La reunión de los malignos (Alberto Casado)

El fuego crepita en la hoguera de la selva amazónica. Las llamas alejan a las alimañas pero atraen a los seres malignos, que convocados por el chamán tenebroso, se acercan al punto de reunión. El viejo hechicero, harto de la proliferación de madereras y cazadores furtivos en la selva, quiere poner orden a tanto despropósito, y con ello proteger a los nativos y animales oriundos de aquella tierra.

       La sachamama, boa gigantesca y milenaria, que vive en los pantanos de la selva peruana, es la primera en acudir a la llamada. Su natural arrogancia le impide saludar al convocante quien, estoico, permanece de pie a la espera del resto de convocados. La solitaria serpiente se acomoda junto al fuego, se enrosca sobre sí misma y, de soslayo, observa con sus hipnotizantes ojos al anciano yagua.

       El avance de la deforestación ha provocado que los yaguas y otras tribus de indígenas hayan tenido que abandonar la tierra que vio nacer a muchas generaciones antes que a ellos. Capayupanky siente un gran rencor en su corazón, rencor que ni el masato ―bebida alcohólica que se obtiene mediante la fermentación de la raíz de la yuca― puede aplacar. Sabe perfectamente que la sachamama no consume líquido alguno de forma directa, sino que lo obtiene de sus propias víctimas, a las que extrae hasta la última gota de su sangre antes de devorarlas, por lo que se abstiene de ser galante con ella.

       Cuando el chamán va por el segundo trago, aparece de entre la espesura circundante un chullachaqui ―duende o diablillo de la selva―, quien se acerca a saltitos. Su aspecto bonachón es engañoso, pues es un maestro de la transformación, y es conocido por atraer a jóvenes y hermosas doncellas, adoptando la forma de un hermoso caballero; para luego convertirlas, mediante un encantamiento, en duendes que lo servirán durante toda la eternidad. Saluda con gracia a los presentes haciendo una cabriola, propia más de un bufón de una corte europea. El chamán y la boa responden al saludo con cortesía e invitan al diablillo a sentarse junto a las brasas.

       Los seres malignos son de pocas palabras, no conversan demasiado entre ellos y son poco sociables. El hecho de que puedan reunirse en torno a una hoguera varios de ellos es todo un hito, mas nadie duda del poder de persuasión de Capayupanky, verdadero hacedor de milagros.

       También ha sido convocado el yacuruna ―dios mitológico que vive en las profundidades de los ríos y lagos de la Amazonía, y al igual que el diablillo de la selva atrae a jóvenes hermosas, a quienes hipnotiza y seduce para llevarlas para siempre al mundo subacuático donde vive― que aparece montado a lomos de un enorme cocodrilo negro y su cuello adornado con una impresionante boa negra. Por supuesto, esto no es del agrado de la sachamama, que mira al recién llegado con recelo. El yacuruna saluda a los demás manteniendo una sonrisa sarcástica durante un buen rato. Sabe que no es bien recibido, por su mala fama de pendenciero y bravucón, mas su ego es tan grande que no le importa lo que otros puedan pensar sobre él. El dios sí acepta un vaso de masato, que bebe de un solo trago y relame las últimas gotas con fruición, mientras el imponente cocodrilo da buena cuenta de un par de gallinas que el chamán le ha obsequiado generosamente.

       Ratificando la fama que le precede, se presenta el tunche maligno, el cual saluda con su característico silbido que tanto temor causa entre los humanos. Se dice de él que vaga por las noches oscuras en la selva, y que su silbido es presagio de enfermedad o muerte. Los indígenas lo temen como a ninguno, e incluso su leyenda ha llegado hasta la urbe. La ciudad de Iquitos es la más desfavorecida por la presencia de este ser, quien, de tanto en tanto, se acerca a alguna de las casas para extender su maldad sin motivo aparente. Los habitantes de la selva tienen miedo a nombrar siquiera al tunche, no vaya a ser que acaben siendo víctimas de una maldición. Este ser sabe el miedo que provoca entre los humanos e incluso entre otros seres malignos; de hecho, ese temor es de lo que se alimenta.

       Capayupanky, la sachamama, el chullachaqui, la yacuruna y el tunche constituyen un elenco perfecto del Mal; pero no estarían completos sin la presencia del simpira o señor del mundo amarillo. Este ser es un inmenso jaguar negro que se caracteriza por poseer una pata delantera de color blanco y en forma de tirabuzón, la cual puede extender hasta el infinito y atrapar a los pecadores o maldecidos a quienes llevará a su infierno y convertirá en bestias selváticas de su séquito para toda la eternidad.

       El chamán actúa como intermediario entre los reinos terrenal y divino. Ayudado por la ayahuasca, planta alucinógena que altera el estado de la conciencia, entra en trance y de esta manera se pone en comunicación con los espíritus. Pocas veces se han visto juntos a entes tan temidos por los mortales. Pero aún nos falta un ser junto a la hoguera, sin cuya presencia no podríamos completar el catálogo de malignos: la Motelo Mama, enorme tortuga que se sirve del nenúfar gigante (Victoria Regia) para cruzar el Amazonas de una orilla a la otra. Sobre su caparazón lleva un pedazo de selva que crece sobre ella.

       La gigantesca tortuga llega la última a la reunión, pero no por ser lenta o haragana, sino porque siempre anda ocupada en provocar sismos con sus espeluznantes movimientos de caparazón.

