Olvido (El silencio es miedo)

Había estado lloviendo durante toda la semana, pero el cielo tuvo a bien conceder una tregua el viernes, Día de Todos los Santos, para facilitar que quién quisiera pudiera ir sin excesivas molestias a recordar a sus muertos. Durante el resto del año el tráfico de dolientes en el cementerio era más bien escaso; no obstante, en este día, el lugar estaba tan abarrotado que bien podría confundirse con un centro comercial. Es posible, incluso, que hubiera algún cadáver a la venta; si es que no lo estaban todos.

Los ángeles, las vírgenes, y los mesías que adornaban los sepulcros, parecían menos tristes cuando estaban rodeados de hermosas flores; y liberados por fin, gracias a alguna mano amable, de todo aquello que el viento, la lluvia, el polvo, y algunas irrespetuosas aves habían hecho de ellos desde la anterior visita. Casi podría distinguirse una sonrisa en aquellos rostros de piedra, de no ser porque jamás se esculpió ninguno que sonriera.

Eran ya las siete de la tarde, comenzaba a anochecer y en el cementerio sólo quedaban algunos rezagados, cuando aparcó frente a los portones metálicos una furgoneta en la que podía leerse “Floristería Javier” en letras grandes y de vivos colores, tan alegres como lo son todas las palabras desprovistas de sentido. Javier bajó del vehículo: Era un hombre delgado, de estatura media, unos sesenta años, con algo de pelo negro sobre la cabeza y un rostro afeado y ojerizo en el que podían intuirse las marcas de una vida triste y solitaria. Apenas un hombre, podría decir quien lo viera; a penas, un hombre, aseguraría quién lo conociera. 

Javier abarcó con su mirada desconsolada toda la extensión del camposanto, como cada año en esta fecha y a esta hora; al cabo de unos segundos, cuando hubo terminado de recrearse en la visión de la muerte, abrió la puerta trasera de su furgoneta dispuesto a comenzar con el ritual que le había llevado hasta allí: Llenó una carretilla con un sinfín de rosas blancas y rojas, y paseándose por todo el cementerio, fue dejando en cada lápida un par de aquellas flores sintéticas que nunca mueren, porque nunca han estado vivas. Al dejar las flores, con gesto digno y ceremonioso, recitaba la oración más solemne que su limitada comprensión había sido capaz de concebir: “Aquí hay alguien, hermano, que se acuerda de ti”.

Una vez finalizado su cometido, Javier volvió a la desolada casa en la que pasaba el tiempo que no dedicaba a trabajar en la floristería. Nadie lo esperaba allí, ni en ninguna otra parte. Era un hombre olvidado en vida; pero secretamente esperaba que tal vez, cuando muriera, alguien se acordara de él.

Conoce más sobre el autor en http://www.elsilencioesmiedo.com/ 

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4 respuestas a Olvido (El silencio es miedo)

  1. Arecibo dijo:

    Muy buen relato. Un saludo.

  2. amaiapdm dijo:

    Me ha gustado mucho tu relato y la tristeza profunda que trasmite. Gracias por escribir. Un saludo. Amaya

  3. Jorge Ramos dijo:

    Gracias por los comentarios, me alegro de que os haya gustado.

  4. Carto Péreton dijo:

    Enhorabuena por el relato, me ha gustado mucho. Un saludo.

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