El fin de Frasco aun no ha llegado (Jesús Delgado Morales)

      Por fin dejamos atrás el canal, lo cabalga un puentecillo de piedra construido en su día por los romanos, aquellos que nos legaron además de su lengua, sus costumbres y el gusto por el vino. Este puente demostraba a todas luces que el canal se asienta sobre el cauce de un arroyo que debió discurrir libre, antes de que el cemento le marcara el camino. Ante el puentecillo hay un recodo que da inicio a otra calle, pero que queda resguardado de miradas indiscretas y de las acometidas del viento en los días otoñales. Este resguardo es el lugar favorito de un personaje singular, y por qué no decirlo, no muy querido por sus asépticos convecinos. Hace ya muchos años la higiene lo abandonó, ella le achacaba que le era distante y desconocido, él la acusaba de ser demasiado estricta en sus pretensiones. Frasco que así es como le llaman, vive de la caridad y de lo que recoge en sus recorridos por las calles, campos, basureros y todo lugar susceptible de albergar algún tesoro digno de su aprecio. Su posesión más valiosa consiste en una lata roñosa que debió dar cobijo en su tiempo a sardinas o alguna conserva por el estilo. En ella guarda su capital, ¿para qué necesita bancos que le expriman con comisiones y gastos de mantenimiento sólo por custodiar su patrimonio, si éste se limita a su colección de colillas, un trozo de cuerda y un guante raído? Las colillas las recoge diariamente sin importarle si son restos de tabaco negro, americano o del Japón, las recolecta y a la lata. Cuando pone fin a su jornada “laboral” ya de regreso a su cubil del puentecillo, se entretiene en ir esparciéndolas todas revueltas sin remilgos de clases sociales: Colillas arrojadas por un gran señor, un desarrapado o un turista eventual forman un conjunto homogéneo, anárquico. Cuando tiene el tabaco suficiente se lía un cigarrillo y lo fuma con su mano enguantada en el gemelo del que guarda en la lata.

    Cruzamos sobre el puentecillo romano, y a mi mente acudió con presteza éste personaje que bien pudo formar parte de alguna intriga cervantina. Frasco no tiene presente, quizá tampoco tenga futuro, pero su rostro enjuto atestigua con un sin fin de trazos antiguos, toda una vida de surcos creados por la tinta de mil escribas que van narrando uno a uno cada historia revivida. Líneas rectas con trazo grueso que el pulso firme ejecuta, sinuosas que esconden la verdad no conocida, líneas refugiadas debajo de la piel que solo afloran en momentos de amargura; trazos que un pintor desconocido no recordara haber plasmado en el lienzo de su cara. Esa cara barbada, macilenta y morena, espejo de las mil almas albergadas en su pecho constreñido. ¡Míralo! Está expuesto a tu mirada, a las suyas, a las de todos; a los que miran con compasión, con asco, con miedo, con dolor en miembros ajenos. A los que observan con suspicacia, con irónica mirada, con una sonrisa aviesa que se balanceara en su boca desdentada. Esa caricatura humana, víctima de la libación desordenada, causa de sí mismo, de una vida dilapidada en tabernas y posadas. Su mujer le abandonó por sentirse abandonada, la vida le acompaña celosa de su alma, la muerte le acecha presta la guadaña ¿Quién ganará esta lucha que el tiempo arbitra? Frasco no desde luego, él solo asiste al combate, a éste duelo como invitado por cortesía de ambas. Con indiferencia y hastío las mira de hito en hito y no toma partido por una, ni por la otra que al fin, ya está cercano el puentecillo y su lata le espera temerosa de su tardanza, celosa de las atenciones prestadas. Cuando Frasco ponga fin a sus recorridos diarios ¿Quién le dará su cariño, sus caricias y su amistad largamente consagrada? No, hoy no, seguid esperando para disputaros los despojos del amado.

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Una respuesta a El fin de Frasco aun no ha llegado (Jesús Delgado Morales)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo literario. Amaya

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