Sube a mi arco iris (Goli At Ferratto)

Todo estaba preparado, se había ocupado con el tiempo suficiente para que el apartamento apareciera ahora tan limpio y decorado hasta el más pequeño de los detalles. Nada faltaba; había reparado en todas aquellas cosas que enardecían la imaginación de los niños, guirnaldas, campanillas, brillantes estrellitas, pequeñas cajas decorativas, objetos muy simples pero siempre vistosos y eficaces. Las bolas de quebradizo cristal colgaban multicolores del árbol navideño reflejando tímidamente en sus esferas el entorno del salón; aguantó una boba sonrisa cuando se vio retratado y distorsionado en algunas de ellas, ató a las ramas más robustas las últimas cajitas de regalo y se acomodó en el sofá dispuesto a encender la larga ristra de lucecitas que bordeaban en cascada el verde contorno de sus artificiales acículas mientras acercaba a sus labios uno de aquellos pitillos que tan buena compañía y sensación de bienestar le procuraban. Dejó correr su imaginación pensando en la carita que pondría su pequeño Daniel cuando descubriera cada uno de esos regalos que ahora colgaban esperando el roce de su inocente mirada. Se lo imaginó riendo nervioso y tomando en sus manos los ahora ocultos muñequitos articulados de Spiderman y el Capitán América que tanto furor provocaban entre la chiquillada. Dejó escapar un suspiro de pura satisfacción y cerró los ojos esperando encontrar unos minutos de descanso y soñar despierto en esos próximos momentos junto a su compañía… De un punto al otro de su subconsciente notó cómo ambos extremos se unían en una mezcla de colores nacidos de un arco iris maravilloso. Hacía más de un año que ella no le dejaba verle ni tenerle consigo…

***

No estaba el tiempo como para andar vagabundeando por aquellos barrios tan alejados del centro urbano, pero el destino había decidido por él ofreciéndole como hogar todas las calles y avenidas de la gran ciudad, y aquellas no iban a ser menos que el resto. Hacía mucho frío y empezaban a caer unos copos de nieve que no auguraban nada bueno. Hubiera sido mejor para él resguardarse en algún lugar caliente y seguro donde poder tomar una sopa ardiendo y un trozo de pan del día, pero tampoco quería dar con sus huesos en uno de aquellos centros de acogida menesterosa que tan malos recuerdos le traían. Verse junto a todos esos individuos surgidos de un submundo de dolor y tristeza, millonarios en la misma pobreza y pútrida suciedad que él, le producía un sentimiento de culpa que tardaba mucho tiempo en desaparecer. Con un gesto involuntario alzó lo más que pudo el cuello del viejo abrigo y se refugió en un recoveco que ofrecía el encuentro de dos viejos edificios mientras observaba con cierto temor los matices que iban tomando las aceras a medida que la nieve se encargaba de cubrirlas con su manto. Esa noche iba a ser crucial para él, lo intuía sin saber por qué. Era la tercera Nochebuena desde que decidió desaparecer de entre los suyos y abandonar aquel mundo acomodaticio e hipócrita en el que había estaba cómodamente instalado. La enfermedad también tuvo que ver, era cierto, pero su esquizofrenia no fue solamente la que le llevó a aquel estado de miseria y abandono. Fue algo más, algo que tuvo que ver con su hastío hacia aquella sociedad huera de amor donde el prestigio y el dinero eran lo único importante. Cuando se convenció de ello y su estado de ánimo entró en una vertiginosa espiral decadente, fue el momento en que los brotes psicóticos se manifestaron más fuertemente y comenzó a escuchar aquellas voces cavernosas que surgían del interior de su cerebro, repitiendo y repitiendo sin descanso “… Olvídate de ellos, Mateo, sal al exterior… ¡Libérate y busca tu arco iris…!”  Y eso hacía desde entonces… buscarlo.

Extrajo del pequeño saco un mendrugo de pan reseco y agrio y se sentó en el hueco apretando contra el ladrillo sus espaldas en un vano intento de protegerlas del intenso frío. Mientras, otro desgraciado como él, pero éste tambaleante y lleno de alcohol barato hasta las orejas, se aferraba fuertemente bajo la tenue luz de una farola intentando entonar bien el estribillo de una conocida canción de Navidad… “…Beeelén…, campaaanas de Beeelén, que los ángeles tooocan y… y… hip… hip…¡Maldita sea…! ¿Cómo coooñoo sigue el maldito vi… vi… villancico de los co…co…cojones, pardiez…?

Debería buscar también su arco iris…”, se dijo Mateo dejando caer la vista al suelo mientras dos chorretones de translúcidos mocos salieron de la nariz dejando su húmeda impronta en el hirsuto bigote que coronaba una mueca de dolor.

