El fin de una vida (Carto Péreton)

    Hice lo que pude, pero no fue suficiente.

   Logré que no los matara. Después de muchos susurros por fin me hizo caso y en el último momento dejó caer el cuchillo al suelo…

  Llegué sin hacer ruido como siempre y lo que vi me estremeció. La estancia era un comedor pintado de ocre pálido. En el medio había una gran mesa ovalada y encima, vasos y platos rotos, con una botella de vino tinto tumbada que dejaba caer al suelo las últimas gotas. Las sillas estaban desperdigadas por la habitación, habían volado de un lado a otro en una feroz lucha. Lo mismo que los cojines del sofá, que desmenuzados, estaban repartido por el suelo.  La ventana que había a mi izquierda estaba abierta con las cortinas colgando hacia la calle, como si quisieran escapar de ese lugar. Al otro lado, el viejo mueble estaba cubierto de cristales rotos, libros caídos y marcos de fotos tumbados boca abajo, avergonzados de lo ocurrido. La pantalla de la televisión había estallado de un fuerte impacto contra el suelo, llevándose por delante las muñecas rusas que debieron estar encima bien alineadas.

   En medio de aquel desastre, en pie, estaba mi hijo. Vestía con ropa sucia y vieja. Su pelo y barba eran de muchos días, pudieran ser semanas. Estaba muy delgado, demasiado, solo los tendones mantenían en pie su esqueleto maltratado por las drogas y el alcohol. Sus pies descalzos sangraban, había pisado los cristales del suelo, pero aun así no se inmutaba, toda la energía la concentraba en la mirada de odio, que proyectaba hacia la mujer, que inconsciente, reposaba en el suelo.

   Me acerque a él y lo observé de cerca. Como había cambiado, ya no era el joven adolescente de hace unos años, aquel que aprobaba los cursos sin esfuerzo, el mismo que me presentó a su pareja, una chica rubia con una sonrisa angelical y que luego se casó con ella y que yacía ahora a sus pies.

-Carlos, hijo, me escuchas –le dije al oído –, tienes que volver.

    No me respondió, no quería o no podía. Cuando vi el cuchillo en su mano supe cuál iba a ser su próximo paso, apretaba tan fuerte la empuñadura que su mano temblaba descontrolada. Acerqué mi cara a la suya, hasta que pude ver las venas rojas de sus ojos, llevaba tiempo sin dormir, días y noches buscando lo que no encontraba o no podía pagar. Por eso estaba ahí esa noche, después de dos años perdido en los oscuros callejones había vuelo al hogar, pero no para rehacer su matrimonio, sino para acabar con todo si no le daban algo de dinero.

   Marisa bloqueaba una puerta con su cuerpo, era la habitación de los niños. Ese era el lugar que ella defendió con uñas y dientes. Y yo debía hacer lo mismo.

Carlitos, soy yo –le susurré de nuevo –soy papá, he vuelto a casa, te acuerdas de mí, ¿verdad?

   Sus labios se movieron como si quisieran hablar.

-Vente conmigo, juntos estaremos bien, todo será como antes.

   Vi como sus pómulos se relajaron. Por un instante la cara que recordaba volvió a emerger, apartó por un momento al demonio que lo poseía y mi pequeño se asomó a la vida real. Pero fue una imagen fugaz, que dejó paso de nuevo a la maldad cuando alguien habló.

-¿Mamá? –uno de mis nietos, con voz temblorosa, llamó a su madre desde el otro lado de la puerta.

-Ellos tiene dinero –dijo mi hijo, con la voz afónica de tantos gritos e insultos.

   Seguidamente cogió a su mujer por una pierna y tiró de ella para apartarla a un lado y poder abrir.

-Carlos –intervine de nuevo –son tus hijos, son niños, a los niños se les ama, como yo te amé a ti.

-¡Tú te fuiste! –gritó enfurecido.

-Tú también te fuiste, hijo mío, también dejaste a los tuyos solos.

   Con otro fuerte tirón apartó del todo a Marisa. Luego intentó abrir, pero por dentro estaba puesto el cerrojo.

 –¡Tú, te fuiste sin despedirte! – gritó de nuevo a la vez que golpeaba la puerta.

-Hijo mío, tienes razón, yo no te dije adiós, pero no fue mi culpa, no tuve opción, tu puedes arreglarlo, tienes todavía una oportunidad.

-¡No puedo escapar! ¡Es más fuerte que yo!

   Me di cuenta que tenía razón, estaba atrapado, hundido en el pozo de la desesperación, la rabia quería hacerme llorar, pero no lo consiguió, tragué mis lágrimas y respiré hondo.

-Carlos, yo te puedo ayudar, pero primero tienes que venir conmigo.

-¡Ayúdame, papá! –gritó con lágrimas en los ojos.

Hijo mío, despídete de ellos –le dije mientras acariciaba su pelo.

   Recuperó poco a poco la respiración y el pulso que nunca debió perder, dejó caer al suelo el cuchillo y la ira. Derrotado, sabiendo su destino, dijo adiós a su mujer y a los niños con voz rota y amarga. Le cogí la mano y lo acompañé a la ventana. Saltamos juntos y en silencio.  

    Por el camino nos separamos. Yo ascendí, mientras que él cayó muriendo en la acera. Luego bajé para cerrar sus ojos y besar su frente.

    Espero verlo pronto cuando pague su deuda. Ahora ya vuelvo al cielo, quizás toda la culpa fue mía.

    Hice lo que pude, pero no fue suficiente.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes "Fin" y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a El fin de una vida (Carto Péreton)

  1. Arecibo dijo:

    Usando tus palabras… ¡Ha sido más que suficiente! Tu relato es muy bueno. Felicidades.

  2. amaiapdm dijo:

    Un buen y estremecedor relato, gracias por escribir. Me ha gustado mucho. Un saludo literario. Amaya

  3. Carto Péreton dijo:

    Gracias por vuestros comentarios, este mes me ha quedado demasiado dramático, el próximo de humor, que ya me toca. Un saludo.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s