De cuando me convertí en sombra (Pedro Cabo Meana)

Cuéntame otra vez aquella historia, papá. Cuéntamela otra vez. La de la princesa encerrada en el castillo y el dragón  de escamas doradas; la del río de aguas cálidas que nacía en el mar y moría en lo alto de las montañas; la del bosque oscuro y los duendes que robaban los recuerdos a los que se perdían en él. Cuéntame cómo acabaste con el dragón usando una espada de madera y cómo rescataste a la princesa. Cuéntamelo todo otra vez, papá. Por favor, papá…

La noche cubría de sombras la habitación, y cuando la oscuridad se junta con el silencio la mente juega a escaparse, como un niño travieso huyendo de una clase aburrida.

Fuera aún se oía el mullido sonido de la lluvia y los neumáticos de algún coche deslizándose sobre el agua. En aquella oscuridad tenue, con aquel sonido de fondo, me sentía reconfortado.

Había bebido mucho en las últimas horas, siguiendo escrupulosamente la rutina de los últimos días y los últimos meses. Fue la forma que encontré de seguir adelante sin derrumbarme. Aunque quizás sería mejor decir que fue la forma que tuve de derrumbarme.

-¿Me cuentas la historia, papá?

Pablo volvió a preguntar. Recordé lo insistente que era cuando algo se le metía en la cabeza.

-De veras que esta noche no puedo, Pablo. Esta noche no, cariño.

-¿Por qué no, papá? Hace mucho que no me cuentas historias, ni juegas conmigo, ni me echas una “guerra de cosquillas”. Antes lo hacías continuamente. ¿Recuerdas? Siempre creí que tú lo pasabas mejor que yo…

Sentí una punzada de dolor en el pecho. Los recuerdos iban llegando, clavándose como alfileres.

-Ahora es tarde para eso, hijo.

-¿Por qué? ¿Porque estoy muerto?

El golpe de angustia me dejó un segundo sin respiración y mi mentón comenzó a temblar sin control.

-Sí.

Pareció entristecerse y se abrazó aún más a su peluche marrón.

-Pero la culpa es mía. Tú solo has muerto, pero yo me negué a vivir. Me quedé aquí, compadeciéndome entre estas cuatro paredes, noche tras noche, recordando y esperando que la realidad solo fuese una pesadilla de la que poder despertar. Y en esta oscuridad se me olvidó cómo se hacen cosquillas y cómo se cuentan historias; se me olvidó cómo era tu risa. Se me olvidó cómo era la mía.

-Pero no fue culpa tuya, papá. Fue un accidente de coche. Le pudo pasar a cualquiera…

Rompí a llorar. Y mientras tanto, la figura de mi hijo iba desapareciendo de nuevo. Veía su silueta difuminándose a través de las lágrimas y cómo su peluche quedaba abandonado sobre la cama, con su mirada de botones perdida y su ridícula mueca.

Me levanté y a tientas llegué al salón. Un relámpago iluminó la estancia y aproveché su luz para esquivar un par de botellas vacías y algún libro esparcido por el suelo. Abrí otra botella de bourbon y subí la apuesta una pastilla más. Esa noche necesitaba de ambos.

Me senté en el sofá, en mi esquina de siempre, respetando el espacio vacío dejado por Luci en la parte más cercana a la ventana, como si solo ocupando ese espacio deshonrase su memoria. “Un poco más”, pensé, y me llevé el vaso a los labios. Mientras el líquido bajaba por mi garganta vi aparecer su figura, distorsionada por el grosor del vidrio. Recostada contra el reposabrazos y la cabeza ladeada, tapada con su fina mantita azul, como una anciana  prematura, me observaba y sonreía.

-¿Se ha salido con la suya? ¿Le contaste la historia?

-No. No he podido.

-¿Y a mí? ¿Me contarás alguna? Una de esas que solías escribir, cuando soñabas con publicar.

-Sí, antes soñaba a menudo, Luci. Pero de eso hace tiempo. Para soñar debes pagar un precio muy alto: debes estar preparado para la decepción. Y yo no aguantaría ninguna más.

«¿Para qué se supone que has vivido si no puedes llegar a la vejez con cinco o seis errores de los que arrepentirte?» ¿No es eso lo que escribiste?

-Era una broma, Luci. Una frase, nada más.

 -Así que, ¿no habrá final feliz esta vez?

Miré sus ojos en la oscuridad, aquellos hermosos ojos oscuros que parecían tan llenos de vida aún. No recordaba si alguna vez le dije lo preciosa que me parecía. Supuse que, simplemente, lo obvié.

