Aún pervive la aldea (Jesús Delgado Morales)

     La mitad de la población era aficionada a tocar la dulzaina, la otra mitad se limitaba a sufrir las consecuencias de tal inclinación. Los días de otoño el sonido dulzón del viento se mezclaba con las notas sacadas a base de pulmón de estos cilindros de palo santo. Desde Eustasio el anciano componedor de males fuera del alcance de la medicina tradicional, hasta el mismísimo alcalde don Tobalo, garante de las tradiciones y de la concordia vecinal, muchos eran los que dedicaban su ocio a tocar. Bien en grupos organizados, o en solitario bajo el balcón de la amada; si es que tal circunstancia fuera posible en lugar donde el amor formaba parte de un recuerdo ancestral y, solo al alcance de los mejores dotados en eso de la memoria. Los niños no pertenecían a la cofradía de los dulzaineros, así como tampoco de los que ajenos a estos gustos se afanaban en sus quehaceres diarios. Los niños no existían, a no ser que incluyéramos en tal categoría o etapa del crecimiento humano a Ramón. Ramón era el vecino más joven, a sus treinta años permanecía soltero, vivía con su madre, doña Juana, en una casa de una sola planta y orientada hacia el sur para evitar las embestidas del viento en los inviernos inmisericordes. Como sería de esperar los vecinos le conocían por Ramonín, quizá amparados o inspirados en la idea de que la juventud atesorada por aquel, fuera el mayor de los logros de este pueblo que despertaba cada día con los sonidos de las chirimías.

     Las dulzainas no cesan de tocar, las cigarras afrentadas escalan a lo más alto de la rama del castaño. La sinfonía humana y la que parte de la arboleda se confunden en una oración mística, en un éxtasis producido por manos mañosas y acompañamiento de timbales entomológicos. Los pobladores de la aldea tocan sin tregua, rascan con frenesí los del bosque cercano, se afanan en una competición que tienen perdida de antemano. Los insectos no saben, no pueden saber que a tozudez no hay quien pueda vencer a los hombres, ni siquiera esa mula tan socorrida puede hacerle frente a éste primate aventajado cuando se trata de imponer su voluntad.

     Las cigarras empeñadas en una querella imaginaria buscan con ahínco la presencia de alguna compañera a la que agasajar con su melodía de guerra, a la que demostrarle que su fortaleza es garantía de buena descendencia. Las cigarras son animales dotados de mucho ingenio para la música y pocas ganas para el trabajo. Son insectos poco laboriosos, pero netamente expertos en eso de poner sinfonía a un bosque caduco antes de que las hojas marchitas digan adiós con el pañuelo amarillo de la nostalgia.

     La primavera retrasada había quedado atrás, el estío llegó madurando los membrillos de la huerta del alcalde. No teme, no le tiemblan las carnes ante la imprevisible acometida a sus dorados frutos por la rapacidad de los rapaces. No existen, todos crecieron cuando hace ya muchos años fueron llamados a quintas. Ramonín es la excepción a esa pubertad ya desaparecida, aunque su madre piense que ya tiene edad de buscarse una buena mujer y formar una familia. Lo de buscarse una buena mujer es tan complicado como buscarla mala, de hecho ni malas ni buenas, ni altas ni cojas las encontrará en esta aldea abandonada, que las pocas que quedan ya formaron un siglo atrás sus propias raleas.

    Las dulzainas endulzan el aire, lo enjugan de sudores estivales. El sonido transportado en el vuelo de la alondra llega a las ventanas de la otra mitad del pueblo, entra sin llamar y se cobija debajo de las camas, de la jofaina de hojalata nacarada, o tras las cortinas recelosas de miradas indiscretas. La música es compartida por todos, los que la orquestan alegres de su sapiencia en disciplina tan antigua, como los arrepentidos de no mudar sus trastos el día que el alcalde parió la ocurrencia de dotar al pueblo con unas flautas para amenizar las fiestas. Las fiestas patronales se celebran en  junio, en honor al patrón San Antonio de Padua, aunque el alcalde hombre instruido, siempre se había preguntado por qué no celebrar la fiesta en agosto, ya que ese era el mes de nacimiento de éste portugués de nombre Fernando. Don Tobalo, había aprendido estas vicisitudes de su Patrón en un viaje realizado al cercano Portugal, allá por el año treinta y ocho, y es que por aquellos días su regimiento andaba acampado en la disputada Olivenza. Don Tobalo y tres compañeros más, se jugaron el pellejo pero salieron airosos de su correría, ya que el sargento de guardia estaba borracho.

