El bebé (A. Tejedor)

 

El suicidio ¿arma suprema de la rebelión? Una idea, una protesta, un portazo y huída, una revolución son pertrechos menores, siempre corren el riesgo de una marcha atrás. El suicido, no. Nada tan drástico, tan definitivo, tan total. Da igual la causa. Y no la busques, que ha naufragado. Intentas deducirla de actitudes, de hechos, de pensamientos; imaginas si habrá sido por esto, lo otro o lo de más allá. Suposiciones. Posibles aproximaciones. Solo el suicida lo sabe. Incluso habiendo dado pistas en vida, nadie podría afirmar que en el postrer momento la motivación real no hubiera cambiado. Esto fue lo que le pasó a Hitler. O eso creo.

La historia nos habla de su incapacidad para superar el fracaso (¿el suicidio es siempre una derrota?). El hundimiento del Tercer Reich, su negativa a ser juzgado y humillado por los vencedores, la certeza de haber sido traicionado por sus generales y allegados (el día anterior había mandado fusilar a su cuñado, entre otros) pueden considerarse razones lógicas. Pero Hitler nunca obedeció a la lógica. Ni a nadie. Un descendiente de judíos, bajito y moreno, que había logrado el apoyo entregado de un pueblo alto y rubio y encarnado como líder máximo de la raza aria, un dios total, no podía acabar dentro del cajón de la normalidad. Le quedaría demasiado estrecho. Mucho se ha hablado de su megalomanía. Otra estrechez. Hitler no era megalómano; ni siquiera gigalómano o teralómano: él era único. Y como tal, solo una razón única podía acabar con su aliento.

Las especulaciones en torno a los últimos instantes de Hitler han escrito libros, novelas, miles de artículos periodísticos y pintadas en los urinarios. Gramos de realidad y de ficción a partes desiguales. Manipulación interesada, tergiversación de datos. Alguna anécdota, como la muerte de su perrita Blondi para certificar la efectividad de las cápsulas de cianuro. Tanques con nudos en los cañones. Conjeturas sobre su locura, la paranoia de la traición, el espanto del ultraje a su cuerpo sagrado. Ni siquiera para su amante (acompañante, habría que decir) y finalmente esposa estaba disponible ese cuerpo. Virginal, inmaculado, casto. El sexo pertenece al terreno de la vulgaridad humana, no a la excelencia de los elegidos, de los sublimes. Un fürher está por encima de nimiedades terrenales como la cópula o el vuelo de las cigüeñas

O la descendencia en forma de niños. ¡Qué aberración! Lloran, moquean, enferman, dicen verdades. No los soportaba, ni siquiera a los racialmente puros. No dejéis que se acerquen a mí, decía, y latigueaba el aire con su fusta. ¡Con las lágrimas de emoción que hubieran arrasado los ojos de las mamás arias de haber logrado la foto de su retoño con el fürher!

El día anterior a su suicidio, Hitler había mandado ejecutar a su cuñado Fegelein, ya lo hemos dicho, un tipo mujeriego, trepa y bon vivant que al parecer tampoco era ajeno al contubernio felón. O eso pensaba Adolf en la épica de su aretè. La esposa de este y hermana de Eva Braun, Gretl, fue al búnker con su recién nacida en brazos a llorar su desconsuelo (luego dijeron que ese bebé había nacido unos días más tarde). La llevaba envuelta en una mantilla blanca, ya húmeda de todas las lágrimas que podía derramar.

Eva y Gretl se fundieron en un abrazo seco: en las cercanías del fürher tampoco estaba considerada la posibilidad de un gesto que no estuviera a la altura del Supremo. Excepto para Eva. Eva Braun, intocable en todos los sentidos. Cogió a su sobrina (también llamada Eva, en su honor) y se la presentó a Adolf.

Dicen que palideció. Lo dijo Gretl, muchos años después. Eva puso la niña en  sus brazos y Adolf empezó a sudar. Miraba a ambas mujeres en una pose insólita, la cara contraída en un rictus de piel reseca, ojos en pasmo y bigote torcido. La palidez del rostro del fürher amenazó desmayo en cuanto la niña rompió a llorar. La madre acudió con el chupete, pero se adelantó su hermana. Déjamela un rato, le dijo mientras la acunaba. Después te llamo, añadió al tiempo de señalarle la salida con un gesto de cabeza.

A partir de ese momento tornan las conjeturas, las hipótesis, las ficciones históricas. Solo Eva Braun y Adolf podrían hablar con propiedad, pero ambos murieron ese día y la niña no se acuerda. Lo cierto es que tras la puerta cerrada de la sala de mapas, contigua al despacho privado, todo era silencio. Ni los edecanes ni las secretarias de Hitler ni tampoco Gretl escucharon el más mínimo ruido durante un largo rato. Después, el llanto de la niña. Inconsolable, otra vez. Gritos desaforados, golpes de fusta en la mesa, cristales rotos de una vitrina. Y los sollozos. Histéricos, como los bramidos de Hitler. ¿Eva Braun no dijo nada? ¿Es imaginable ver a Adolf con la niña en brazos caminando (casi corriendo) de un lado a otro del despacho, hecho una furia, el mechón de pelo lacio bailando sobre la frente, meciendo al bebé a saltos, gritando que se callara y suplicando a su mujer que por favor le tapara la boca, por lo que más quieras, Eva, calla a la criatura, a mi no me hace caso, Eva, amor mío, te lo pide tu fürher, me vuelve loco esta niña, creo que se ha meado, te lo ruega Adolf, cariño? ¿Eva, su musa, su ángel, su deseo como orden no dijo nada?

El cianuro se lo impidió. Había sido la primera en tomar la cápsula. La niña lloraba sobre sus estertores de muerte como plañidera bien pagada. La desesperación de Adolf subía en espiral geométrica ante el llanto inagotable. Hasta que no pudo más. El hombre al que no le había temblado el pulso tras provocar la muerte de sesenta millones de personas quebró ante el llanto de un bebé. Lo había dicho un filósofo de la antigua caverna: dadme un bebé y acabaré con el autoritario.

Adolf Hitler, el fürher, el único, se descerrajó un tiro en la sien con su Walther PPK de 7`65 milímetros. Cuando su fiel edecán Heinz Linge entró en el despachó lo primero que vio fue la mejilla de Hitler regada por dos hileras de sangre que goteaban sobre el hojalaterío de medallas, cruces e insignias prendidas en el pecho. El fürher, muerto, tumbado en el sofá al lado del cadáver de Eva Braun. Entre ambos, una canastilla con una bebé dentro, callada, y hasta parece que sonreía, cuentan que dijo.

Conoce más sobre el autor en http://www.lagartosquebrada.blogspot.com.es/

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3 respuestas a El bebé (A. Tejedor)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, un saludo. Amaya

  2. Campanero dijo:

    Me gustó, un tema difícil, un buen final. Gracias

  3. antegar51 dijo:

    Escribir es un placer. Y otro placer el compartirlo con vosotros. Gracias por vuestras amables palabras

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