-A veces las historias acaban sin más. A veces el escritor se vuelve perezoso y se ahorra el último capítulo; ése donde todo sale bien y donde hay risas y besos. A veces el final solo es eso: el final.

-Qué triste suena…-dijo fingiendo decepción-. ¿Cuándo te volviste tan deprimente, Sebastián? ¿Cuándo envejeciste treinta años de golpe? ¿Fue cuando murió Pablo? ¿O cuando yo me derrumbé? ¿O fue por ella?

-Qué importa ya, Luci. Supongo que todo influyó.

Lucía, Luci para mí, Luci en el período de tiempo que tuvo la mala fortuna de tenerme como esposo, miró por la ventana del salón distraída. Le daba vueltas a algo; la conocía bien. Al menos, todo lo bien que puedes llegar a conocer a alguien de quien te has despreocupado durante varios años hasta que, una tarde, te la encuentras lívida sobre la cama después de haberse tomado veintisiete pastillas con una nota a su lado que decía “te perdono; ¿me perdonas tú?”

-¿Sabes lo más duro de todo, Sebastián? –dijo al fin-. Que hubiera soportado todo si hubieras estado a mi lado. Pero tras el accidente te separaste de mí, te alejaste. Dormíamos separados, llorábamos separados, soñábamos separados… Te metiste en tu cascarón y no querías ayuda. Estaba herida, destrozada, y aún así estoy segura de que habríamos podido salir adelante. Pero no me dejaste ayudarte, cariño. No querías mi ayuda. Eso lo buscaste en otra.

Bajé la cabeza. No había nada que decir. O mejor dicho, había tanto que una noche no sería suficiente. En ese momento el equipo de música comenzó a sonar. Hacía mucho tiempo que no escuchaba aquella canción y me sorprendió que ella la recordara.

-¿Recuerdas, Sebastián?

Asentí sin levantar la mirada.

-Ese eras para mí: el caballero iluminado por la luna. ¿Recuerdas?

Su voz se quebró. La mía ni siquiera era capaz de salir de su cueva. Miedosa y apocada, decidió seguir escondida como tantas veces.

-¿La quisiste? Quiero decir… ¿la quisiste tanto como a mí?

-La necesitaba. Es lo único que sé.

Dudó antes de preguntar:

-¿Y ella? ¿Te quiso como yo?

-No- admití.

-Entonces, ¿qué esperabas de aquello? ¿Dónde creías que iba a llegar?

La miré de nuevo, sintiéndome a un tiempo avergonzado y miserable.

-No había destino, Luci. No sabía dónde llegaría porque no había ningún sitio donde llegar. Solo quería estar con ella. Era lo único que me hacía olvidar mi vida. Lo demás no me importaba. Suena horrible decirte esto, pero nada más me importaba… Ni la vida ni la muerte, ni tú ni yo, ni el pasado ni el futuro, ni el bien ni el mal. Solo ella.

Pero Luci ya no estaba. Como Pablo, se había desdibujado y me había dejado solo con aquella canción como banda sonora de mi soledad. Bautista cruzó el salón y saltó a mi lado.

-¿Tú les ves?- pregunté mientras le acariciaba tras las orejas. Pero solo ronroneó mientras frotaba su cabeza contra mi rodilla. Creo que también estaba triste últimamente. Creo que incluso él, cuya única preocupación en la vida era comer y dormir, se dio cuenta de que aquella casa se había quedado vacía y muda. No le hubiera culpado por irse y dejarme solo. No culpé a nadie de ello. Lo hubiera entendido también.

-¿Por qué nunca me hiciste caso, Sebastián? ¿Por qué no me creíste cuando te decía que no había futuro entre nosotros?

Esperanza cruzó por mi lado y Bautista saltó del sofá, huyendo a toda prisa de la habitación. Ella se sentó en el sillón ante mí. Noté, de nuevo, su perfume inconfundible y por un momento sentí unas ganas irrefrenables de abrazarla y zambullirme en aquel olor.

-Lo sé; sé que la culpa fue mía. Nunca te reproché nada.

Llevaba el mismo vestido que la primera vez que la vi en la playa. Estaba preciosa y sexy, y en su mano llevaba una caracola.

-Solo era una ilusión, Sebastián. Como los que oyen el sonido del mar en las caracolas. Reverberación del sonido y mucha imaginación. Eso es todo.

