Hacia el fin de la tristeza (Carlota de las Mercedes Gauna)

Las guirnaldas colgaban directamente de la puerta de salida al enorme patio conformado por uno de los principales diseñadores de exteriores de la ciudad. El viento suave, casi una brisa, soplaba sobre los triángulos y flores de papel que se balanceaban rítmicamente a medida que las corrientes de aire refrescaban la sofocante tarde de aquel día de noviembre.

Gianela cumplía siete años y podría afirmarse sin confusión, que aquella era una de la pocas veces en que se la había visto tan feliz.

Correteaba por el parque abriendo los brazos como para deslizarse en su vuelo mágico con mayor autonomía.

Hacía apenas dos meses en que había sido dada de alta en el Hospital de Agudos para integrarse nuevamente al  mundo de los adultos, transformándose como antes, en el centro de atención de su entorno y en un gran motivo de preocupación para un padre ausente y una madre relegada, la cual, por decisión propia, había adoptado un hermoso niño de rubios cabellos, cuatro años menor que Gianela, para reemplazar en sus afectos al hijo perdido al nacer  dos años atrás.

Mas nada ni nadie había tenido la capacidad de conducirla a la resignación, y  nunca al olvido.

 

Felipe trataba de alcanzar a la niña agitando un globo en su mano derecha, llamándola entre gritos y risas, sin lograr lo esperado.

Al fin Gianela se compadeció de su insistencia y, poniéndose de rodillas, lo aguardó para estrecharlo muy fuerte entre el cerco de sus brazos.

-Te quiero mucho, Feli…- le susurrró posando su boca sobre la blonda cabecita del hermano, experimentando esa entrega del corazón que sólo los niños pueden dar cuando sienten y canalizan la necesidad de amar y ser amados.

Ambos eran dos huérfanos dentro de una enorme mansión, atendidos por niñeras y mayordomo, choferes y ama de llaves, pero desnudos del cariño de padres abnegados, dispuestos a dejar sus importantes obligaciones laborales para pasar con ellos un tiempo de calidad y calidez, llenando con obsequios los vacíos oscuros, suponiendo que con ello compensarían sus ausencias,  las  cuales, durante las veinticuatro horas de cada día, eran lo más honesto que aquellos niños podían recibir sin la amargura de los sentimientos forzados ni los apuros por huir de enormes responsabilidades.

Por lo tanto, Felipe vino a ser para Gianela como un muñeco de carne y hueso que seguía sus pasos con devota deferencia, a quien podía querer con abnegación sin temor a experimentar rechazos.

¡Felipe lo era todo para ella!…Por las noches, cuando los truenos hacían temblar los cimientos de la casa y los relámpagos hostigaban su almita, Gianela apretaba su cuerpo al de su hermano y todo se le antojaba posible de ser asumido como algo natural, sin temores vanos, porque ya sabía que era inútil pedir ayuda ante las pesadillas, despertarse llorando y convocar a su madre, saltar de la cama y cerrar bruscamente el cortinado para evitar ver las electrizantes víboras que surcaban el cielo de la noche, en medio de las tempestades de su alma que ya comenzaban a embotar sus intentos de razonamientos lógicos puesto que para su madre ella era sólo una pequeña niña de fértil imaginación.

La llegada de Felipe pareció haber surtido buenos efectos en los reclamos de su hija, mas Eva no advertía que aquellos ojos claros se posaban con demasiada insistencia en la lejana línea que separaba el bosque de la pradera.

Cada tarde, aunque lloviera o trinara el frío, Gianela conducía a su hermanito hasta la orilla del lago y allí permanecían los dos, mudos, absortos en un acuerdo tácito que estimulaba su relación hasta límites que podrían llegar a ser tan peligrosos como lo son casi todas las situaciones límites de la vida.

-¡Me gusta el agua, Giani, ¡me encantan los patos que nadan en ella y las flores que crecen aquí!

Gianela lo miraba con orgullo. Sus metódicas  lecciones  para combatir la incipiente tartamudez de Felipe reflejaban los resultados esperados. Pero sólo con ella se manifestaba en el niño un vocabulario rico y sin dificultades de pronunciación. Frente a los mayores, los desesperantes“tics” angustiaban y los estímulos de la fonoaudióloga no  manifestaban  los cambios previstos por su ciencia. Decididamente, el pequeño decrecía en sus respuestas y la calidad de su lenguaje era más propio de un niño de dos años, vacilante y deficiente para su edad cronológica.

