Le llamaban el loco Higuita (El Príncipe de las Mareas)

    Parecía un día como otro cualquiera, me acerqué a dar una vuelta por el Puesto y fue cuando noté que algo no marchaba bien, aquello me sonaba raro. Juan estaba como depresivo y bastante pesimista: – No creo que lo resista. Comentó al verme entrar. No le di mayor importancia al asunto, sería algo relacionado con la nevera que ya tenía sus años. Juan continúa con su actitud por lo que comencé a sentirme un tanto “mosca”. En esto que baja el escribano y me mira con las lágrimas aflorando a sus gafas. -¿Qué pasa? Pregunté con el corazón en un puño y en el otro la hoja del servicio que había tomado para informarme de lo que había previsto el día siguiente. Juan no se atreve a decírmelo, el escribano se escabulle con unos papeles en la mano, creo haber visto esos documentos una semana atrás, o quizá fueran dos. ¿Nadie me va a contar lo sucedido?   -Siéntate, aférrate a la silla, no te vayas a caer de la impresión. Higuita ha sufrido un golpe demoledor esta mañana. Tales palabras me dejaron helado, me hubieran colocado un cucurucho en la cabeza, y un niño no habría notado el fraude una tarde de verano.    Sospechando que el asunto revestía una gravedad mayor de lo que me habían contado, subí los escalones de tres en tres, golpeándome la rodilla izquierda sin que el dolor me impidiera alcanzar mi objetivo. Como un alud entré en el despacho del guardia primero que realizaba las veces de Comandante de Puesto y le vi, caído de bruces estaba el que por su comportamiento se asemejaba al portero de la selección colombiana (René Higuita). No se movía, parecía que realizaba un servicio de “cadaverías” por la demarcación del fichero. Me arrojé al suelo y le levanté exhortándole a que diera señales de vida o callara para siempre. La cabeza se mueve, la barbilla se alza y muestra el golpe en el esternón, trata de balbucear algo (como Sonsoles espinosa en Canarias pero saltándose el “bal” y custodiada por los Geas).  –Estoy hundido. Pudo articular.

     – ¿Qué ha ocurrido? No me tengas en ascuas que me queman los pies.

     – La impresión ha sido tremenda, no sé si seré capaz de superarlo…  ¡Habla de una vez! Le zarandeé de la camisa de verano, cuyo tejido es tan suave como el toldo de un camión. ¿Quién la diseñó, un esquimal?

     – Me han quitado el Nissan. Pudo contestar al fin antes de estallar en un sollozo lastimero imposible de describir ni a máquina ni a mano.

      – ¿Como ha podido ocurrir semejante vicisitud? No importa, lo encontraremos donde quiera que esté. Salvo que haya sido el mismo que robó el carro a Manolo Escobar, ese si que no aparece.

     –  No me lo han quitado en la calle, ha sido otra cosa.

     – ¿Qué ha pasado entonces? Pregunté sin poder ocultar la sorpresa.

     – Ha cambiado de destino, se lo han llevado a otro Puesto de la Comandancia. Tras unos segundos mudo, recurrí a mi ingenio y le espeté: -No te preocupes, para Reyes te regalamos uno para ti solo, hacemos una colecta entre los componentes del Puesto y el escribiente.

     – No pretendas darme unos ánimos que no pueden ser, son muy caros y no podéis hacer frente a ello ni con la productividad que no cobráis.

     – Vamos hombre, por un compañero se hace lo que haga falta. Antes de lo que crees, te veo dando bandazos por esas calles y hablando por la emisora. Yo estaba convencido de que era difícil de tragarse semejante bola, pero dado que Higuita tiene interpuesto un recurso contencioso administrativo contra su propio cerebro, pensé que quizá se lo creyera.

    Esa misma tarde entré de puertas, esperaba una tarde tranquila, una de esas en las que te tomabas el descafeinado recalentado en el infiernillo. Llaman a la puerta, quedo envarado por la sorpresa, consulto mi reloj y este sin cobrarme ni pedirme la tarjeta de Adeslas, me dice que son las 15 horas. Los restos del festín me miran inquisitivos, miro a los ojos al bocadillo de caballa que yacía a la espera de su defunción y… Los golpes se repiten,  salto de la silla antes de que se termine de romper y atisbo por la ventana; el vehículo de los locales se ve empañado a través del cristal, respiro tranquilo y abro la puerta con una frase amable gestándose en mi mente y antes de abrir la boca se me descuelgan dos tíos altos y rubios.

   – Son dos holandeses y vienen de Holanda. Me dice Pablo el policía local para tranquilizarme. Menos mal, porque si hubieran venido de Huelva me hubiera resultado un tanto extraño- pensé para mis adentros y no soy ventrílocuo- . Dado el dominio que poseo de los idiomas, nos entendimos por señas. Según deduje venían buscando un vehículo marca Audi A8 de color azul metalizado, llantas de aleación y placa de matrícula amarilla; con tres años de antigüedad y que apenas si tenía 3.000 km, aunque su anterior propietario siempre lo dejaba en el garaje por aquello de la proximidad con el mar.

