Un atraco inusual (El príncipe de las mareas)

    Transcurría un día cualquiera para los abnegados y aguerridos funcionarios del bien, y perseguidores del mal, cuando se tuvo conocimiento a través del móvil imaginario, que se había cometido un atraco a mano manca en la caja de ahorros y monte sin piedad de la localidad. El dispositivo preventivo dio los resultados esperados, y se detuvo a manolo “el manco” diez minutos antes de que llegara a la sucursal bancaria.

   Trasladado el peligroso delincuente -con unos antecedentes que dejaría en pañales el currículo del Cid- a las dependencias policiales, se le detuvo formalmente. Vamos que se habló con sus padres y se le ofertó el ajuar correspondiente: una manta, una colchoneta y unos grilletes a falta de alianzas de oro.

    Una vez de regreso, y para descargar parte de la tensión acumulada- 18/14 tenía yo en ese momento-, nos dispusimos a disfrutar de unos minutos de asueto tomando una coca cola sin cafeína, cuando el atronador sonido de la sirena de algún vehículo policial nos puso la carne de avecrem. La boca ajada, un sudor frío resecaba la piel como la de un lagarto en una pita (aloe está más de moda), no era miedo lo que sentíamos, sino terror. Las aves adormecidas en el olivo donde pernoctaban cada noche, fueron alzadas de sus perchas ante la confusión creada por la duda de no saber realmente si era verdad, o solo producto de la multiplicación. Obi Juan que no vi, lo que estaba haciendo, puso en marcha el motor del vehículo y raudos como… para informar sobre… nos dirigimos al lugar donde podría localizarse el infernal ruido. La luz nos cegó de golpe, yo que había olvidado las gafas en mi domicilio, estuve a punto de sufrir un desprendimiento de retina, pero sobreponiéndome a la situación y sacando vista de flaqueza me dirigí a Obi Juan con estas palabras: ¿ves lo que me cuesta ver a mí?

    – Afirmativo, ahí están los locales con un vehículo detenido, y al parecer sospechoso.

    Los delincuentes fuera del vehículo y los policías locales afanándose en que soplaran en la boquilla desechable, todo ante la mirada atenta del semáforo en rojo de ira ante la falta de respeto mostrada ante su luz bermellona. En vista del desacuerdo de los unos para con los otros, y en un intento de consensuar posturas, decidimos llamar al equipo de atestados, célebre por su premura en acudir a este tipo de requerimientos. Cuando por fin se presentaron pasados tres días, hubo que invitar a los delincuentes a tomar unas copas en el bar de Curro, al menos que la boquilla oliera a alcohol.

    Mientras esperábamos al equipo de Alcoholemia F.C, noté que debimos regresar a la base hacía ya unas horas, pero estaba del destino que ésta no era nuestra noche. El radioteléfono, histérico como un loro con la cola ardiendo llamaba entrecortadamente con una urgencia inusual en él, conminándonos a dirigirnos al polígono industrial. Cuando llegamos, pudimos ver el hervidero de gente uniformada en un abigarrado paisaje multicolor, no pudiendo esperarse un desenlace de película americana. Allí estaba el C.N.P (Cuanto nos pagarán), policía judicial, equipo de atestados (aunque en la furgoneta solo iban dos) y varias patrullas del antiguo imperio romano calzados con botas en lugar de sandalias. Los reos se encontraban atrincherados en una nave hasta el momento indeterminada, por lo que el miedo a un escape ponía los pelos de punta. Al menos al que tuviera, pero el escape se produjo, los reos habían escapado a través de una rendija abierta en el tejado de Uralita. – Es imposible que hayan huido por ahí, si no hay ventanas. Dice el alguacilillo contratado para velar en las noches de invierno, y no para dejarse caer en los brazos de Morfeo, que eso está muy feo. – Es imposible vuelve a repetir. Obi Juan le contesta: – El miedo le hace a uno saltar desde donde menos se piensa.