Recordé la mañana que la conocí, paseando descalza por la arena. Yo intentaba encontrar algo a lo que aferrarme en mi vida tras el accidente; ella buscaba caracolas perfectas. Ambos encontramos lo que buscábamos durante un tiempo.

-Siempre crees que serás capaz de hacer cambiar a la otra persona, que serás capaz de hacerte imprescindible para ella como ella se hizo para ti.

-Entre nosotros no había nada. Yo tenía mi vida hecha. Tú solo fuiste un maravilloso aliciente, pero era lógico que algún día terminaría todo.

-No me hables de lógica, te lo ruego. No paro de repetirme a mí mismo qué es lógico y racional y qué no lo es, y no llego a ninguna conclusión.

-Debiste escapar cuando estabas a tiempo.

-¿Escapar? ¿A dónde? Te habías convertido en mi único mundo, no había nada más allá de ti. Cuando todo terminó y regresaste a tu vida, yo me quedé sin vida propia a la que volver, sin ningún lugar conocido donde regresar. La sensación de soledad era abrumadora. Todo me era extraño alrededor… Incluso mi propia esposa me resultaba extraña. Y eso la mató. Porque, y sé bien lo que es, no hay dolor más intenso que sentirse ignorado por la persona que rige tu mundo. Saber que dar lo mejor de ti, todo lo que sientes y todo lo que eres, no ha servido para nada. Me sentí perdido y viviendo la vida de otro. Una vida terrible, por cierto.

Se levantó del sillón y se acercó a mí. Despacio, incluso me pareció que con cariño, puso su mano sobre mi hombro, acariciándome levemente el cuello con su índice.

-Nadie puede controlar el efecto que causamos en los otros, cielo. Nunca quise hacerte daño; esa es la verdad –. Y aquel suave dedo, de pronto, se evaporó junto con el perfume que lo acompañaba-.

Me tumbé en el sofá, borracho, solo, derrotado, con tantas imágenes en la cabeza que me era imposible concentrarme en una sola de ellas, sucediéndose en una cascada de sentimientos contrapuestos. Tomé una pastilla (la última que quedaba), bebí un trago y dejé caer el vaso, que cayó sobre un libro de poesías. “Bonita metáfora”, pensé. Y pensé en el amor y en la muerte, y en cómo esos dos conceptos marcan inexorablemente el curso de nuestra vida. Y pensé si el fin de uno no sería el comienzo del otro.

 Había cesado la lluvia y el silencio me envolvió acentuando aún más la sensación de vacío. No sé exactamente qué ocurrió a continuación. Recuerdo que lloraba, y que el corazón me ardía. No sé si me quedé dormido y soñé o si realmente ocurrió algo. De todas formas, poco importa qué significó el final de aquella noche. Quizás, como en la historia de un escritor perezoso, tan solo fuese eso: el final. Pero recuerdo oír el timbre de la puerta sonar dos veces. Esperanza esperaba en la entrada empapada, con su largo pelo negro colgando en mechones serpenteantes que se le pegaban a la cara, y los brazos cruzados en un intento de conservar el calor de su cuerpo.

-He venido a quedarme contigo-dijo-. Si tú quieres me quedaré a vivir aquí, en esta casa que se te hace infinita por momentos, con ventanas ciegas a la calle y sombras oscuras poblando las paredes blancas. Por las mañanas pasearemos por la playa y buscaremos caracolas perfectas para llenarlas con nuestras palabras. Las limpiaremos y las lanzaremos de nuevo al agua para que otros las rescaten. Y por las noches te acurrucarás a mi lado en la cama, y yo te daré calor y consuelo. Seremos amantes sin sexo, tú mío y yo tuya, y excluiremos de nuestros sueños a todos los demás. Quizás alguna vez me tengas que buscar entre las sábanas, o en el silencio claustrofóbico, o dentro de algún viejo libro, y rompas a llorar creyendo que te he abandonado. Pero verás que sigo aquí, escondida en los rincones de tu vida, cuidando de ti. Y nada nos separará jamás. Si tú quieres.

Y mientras la abrazaba fuerte, con la desesperación del miedo a perder lo que sabes que nunca será tuyo, sintiendo su húmedo pelo en la mejilla, Bautista aprovechó para huir de aquella casa deshabitada buscando él también una nueva vida.

 

 

 

 

 

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2 respuestas a De cuando me convertí en sombra (Pedro Cabo Meana)

  1. Arecibo dijo:

    Me ha gustado mucho tu relato. Enhorabuena.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato. Un saludo literario. Amaya

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