este mundo. Ya tenía sucesor, aunque él aún no lo sabía, y estaba dispuesto a transmitirle sus conocimientos antes de abandonar esa forma de vida inmortal.

Cuando el anciano llegó al claro del bosque, los aldeanos, quienes le seguían más por temor que por devoción, tenían todo preparado. Los dos toros blancos habían sido dispuestos bajo el árbol del muérdago, como mandaba la tradición; sus cornamentas, tapadas con trapos de color blanco previamente bendecidos. El muchacho, que no pasaría de los dieciséis años y parecía estar drogado, se hallaba tumbado sobre el altar de caoba situado frente al árbol del muérdago. Cubierto tan solo con una pequeña tela de lino blanco, que apenas tapaba sus partes íntimas, permanecía ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

El druida sacó la daga sagrada de debajo de su alba túnica. Los aldeanos formaron un círculo, tal como Andrefix les había enseñado. El anciano comenzó a decir las palabras del ritual en gaélico antiguo, mientras que los demás, cual de un coro se tratase, repetían una única estrofa sin parar. En un momento determinado, varios de los asistentes sostuvieron a los toros por las astas, mientras el druida les rebanaba el cuello por turnos. La sangre que brotaba de los animales fue recogida en cuencos de madera, ofrecida a los antiguos dioses y bebida por los oficiantes, excepto por el druida.

 

Al anciano milenario enseguida le tocó acaparar todo el protagonismo en la ceremonia. Andrefix lavó la daga con agua bendecida y, a continuación, la secó cuidadosamente con paños de seda traídos del lejano Oriente. Una vez inmaculada, sostuvo el arma con su mano derecha, y tras pronunciar unas ininteligibles palabras en una lengua muerta, hizo un rápido y profundo corte en la yugular del joven. Lo normal hubiese sido que este se hubiese desangrado, mas el druida no lo permitió, pues él mismo aplicó sus labios sobre el corte y succionó la sangre a grandes sorbos. Antes de que le dejara seco y el corazón de la víctima se detuviese, el druida se hizo un pequeño corte en la muñeca y dio de beber al moribundo. Al principio, el muchacho se negó, pues se estaba dejando morir; sin embargo, Andrefix empujó su cabeza bruscamente sobre la herida de la muñeca, de tal manera que los labios del joven quedaran a su altura. El instinto de supervivencia pudo más y el sacrificado comenzó a beber, primero despacio y luego ávidamente, hasta que el druida le apartó con un enérgico tirón. Luego del esfuerzo por sobrevivir a una muerte segura, el chico se desmayó.

Los oferentes dieron por concluida la ceremonia de renacimiento a una nueva vida, recogieron todo y se marcharon, como si nada, a su pequeña aldea. No obstante, dos de ellos acomodaron al desmayado en una parihuela y lo transportaron hasta el refugio del druida. Una vez en la puerta de la gruta que servía de morada al anciano, se despidieron y le dejaron a solas con el joven.

El anciano, con las pocas fuerzas que aún le quedaban, arrastró el cuerpo casi inerte hasta el fondo de la cueva y lo situó en el rincón más alejado de la entrada. Los tres días siguientes fueron de adaptación del que fuera humano a su nueva condición de inmortal. El druida, gracias a su facultad de hipnotismo, pudo someter al neófito a su voluntad, así como enseñarle lo más importante para que pudiera desenvolverse en el nuevo mundo durante los próximos siglos.

Una vez repuesto y sin ninguna célula viva, el nuevo ser fue educado para que aprendiese a desarrollar sus nuevas habilidades. El druida consideró que su discípulo ya sabía lo suficiente para seguir solo, pero aún quedaba la última parte de su plan: su verdadera muerte; es decir, su extinción. Al usar sus poderes hipnóticos, no le fue difícil convencer al vampiro neófito para que acatase sus órdenes. Así, este apiló junto a la cueva un enorme montón de leña seca. Siguiendo las instrucciones del anciano, lo ató a un madero (atravesado por otro en forma de cruz) y prendió la montaña de leña. El anciano se consumió sin pronunciar una sola palabra y sin dar muestras de dolor. De él solo quedaron unas pocas cenizas que, a petición suya, fueron esparcidas por los alrededores.

El inmortal pronto aprendió a alimentarse de los humanos y a perfeccionar sus nuevas facultades. En poco tiempo se convertiría en el mayor depredador de toda la historia, y con el paso de los siglos, su leyenda fue transmitida de padres a hijos. Se le conoció con el nombre de Nosferatu, el vampiro.

 

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2 respuestas a La muerte no es el final (Alberto Casado)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado la historia aunque me parece que hay un par de exageraciones excesivas. Por lo demás te doy la enhorabuena por la historia. Un saludo. Amaya

  2. Alberto Casado Alonso dijo:

    “exageraciones excesivas” también es excesivo. Es broma. Gracias por leer el relato y por comentarlo. Un saludo, Amaya.

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