***

No estaba dispuesta a ello pero no tenía más remedio que cumplir la orden judicial. Dejarle al crío era lo último que quería, no ya porque sabía que adoraba a su padre y por ello corría serio peligro de perderlo pasando unos años más, sino porque su tenaz orgullo le impedía comprender que eso era lo mejor para el niño y le ayudaría a superar poco a poco el hecho de la separación de sus padres. Le fue vistiendo mientras le hablaba de la cena de Nochebuena y del montón de regalos que tenía reservados llegados los Reyes de Oriente cuando volviera a casa. Le dijo que había hablado personalmente con Baltasar y le había informado que él era un niño muy bueno y obediente; su carta quedó en sus manos mientras, después de haberla escuchado atentamente, uno de sus pajes le había puesto un sello en tinta indeleble en el que se leía en letras mayúsculas la palabra “RECOMENDADO”. El chico le escuchaba con los ojos muy abiertos mientras se quejaba del picor que le producían los gruesos calcetines de lana con los que le cubría su madre los pequeños pies. “No pasa nada, mi amor… Ya se te pasará ese picorcillo de nada. Tienes que estar bien abrigado si quieres ir a casa de papá, hace mucho frío en la calle, cariño…”, le decía para intentar convencerle sin éxito. “Y no te olvides que mamá te quiere más que papá… ¿eh…?”, le había repetido hasta en cinco ocasiones.

Cuando sonó el timbre de la puerta el chiquillo saltó de la cama como un muelle y salió corriendo hasta la entrada gritando enloquecido “¡Mami, mami, ya etá aquí… ya etá aquí…!”, mientras en sus ojos se pintaba una paleta de colores de pura alegría.

***

El viejo ya no tenía salvación. El cáncer había invadido sus órganos más vitales y el poco tiempo que le quedaba de vida era un castigo añadido a su sufrimiento. La esposa y tres de los hijos del matrimonio rodeaban el lecho sin poder ocultar su desdicha. Los síntomas de esos últimos momentos ya habían aparecido; los frecuentes vómitos no eran más que los restos disueltos de un hígado triturado por el mal y, aún así, en sus escasos momentos de lucidez, el bueno de Santiago había reclamado inconscientemente que le trajeran el almuerzo. Es curioso cómo se agarra la vida al cuerpo mientras el cuerpo se afana en dejarla libre para que se alce por encima de todo dolor.

El cuarto hijo, el menor de todos, seguía sin aparecer por el hospital. Toda una historia de involuntarios desencuentros había provocado el distanciamiento entre ellos y, al parecer, ni siquiera en el lecho de muerte el bueno de Santiago iba a tener la suerte de reencontrarse con el hijo que más le había hecho sufrir y más quería de todos. Con el tiempo aquel orgulloso benjamín, complacido de sí mismo y ajeno al calor del cariño de los suyos, se había convertido en un edificante ejemplo del egoísmo y cruel matarife, primero de la figura del amigo y después del padre. La madre y los hermanos no tardaron en seguirle después en esa incruenta matanza.

Afuera, tras el ventanal de ese quinto piso, la fuerte ventisca poco a poco cubría el cristal de fríos algodones dejando a la vista tan sólo imaginarse un paisaje helado y nostálgico. Se podían oír a lo lejos las melodías navideñas de un centro comercial y el claxon irritante de los típicos impacientes queriendo llegar los primeros a sus casas. El contraste resultaba extraño, pesado y hasta insultante… Entró el equipo médico y, entre el silencio atemorizado de aquellos familiares, hicieron el diagnóstico final: suministro de los calmantes más fuertes y a esperar el inminente desenlace. El viejo Santiago pareció darse cuenta de todo y, abriendo de par en par sus curtidos ojos, con mirada cansada y apenas vital, dirigió a su esposa un último consejo: “No caigas nunca de tu hermoso arco iris, mi amor… Yo he sido muy feliz disfrutando a tu lado del mundo al que lleva, y al final de su extremo te esperaré para seguir siendo felices juntos…

Cuando el cuarto hijo apareció por la puerta, el viejo Santiago sonrió y exhaló débilmente un deseo: “Que seáis felices… No os bajéis nunca de vuestro arco iris, y si os caéis de él, o no lo encontráis, subiros sin dudarlo al más próximo de vuestros seres queridos… Ese arco iris nos lleva a un mundo donde pescamos las ilusiones con caña de azúcar y anzuelos de suave algodón… Os quiero a todos…

Conoce más sobre el autor en http://grepettoblog1949.wordpress.com/

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Sube a mi arco iris (Goli At Ferratto)

  1. Arecibo dijo:

    Buen relato y muy bien escrito. Un saludo.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha encantado tu relato. Un saludo literario y feliz año. Amaya Puente de Muñozguren

    • Manger dijo:

      Muy agradecido, Amaya, por tu grata compañía en la lectura. Te envío mis saludos y, aunque tarde, también te deseo un feliz año en todos los sentidos.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s