    Todo parecía perdido cuando apareció Él, el jefe, el supremo mandador, ordenando a diestro y siniestro, lóbrego, tétrico… – ¡Dos a las traseras de la nave, dos más al tejado de cinc, y se encuentran con la gata la dejan, que es Elizabeth Taylor y quiero pedirle un autógrafo. Tres más a cubrir la puerta principal, pero sin connotaciones eróticas, y seis a escudriñar rincón por rincón, hueco por hueco, y tres por tres nueve. ¡Que  no escapen sin el castigo que merecen! Están ahí dentro seguro, no han podido saltar desde lo alto. De nuevo la voz: el miedo hace milagros… Las horas transcurrían en las manecillas del reloj de pared que había colocado justo encima de la jineta embalsamada, era como si quisieran agarrar con éstas a los desaprensivos que, con miedo o sin él, no aparecían por parte alguna del polígono industrial. A falta de enemigos visibles, nos dedicamos a practicar la esgrima galáctica con nuestras improvisadas espadas láser, cuyos rayos amarillos o rojos, según fuera el color del capuchón de la linterna, cortaban el aire que corría. Y no lo hacía por miedo, sino por que era su obligación que para eso estábamos en diciembre. Uno que es alcanzado por la tizona galáctica, cae de bruces con tal mal fario que lo viene a hacer sobre un capó abandonado en el lateral de la nave asediada. Carreras, desconcierto de Aranjuez sin Rodrigo que lo oiga, jadeos y el susto, -que no el famoso miedo tantas veces citado- que nos llevamos  al ver aparecer la tropa uniformada pistola en mano y caras de asesinos a sueldo (escaso, pero sueldo al fin y al cabo).  Aclarado el entuerto de la chapa, reemprendimos la búsqueda en un radio de tres kilómetros por si hubieran estado agazapados, esperando un descuido o, ya el desencanto de la misión hiciera mella en nuestras dentaduras, y les dejáramos libre el campo para continuar con su labor abortada por la pericia ginecológica del vigilante. ¡Es imposible que hayan saltado desde semejante altura! La voz: el miedo… Comenzaba a clarear, y llegué a la conclusión tajante de que estaban dentro, o se habían largado por la techumbre aunque pareciera imposible por la altura. “El miedo es capaz de eso y de más”. ¿Mira que si hubiera sido el  miedo el autor del conato de robo y nosotros buscando algo más corpóreo, más tangible y esposable?

    La solemnidad caracterizaba aquellos impases: serios, hieráticos como figuras renacentistas esperábamos las órdenes del mando… a distancia –éste había ido a tomar café- que sin duda impartiría de un momento a otro con la eficacia que le caracterizaba y su hoja de servicios acreditaba. Durante la espera llegó Navidad, la emoción nos embargó al contemplar el belén que teníamos montado: Nosotros como borregos apiñados, los pastores escondidos, el buey del vigilante terco como una mula: ¡No han podido escapar! Decía el buey transmutado en mula. No sabes lo que el miedo puede lograr. Quisimos poner un árbol de navidad y cantar villancicos pero no nos dejaron, no fuera a ser cosa que se nos escaparan los chorizos mientras cantábamos, y robaran los jamones de la nave de al lado. Menudo “cante” hubiera supuesto después de haberlos tenido rodeados contra un abrigo de señoras junto a los probadores. La lógica se imponía: Están dentro, están comiendo jamón robado o con el miedo se han descolgado por el tejado, y siguiendo las huellas de Eduardo se habían marchado de allí. La pared cantaba a cal en grito con sus huellas que habían subido por ella, aunque el miedo no  podía haberse arrojado desde el tejado, y marcharse mientras el vigilante se empecinaba en que era imposible que hubieran saltado desde semejante altura.

    Para año nuevo, el coordinador al mando sacó sus conclusiones: – Han subido sobre las huellas de Eduardo, y como todavía están dentro, se han descolgado por uno de los jamones – que no vamos a probar- y están sentados sobre el capó en el que os quisieron tirotear. Por tanto, creo estar en condiciones de afirmar que están dentro, que se han marchado antes de que llegáramos, o nunca han estado aquí robando aunque el robo se haya producido. El vigilante de nuevo: Es imposible…, la voz: el miedo… la espada de Juan Solo, Manolito histérico por radioteléfono: ¡que no escapen, que los tenéis rodeados…! Los villancicos; yo que no quiero tener puertas el sábado, la productividad que no produce. De todo hay en la viña del Señor, uvas no, pero la fermentación de éstas no es desagradable al paladar.

 

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3 respuestas a Un atraco inusual (El príncipe de las mareas)

  1. Luisa dijo:

    Me ha gustado un montón y me gustan mucho cosicas como ésta “semáforo en rojo de ira”, “caja de ahorros y monte sin piedad de la localidad” y unas cuantitas más. Por cierto, sería genial subir a un tejado y encontrase a la gata.

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, aún me estoy riendo, ha sido estupendo el rato que me has hecho pasar, ja, ja, ja, menuda panda…Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

  3. Jesus dijo:

    Muchas gracias a a las dos, me gusta el humor, y éste debe ser compartido

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