Gianela solía estar presente en estas sesiones y su sonrisa de satisfacción animaba a Felipe a agradarle cada día más, comportándose de acuerdo a sus instrucciones, desconfiando de las personas cercanas a sus vidas como si fuesen portadoras de brujas y duendes escondidos detrás de sus solícitos reclamos.

 

Aquella tarde , Gianela se detuvo frente a una figura de cartón pintado y la miró con detenimiento: era la representación de una hermosa princesa cabalgando en un brioso corcel, saludando con una mano alzada mientras el viento despeinaba su larga cabellera. A su lado, la presencia de un bello príncipe parecía un ángel custodio adorando a su amada.

 

Pese a sus pocos años, Gianela había leído muchos cuentos que alimentaban su desbordante imaginación, transformándola en una  persona voraz por aprender algo nuevo, cada día.

De todas las personas que allí vivían, su más afectuosa compañía  era su abuela Matilde, tan relegada como ella, a las habitaciones del tercer piso, carente de afecto y abrazos como ella, tan sola y amiga de sus personajes de cuentos, como ella.

Gianela y Felipe pasaban largo tiempo, al anochecer, cuando las niñeras los trasladaban al interior y  aguardaban la hora de la cena, en la habitación de la anciana que,  con sumo placer y alegría desbordante en cada arruga de su rostro, se metamorfoseaba tanto en bruja como en hada para contar con lujo de detalles y de movimientos, aquellas historias que pasaron a ser con el tiempo, el alimento anhelado por los hermanitos, quienes, sentados sobre la alfombra, al pie del sillón de mimbre en el cual la abuela se sentaba, escuchaban y digerían el efecto sedante de las palabras que, lejos de provocar su temor, los instaba a buscar en sus propias mentes, las salidas que sus almitas torturadas necesitaban para no ceder a las ignominias del abandono y la indiferencia precedente.

-Abue…¿es verdad que todos tenemos un ángel de la guarda?

-Si, pequeña mía. Todos. Ahora mismo estoy contemplando al tuyo. Posee las alas más transparentes y de máximo brillo que he visto en mi vida. Se encuentra sobre ti , las abre en abanico y se sostiene, descalzo, sobre una nube rosada. Te está sintiendo y te ama.

-Abue…¿Puedes hablar con él?

.-No lo sé, Gianela querida. Cada uno tiene su propio ángel y debemos dirigirnos nosotros  mismos para contarle nuestras penas, alegrías y necesidades. Él está allí para ayudarnos pero no hace nada sino se lo solicitamos.

-¿Me prometes intentarlo, abuela?

La señora sonrió. Un rayo de sol , entrando por los vidrios de la ventana entreabierta, se colaba entre el rodete blanquísimo de su cabeza hasta volverlo caso invisible.

-Creo que tu ángel me dijo que si, abuela, está iluminando tu cabeza y aletea suavemente. Creo que él hablará con mi ángel para concederme mi deseo.

La anciana la contempló. Estaba tan concentrada y convencida de lo que estaba diciendo que sintió temor. La enfermedad que había mantenido alejada de la casa a Gianela, si bien se había retrotraído, no aseguraba la ausencia de perturbaciones  que podrían ser  peligrosas, originando estados mentales alterados.

Luego volvió a sonreír. Aquella nieta suya poseía, como ella misma, una sola alteración que no rimaba con el resto de las composiciones consideradas  como“normales” : Gianela era altamente imaginativa, ferozmente precisa y para nada ambigua. Era lógico que eso fastidiase tanto al resto de la manada. Ese sostenerse en estado alfa es algo que molesta a la corriente que siempre fluye hacia el mismo mar.

-Tienes razón, pequeña…  Pero, ¿Cuál es ese deseo que tanto te inquieta?

Gianela miró hacia la noche que se aproximaba cabalgando sobre oscuras gasas, miró las estrellas que parpadeaban entre ellas, aferró la mano de su hermano que se había quedado adormecido sobre su pecho…No respondió.