       Copayupanqui explica a los visitantes el plan preconcebido, cuyo objetivo final es expulsar de sus tierras a los invasores humanos. El primer paso consistirá en el hostigamiento a los empleados de las empresas madereras, mas si no abandonaran su territorio se procedería de forma más drástica contra ellos. Por otra parte, se adoptarán medidas contra los cazadores furtivos y quienes los apoyan. Los espíritus saltan y ríen de alegría, pues pocas veces han tenido la posibilidad de explayarse a sus anchas.

       La boa y el jaguar negros son los encargados de la primera fase: atemorizar a los humanos. Gracias a sus poderes mágicos, aparecen en el campamento principal mientras la mayoría de los trabajadores descansan tras una agotadora jornada esquilmando la flora tropical. La sachamama lo tiene más fácil, porque solo ha de introducirse por los huecos de las ventanas o los vanos de las puertas de las casas prefabricadas. El lector se preguntará cómo un animal de su tamaño puede hacer tal cosa. Lo consigue en virtud de su poder de transformación, puesto que puede convertirse en una delgada bamba negra para traspasar los obstáculos y, acto seguido, transformarse en la temible boa. A las afueras de los barracones espera el simpira con forma de jaguar; de tal modo que los que huyan despavoridos ante la visión de su compañera, no pensarán regresar si saben que un gigantesco y hambriento felino ronda por su campamento.

       Mientras los espíritus con forma de animal se divierten de lo lindo, los que adoptan formas humanas hacen lo suyo atrayendo a los cazadores que encuentran al paso. Pero en esta ocasión no se transforman en hermosos caballeros, sino en bellas y seductoras damas que atraparán a los incautos humanos y los ahogarán en las turbulentas aguas del Amazonas. El yacuruna y el chullachaqui no se andan con miramientos y no dan una segunda oportunidad a sus cautivos. Pero la muerte de las primeras víctimas servirá para que los demás cazadores, que se hacen eco de que algo maligno vaga por la selva, huyan para salvar sus vidas.

       El tunche actúa por su cuenta, merodea por los poblados más cercanos a la selva y lanza maldiciones sobre sus habitantes. Su silbido resulta aterrador y ocasiona el desalojo de muchas de las casas, por lo que pagan justos por pecadores, ya que muchos de sus habitantes son respetuosos con la naturaleza que los rodea.

       La gigantesca tortuga se mantiene en reserva por si fallan sus compañeros, pues está segura de que un terremoto de gran magnitud sería suficiente para alejar a los indeseables mortales. Mientras, el chamán prosigue con su degustación de masato hasta que reciba noticias de los convocados.

       Bien es cierto que no se puede dar libertad de actuación a seres malignos, puesto que tenderán a sobrepasarse, y es lo que ocurrió con el yarucuna y el chullachaqui, quienes acabaron con un buen número de cazadores furtivos. Los periódicos locales se hicieron eco de la doble noticia: el abandono de las madereras por unos trabajadores que huían despavoridos, como si los persiguiese el diablo (y no estaban muy desencaminados) y, por otra parte, los fallecimientos por ahogamiento de una veintena de cazadores. La noticia se convirtió en nacional y ello derivó en la intervención del ejército peruano, cuyos mandos creían que estaban ante un supuesto de ataque terrorista a gran escala.

       Imagínense a los hombres uniformados, armados hasta los dientes, enfrentándose a espíritus malignos capaces de realizar encantamientos y transformaciones a discreción. Por supuesto que ninguna bala tocó a ninguno de los seres del más allá, quienes se comportaron mejor de lo que el chamán había previsto y se limitaron a defenderse mediante la generación de escudos protectores. Si hubiesen querido habrían extinguido la brigada del ejército al completo, mas se contuvieron para no desencadenar un escándalo a nivel mundial que alteraría la paz en la que habían «vivido» los últimos siglos.

       Así, los militares, que se vieron impotentes ante la manifestación de poder de los espíritus, abandonaron la zona, no sin antes obligar a los lugareños a guardar silencio sobre lo que ahí había ocurrido. Catalogaron el incidente como un expediente X, y la versión oficial sobre las muertes acaecidas mencionaba la presencia de una nueva enfermedad, la cual había sido pronto controlada. No obstante, por precaución, se aconsejaba no viajar a la zona por un periodo no inferior a un año.

       El chamán celebra una última reunión alrededor de la hoguera junto a sus contactados del más allá. Acuerda con ellos en llamarlos si la situación lo amerita, pero si no es así, cada uno seguirá comportándose con la discreción habitual. La tortuga se queja porque es la única que no ha tenido acción, pero Capayupanqui la consuela contándole una visión, según la cual, en el intervalo de tiempo que medie desde que los monos ardilla engendren su quinta generación de vástagos hasta que estos se conviertan en adultos, tendrá la oportunidad de generar un gran terremoto en la ciudad de Lima.

       A los lectores, crean o no que la Motelo Mama es la causante de los movimientos sísmicos, he de decirles que tomen las precauciones del caso y no se vean sorprendidos por lo que desde hace tiempo están siendo avisados que ocurrirá.

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2 respuestas a La reunión de los malignos (Alberto Casado)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas graciaspor escribir,me ha gustado mucho tu relato. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

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