    Paula tiene setenta y ocho años, dos hijos casados y emigrados, y cinco nietos solteros y establecidos en Barcelona. Juan es el marido de Paula y tiene ochenta y tres años, los mismos hijos que Paula y una burra blanca cuya edad debe rondar la suya. Juan hasta hace poco más de dos años salía todos los días al campo, pero desde que comenzó a perder la cabeza apenas si sale de casa. Para su mujer esta nueva mentalidad le supone un desaliento difícil de llevar, y es que volver a criar después de tantos años transcurridos le contraría tanto como cuando la burra se pasea por entre su ropa tendida. Juan es como un chiquillo al que no acompañara su fisonomía, sus piernas largas le llevan a veces demasiado lejos de la vigilancia de Paula. Cuando esto sucede, la pobre mujer se arremanga las tres faldas con las que cubre sus piernas delgadas y pone rumbo al camino polvoriento que comunica la aldea con el mundo exterior. Normalmente no tiene que recorrer mucho trecho, suele encontrarlo sentado sobre una peña contemplando con embeleso la profundidad de esos ojos negros, que una vez fueron carbones antes de mudarse en agua salina. Le reprende con suavidad, no pretende asustarle, ni mucho menos desea despertar al genio escondido en lo más profundo de su ser, y es que Juan siempre tuvo carácter y nadie había osado nunca levantarle la voz o una mano amenazadora. Lo aferra por el hueso del brazo y con la diligencia que dan los años lo lleva en andas de regreso a la casa de donde no debió salir, al menos hasta la próxima excursión dictada por una mente enferma.

    El pasado año por el mes de septiembre, Juan se levantó y aprovechando un descuido de su mujer se acicaló lo mejor que supo, se puso una camisa nueva, casi olvidada de la polilla en el arcón de los recuerdos. Era una camisa azul con unas tenues rayas blancas. Cuando Paula lo vio salir por la puerta pensó que esta vez no era uno de los arrebatos cotidianos, esa camisa arrinconada y las pocas canas peinadas denotaban un escenario distinto al conocido hasta ahora.

    – ¿Adónde vas Juan? Pregunta la pobre mujer con un hilo de voz sujeto al alma por una simple puntada.

    – ¡Donde voy  a ir mujer! A ver al santo, ¿No oyes los cohetes que ha lanzado Evaristo?

    –  ¡Pero Juan, si San Antonio ya pasó! hasta Junio no volverá Evaristo a lanzar cohetes, ni las mayordomas a vestirse con el traje peculiar. Trata de contemporizar Paula para no molestar al hombre de la casa, que aunque la sesera no ande bien, no deja de ser su hombre.

    –  ¡Siempre estás igual, parece que quisieras volverme loco! ¡No te escucharé más de lo oído, es San Antonio y me voy a la plaza! Salió por la puerta entornando los ojos acuosos, el sol pretensioso le hirió en su acometida carente de luz. Juan calza las alpargatas de esparto, que el atavío festivo no ha llegado hasta los pies. La calle solitaria lo acoge con cierto rubor a causa de la nube impertinente del mediodía que se ha interpuesto entre el sol, y el que no destaca por madrugar desde que no tiene otra obligación que escaparse hasta el camino. Los pasos alargados apenas si revisten más seguridad que los del ternero de Margarita cuando fue alumbrado, las alpargatas se deslizan rugosas por el empedrado de la plaza y Canelo el perro turco le contempla con la devoción que lo haría la burra blanca. Le ladra y sacude el retazo de rabo, es como si quisiera hacerle partícipe de que su error es bien acogido por el animal. Desolado por no ver la figura menuda del santo transportada en andas, y dolido por haber oído unos petardos irredentos, se sienta en el pretil de la fuente, espera y confía, resopla como una vieja máquina de vapor y encamina sus pasos con el pausado andar de los años. No hay fiesta ni gente que lo celebre, solo el sonido distante de las dulzainas a coro, allá por la calle del esparragal, cerca de la cruz de la mentira. Canelo le mira con la cabeza ladeada, observa discreto como se aleja el que un día llegó a ser su dueño antes de que lo heredara su cuñado Anselmo.