La señora los vio partir con un nudo en la garganta. ¿Podría haber confundido la alteración de una niña a quien le había sido extraído un tumor del cerebro, con aquella otra provocada por la febril y propia de los niños que aún conservan intacta la pureza del corazón?

 

Mirando la figura de cartón que completaba el friso sobre el cual se hallaba implantado un gigantesco “FELIZ CUMPLEAÑOS, QUERIDA GIANELA”,la niña pensó que tal vez así de lindo sería su propio ángel y que ya era el momento de solicitarle el deseo acuñado durante años en su interior.

Se paró frente al cartel y pasó sus deditos sobre la superficie lisa y colorida, al tiempo que sus labios musitaban en silencio su pedido.

 

Los gritos alborozados inundaban el patio; los payasos hacían girar sus aros y los malabaristas sus discos de colores. Entre las mesas, la madre reía aparentando una felicidad que Gianela intuía como  ficticia. Las luces de coloridos farolitos de papel transformaban el lugar en una feria comunal. Los niños invitados circulaban con platos rebosantes de comida sana y confituras autorizadas por la nutriocionista de turno.

Mirando hacia su derecha, Gianela pudo contemplar las manos de su padre aferrando por los hombros a la mujer de su mejor amigo que reía con una risa aflautada al tiempo que se lo devoraba con la mirada.

Frente a si la niña mantenía en vilo la escena descubierta la noche de la pasada Navidad, cuando al dirigirse hacia su habitación, bajo el rellano de las escaleras, se sorprendió al verlos.

Allí, apretada contra la pared, su padre mantenía a  Marcela, pasándole la boca por los pechos semidescubiertos por el pronunciado escote de su vestido de gasa celeste, y sus manos sobre las caderas de la mujer, subían y bajaban, bajaban y subían…

Corrió hacia su dormitorio sintiendo una horrible puntada en el pecho, sin entender muy bien de qué se trataba aquello pero sabiendo que no era nada bueno que su padre se estuviese besando con la mujer de su padrino Alberto.

 

Eso bastó para que se disipase su alegría, llegar junto a su madre y tomarla fuerte por la cintura hasta lograr que ella le preguntara si se encontraba bien y si le gustaba la fiesta que había organizado para ella. Gianela afirmó con la cabeza, aguardando ese beso que no llegó.

 

Fue hasta donde se hallaba su hermano jugando con unos vecinitos con los autitos de carrera y lo miró. Felipe no necesitó más para incorporarse y seguirla. Sabía lo que sucedería.

 

Al pie de la escalera de mármol de la entrada se hallaba la princesa bella y su valiente ángel guardián. Con una mano mantenía aferrado al animal por las correas y con la otra los invitaba a subirse al lomo donde brillaba la silla de montar, como si fuese de oro repujado.

-Tengo miedo, hermanita.

-No temas nada. Ellos son nuestros ángeles y nos llevarán al reino de las familias felices…

 

Al caer la noche, ninguna de las brigadas de búsqueda pudo dar buenas nuevas a los padres que lloraban desesperados, abrazados como hacía tiempo no lo hacían.

Todo en la casona era tristeza y desconcierto. Los niños se habían esfumado como si se los hubiese tragado la tierra.

La anciana, balanceándose en su sillón hamaca, en la habitación en penumbras, mirando una estrella fugaz cayendo hacia el oriente, pudo sonreír entre lágrimas de infinita pena. Ella sabía que los niños nunca serían encontrados. Y pidió a su ángel morir para ir a encontrarse con ellos.

 

 

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2 respuestas a Hacia el fin de la tristeza (Carlota de las Mercedes Gauna)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo literario. Amaya

    • ¡Gracias querida Amaia…Es un honor que me hayas leído y gustado mi cuento…Sé que es difícil ser seleccionada en vuestro país porque aunque tengamos las mismas raíces la ideología de nuestros respectivos lugares en el mundo ha ido cambiando. Los admiro y anhelo ser parte de ese proyecto que tenéis en mente y ruego a Dios llegar a merecer figurar entre los seleccionados para fgormar parte de vuestro libro, ya sea con éste o con cualquiera de los otros cuentos enviados a lo largo de casi dos años. Os dejo todo mi cariño y buenaventuranza…Con cariño, CARLOTA GAUNA

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