    Contacté con el comandante de Puesto y me dijo que los remitiera a la Policía, que ellos tenían intérprete. Me pareció tan razonable, que no me preocupé de que la Comisaría más cercana estuviera a setenta kilómetros, además el hombre todavía estaba afectado por lo del Nissan, así que me dispuse a tomarme el descafeinado que, con la distracción había cogido la calle abajo. No habría transcurrido más de una hora, cuando suenan los golpes de nuevo, subo las escaleras con cuidado, que la rodilla aún me duele y cojo el ZP, perdón quiero decir el Z-70 para no ser sorprendido esta vez. ¿Quién es? Pregunto a través de la madera hinchada por la humedad.

    – Soy Juan Vasaldúa.

    –  Enséñame la patita por debajo de la puerta, o al menos la gorra de los municipales.

    – Soy el del coche holandés y venía a tratar sobre el asunto. Quedamos que se pasaría por la mañana que había más luz.

    Al día siguiente, se personan los holandeses para la instrucción de diligencias. Al evento, y dado lo extraño del caso asisten Higuita en calidad de loco y de comandante de puesto, la patrulla y Juan que ya traía mejor color de cara.

    – Estos tíos no son de Holanda. Me susurra Higuita.

   – ¿Por qué lo dices? Le inquiero por lo bajo. No ves que estos tíos son muy altos, y Holanda es conocida por los Países Bajos.

    – Puede que lleves razón, ¡pregúntale el nombre!

    – Anthonius Hendrikus García. Contestó en su idioma, que creo que es parecido al cante “jondo” o flamenco.

    – ¡No te digo!, estos son de Cuenca como mínimo. Perdone señor agente, es que mi abuelo era de Guadalajara, de ahí el color de mis cabellos. Más calmado por aquello del parentesco de nacionalidad, Higuita les invitó a sentarse en el cuarto de puertas. Pero estaba del diablo que el destino jugaría con nosotros y ellos con… Juan ofrece tabaco, Higuita conversa con ellos con tal familiaridad, que se diría que se había criado en La Haya y ¡Zas! Allí estaban agazapadas, al acecho de una oportunidad; quietas, sin atreverse a delatar su presencia. Sobre el radioteléfono cual arpa becqueriana pero sin polvo, las papeletas de Navidad que Higuita le había prometido a su hija, repartiría entre los compañeros. Levanta los ojos y las ve, yo que miro a Juan temiendo lo peor, Juan que intenta evitar lo que se aproxima. Todo fue en vano, la sonrisa burlona del orate 1º, y como el que no quiere la cosa: – Tres euros y sois ricos. Los foráneos se miran perplejos. – Millones, florines, “molto dinero” molto, molto. La mímica y el papel con las monedas dibujadas hicieron el resto. Cazados sin remisión los holandeses echan mano al bolsillo y sacan los seis euros reclamados.

   – Si toca los cobráis en Cádiz, ahí está la dirección. Una vez realizada la gestión principal, suben a la oficina para realizar la denuncia.

   – Así que alquilaron el coche a un sujeto en Holanda, y ahora el coche está aquí. Los fulanos que no entendían nada se miran con la misma cara de antes y se encojen de hombros.

    Consultados por el tema que nos ocupa, manifiestan que sí, que lo dicho es la verdad y así se hizo constar a la policía holandesa. Antes de escribir la última frase me pregunta: – ¿En Holanda hay Guardia Civil? Que yo sepa solo en Perú y el comandante de puesto es el cabo Lituma… Una vez leída por sí y hallada conforme, la firma en unión del instructor. – Echa un garabato ahí. Le extiende el papel y el otro firma sin saber si le venderán más papeletas, le devolveremos el coche o… Más tarde hizo acto de presencia el tal Vasaldúa, el cual manifestó que había comprado el coche a un fulano que decía que era suyo. – Así que ahora es mío, pero parece que no es mío sino de estos señores y no del que me lo vendió. Razona el Vasaldúa. Higuita ducho en estas lides comenta: – El coche no es suyo, ni de estos sujetos ni del que se lo vendió, que el coche es del juez. Una vez aclarado que el coche era de Juan, se cerraron las diligencias y nos despedimos de los holandeses, los cuales prometieron volver el próximo año a comprar más papeletas.

   Moraleja: El coche no sabemos de quien será, pero lo que es cierto es que si denuncian en este puesto comprará papeletas ¿Verdad Higuita?

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2 respuestas a Le llamaban el loco Higuita (El Príncipe de las Mareas)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha hecho mucha gracia tu relato y has conseguido robarme un par de sonrisas. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

  2. Campanero dijo:

    Lo he disfrutado mucho.Gracias

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