     Ramonín lleva unos días con molestias, la cara le arde y el ojo pierde visión. Su madre anda tras de él para que se acerque hasta la casa de Eustasio. Le ha dicho por la mañana que acuda a ver al curandero, por la tarde se lo ha repetido y por la noche ha sido el hijo el que le hecho partícipe de su decisión de verlo al despuntar la alborada. Eustasio se levanta temprano, desayuna a oscuras y saca a su rebaño de ovejas a pastar al pie de la montaña. El hato no cuenta con más de dieciséis merinas, entre el carnero, los cinco borregos de apenas una semana,  las preñadas y las estériles, que son dos las que no parieron el pasado año. Ramonín trabaja con la yunta arando los campos vecinos, o transportando leña desde el castañar. Esta mañana la cara hinchada le tiene desesperado, motivo por el cual, se ha encaminado a casa de Eustasio rumiando la idea de cogerlo antes de que salga con las ovejas. El viejo curandero es un hombre relativamente alto, los cabellos encanecidos se aferran a un cráneo menudo y puntiagudo, la nariz afilada haría temer un asalto o un duelo a espada en una calleja oscura por causas allegadas al honor de una dama. Sirvió con Juan en Ceuta, la fotografía de uniforme con el fajín colorado le daba un aire superior. Su madre estaba orgullosa de él, decía que llegaría a Ministro o por lo menos a maestro de escuela. Nada más verlo llegar ha sonreído, no es fácil discernir si se trata de un humor sarcástico no muy acorde con el vecindario, o es que por el contrario la certeza del mal que acomete a su vecino es algo trivial para él. Eustasio se vale de sus manos para curar, dirige el dedo índice hacia el lugar del mal, y en una danza ceremonial la mueve convulsa, sin tocar la parte dañada. La oración recitada no es perceptible, la secuencia se repite cada tres estrofas, es como una letanía que argumentada con el cimbreo de la mano derecha, culmina con la curación del herpes en dos semanas. Las “culebrillas” son difíciles de tratar por la medicina oficial, pero para él es algo tan cotidiano que no necesita más ciencia que la aprendida a lo largo de los años, y la oración transmitida de generación en generación. Uno cada vez, que dice la tradición que uno es portador, y más romperían la gracia heredada. Ramonín no paga en dineros la curación, la misma costumbre prohíbe cobrar por derramar el don sobre los necesitados, solo admite una prenda de favor como agradecimiento. Una gallina, unos membrillos o un manojo de acelgas bastan y sobran para mantener saciado al duende de las componendas.

     El coro de ancianas anda rumiando lo no masticado desde hace años. Los asuntos atrasados no tienen prisa ni demora, son tramas acaecidos y vividos en la memoria lejana pero siempre presta a rememorar el embarazo de Ramira allá por el año cincuenta y uno, octubre para mayor exactitud, cuando se tuvo conocimiento de la noticia. A punto estuvo de marcharse del pueblo con el fulano aquel que la cortejaba tras la reja del balcón encalado, aquellas noches de verano sin bochorno aunque las causas sobraran para ello. Cuentan algunos que era de Portugal, otros que de Salamanca, el caso es que llegó tocando una especie de flauta con lengüeta. Se presentó de mañana, decía que era músico afamado en su tierra, y  ante la pregunta de Ramón de por qué no se hallaba en ella, contestó que su arte debía ser compartido por la Cristiandad. Rondaría la treintena, de cabellos negros como ala de cuervo y mirada penetrante. No se arredró ante la acometida del verbo de Ramón, pero sí que huyó como alma que persigue el diablo cuando Gerardo, el padre de Ramira le buscaba con la escopeta de dos cañones en una mano y en la otra un puñado de cartuchos de postas. La joven abandonada había decidido emprender el vuelo junto a las golondrinas ateridas, pero antes de alcanzar la estela del músico componedor de barrigas, fue alcanzada por Gerardo que prefería la afrenta y el deshonor a falta de portugués al que echar mano. El hijo de Ramira, que nació varón como su padre y su abuelo, lleva dos años en Madrid, y es que la capital supuso un atractivo mayor que una aldea despoblada sin padre a quien preguntar por las fases de la luna o los vientos helados que azotan al pueblo cada invierno.  Puntuales casi precisos en eso de azorar a todos y cada uno de los pobladores cuando les coge a descubierto.

     El añejo conventículo aún atesora historias más allá de la del portugués errante, y es que las intrigas lugareñas se desplazan con la misma facilidad que lo haría la burra de Juan si tuviera algunos años menos. Entre puntada y puntada al calcetín de lana, entre vuelta y vuelta a las agujas, bien se trate de las de componer una prenda, o las del reloj de la iglesia marcando las horas que les quedan de vida, la reunión rememora trazos de vida ajena. Don Tomás que murió ahogado cuando cayó borracho a la acequia, El mismo alcalde cuando estuvo a punto de ser fusilado en la guerra, o la más manida de todas, la de Evaristo. Pese a ser un muchacho en aquellos días, aún permanece inalterado en la rancia memoria cuando casi se casa con la desalmada catalana aquella. En los años del Movimiento le tocó servir en Lérida, en una localidad cercana a Tremp en la comarca del Pallars Jussá. Allí conoció a la que resultó ser una mujer hibridada con felino y sagaz como una zorra. Evaristo no perdió los calzones porque pertenecían al Ejército, pero amen de estos, no le dejó ni un céntimo en la cartera. Todavía recuerdan las viudas por óbito del marido y las causadas por la taberna de Ramira, la carta que recibió el padre, fechada en Lérida capital y que le demandaba unos dineros adelantados sobre la venta del ganado. No se encogió el viejo Evaristo, y con sus cuatro letras aprendidas le escribió al teniente de la Guardia Civil Manuel Santos López, que a la postre era sobrino de don Tobalo el alcalde viejo. Con el ovillo de lana rodando y las articulaciones de doña Juana protestando el esfuerzo de agacharse, se llegó a la parte donde el teniente Santos medió con los superiores de Evaristo. Tres meses y catorce días después era licenciado y devuelto a su pueblo, allí le esperaba su padre y la soltería.

     Las dulzainas tocan sin tregua, resuenan en la montaña cercana, y las notas son devueltas envueltas en murmullos de alimañas afrentadas. Los niños si los hubiera, si acaso alguna de las que aún quedan en la aldea rejuveneciera, tal vez pudiera alumbrarlos. Correrían, gritarían alborozados por las callejas a lomos de escobas enjaezadas, saltando sobre las piedras del arroyo. El arroyo donde las ranas hacían coro a las dulzainas cuando las cigarras derrotadas en la justa, se retiraban a sus cuarteles de invierno, allá en las cercanías del hormiguero de la cicatera hormiga que no quiso compartir unas migas. Cara sale la música a los que no viven de ella, parca es la ignorancia de saber paladear esas notas de color que surgen de un instrumento, o de la propia voz cuando está templada y educada, que no hay nada como la educación para la convivencia pacífica. Unas migas bastaban para mantener el aliento, unas pocas migas negadas por un espíritu altanero que no supo nunca que la música alimenta el alma.

      El alcalde muestra orgulloso su orondo vientre, se jacta de tener la mejor banda de música de todo el contorno, es mejor incluso que la de la capital, según palabras propias vertidas en oídos complacientes. Ramonín tras una semana de plegarias y rituales ancestrales presenta mejor talante, ya no le arde tanto la cara y puede dedicarse a sus tareas cotidianas. La sapiencia de Eustasio una vez más ha vuelto a vencer al mal de ojo, y es que tratándose de males del cuerpo bien podría estar el diablo de por medio. El médico diría que eso son supersticiones, artificios arcanos para huir de una simple inflamación cutánea. Puede que llevara razón, que todo no fuera más que una hechicería prohibida por las autoridades y consentida por lo afectados, pero ¿Cómo asentir a tal pragmática? ¿Acaso hay o hubo alguna vez médico en esta aldea?

     El verano se marchó sin despedidas ni adioses, traspuso por la loma sin volver la cara. El otoño apenas si llegó a tomar acomodo en una tierra tan yerta, que sólo se hallaba segura bajo el manto nevado que traía el invierno cuando bajaba cada año de la sierra para instalarse por más de siete meses en la aldea de su propiedad. Este año el invierno llegó con hambre, exigiendo el tributo que cada año requería a los pocos habitantes de tan humilde población. Juan, el marido de Paula no asiste al recuento, ni la burra le lleva sobre sus viejos lomos, ni canelo le ladra alegre de verlo confundir las fechas. La peña del camino no le ha visto, y el cura del pueblo vecino ha sido requerido para que asista al responso. Paula siempre ha vestido de luto, el duelo ha sido una constante en su vida de mujer viuda.

     El domingo la campana de la tosca iglesia llama a los vecinos a reunirse bajo su techumbre de piedra labrada. El domingo los pobladores de tan remoto lugar abandonan sus quehaceres diarios, acatan un mandato que no por conocido, deja de tener su pena.

 

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Una respuesta a Aún pervive la aldea (Jesús Delgado Morales)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

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