Cuento de navidad en la ciudad sin nombre ( Mª Luisa López Cortiñas)

Dos hombres se abrazan en mitad de la ancha acera. Es una calle amplia, escoltada por árboles y bancos que saludan a edificios  nobles de bajos inundados de neón. A esas horas de la noche y en esas fechas, las calles del centro de la ciudad bullen en luces, en gentes que suben y bajan con bolsas llenas de compras de última hora, grupos que se arremolinan caóticamente a la entrada de los nuevos restaurantes, que en los últimos tiempos se han hecho los amos. Gentes y gentes apresuradas esquivan a esos dos hombres que emocionados se estrujan. Ambos lucen arrugas y canas, comparten estatura y esbeltez, y ocultan los ojos, consumidos por pespuntes e hilvanes, tras unos gruesos cristales. Uno viste un sobrio traje príncipe de Gales, el otro una bata azul marino bajo la que asoman unos elegantes pantalones color gris. Muchas personas se les quedan mirando con una sonrisa, unos seguramente piensen que son amigos que llevan tiempo sin verse, en esa época del año es lo más habitual, los malpensados apostarían por un largo romance que han tenido que esconder durante lustros, pero casi nadie imaginaría que son jefe y empleado despidiendo su último día de trabajo juntos, y mucho menos que el más lustroso y joven es el empleado, y menos todavía que sólo le faltaron seis meses y tres días para poder jubilarse con las botas puestas.

Al mismo tiempo que el abrazo acaba, se unen a la pareja una señora mayor a la que acompaña una joven sudamericana bullanguera, de andar saltarín y oscuros ojos que espantarían a la misma tristeza. Se saludan todos con familiaridad, y casi al mismo tiempo se despiden como si tuvieran prisa, dejando solos al señor de la bata y la anciana. No es tan mayor, pero las enfermedades han hecho mella en su cuerpo desde hace años. Hoy hace un gran esfuerzo para asistir al gran día. Ambos se dirigen sonrientes al interior de la sastrería que tienen a sus espaldas, ninguno quiere ver los dos inmensos escaparates, hoy cubiertos con papel de estraza, que casi no dejan ver los dibujos ovalados en los que con impecable caligrafía, aún se podía  leer:  Sastrería Rodrigo.  Trajes completos y camisas a medida.  Y el añadido que decidieron introducir hace unos catorce años Desde 1900 a su servicio.

 

Como todos los días, desde hace ya más de cincuenta años, Rodrigo cierra la persiana exterior, pero hoy no regresa a casa, sita en el otro extremo de la ciudad, permanece junto a su señora en la tienda, como en los viejos tiempos. Les queda una hora de intimidad. Los chicos han hecho un muy buen trabajo.

Una vez cierra la puerta:

—Se acabó. Soy libre.

Ambos ríen y se apoyan en el largo mostrador de más de seis metros de largo, acarician la madera abrillantada por el uso y carcomida por el tiempo. Aman esas pequeñas huellas, y aún recuerdan la ilusión de cuando los ebanistas, que tenían tienda donde ahora está un McDonals, lo instalaron. Lo pagaron a plazos, seis, sin intereses ni bancos de por medio. Contrato verbal de hombres de palabra. Otros tiempos.

Cuando finalizan el recorrido, ella ríe, recuerda todavía aquella discusión sobre el nombre que darían a su negocio. Ella apostaba por Rodrigo, él por Rodrigo Cataplasma. Después de muchas idas y venidas, y aconsejados por el rotulista se decidieron por lo primero. Rodrigo es el legítimo heredero de la tradición costurera de su familia, aunque él fue el único, en conseguir a través de un traspaso, negocio en propiedad. Sus hijos nunca han querido saber nada de costuras y patrones.

Cuando acaban de recorrer el viejo expositor, Jimena mira a su alrededor y se asombra en lo rápido que han desalojado los estantes, las telas, los colgadores, los maniquís. Él se percata y lo confirma.

—Sólo queda llevarse el mostrador. Ya lo han dejado preparado para trasladarlo en cuatro trozos. ¿Ves? —dice señalando las pequeñas grietas que los separan.

—Parece un queso gruyere —espeta la mujer riendo señalando la pared.

—Les costó un poco quitar las estanterías, estaban anquilosadas. Harán un buen servicio en la biblioteca.

—¿Biblioteca?

—Sí, dividirán los tablones en tres tableros cada uno, y la mayoría irán a la biblioteca y a la sala de juegos.

Rodrigo apaga la última luz que tiene encendida en el establecimiento, agarra a Jimena de la mano, le pide que cierre los ojos, ahora la conduce a  la trastienda, el doble de grande y formada por dos grandes habitaciones y dos baños.

Entran directamente en la estancia en la que trabajaban de habitual los sastres. Hoy está todo vacío. Antaño, la presidían dos mesas enormes sobre las que se extendían los patrones, se perfilaban con jaboncillo las telas, se ensamblaban los primeros alfileres, en unos días harán un gran servicio en el aula de arte. Al fondo, al lado de las grandes cristaleras de la galería, se apostaban las máquinas de coser, que a fecha de hoy, aún funcionaban con precisión encomiable, servirán para enseñar y vestir a esos andrajosos, qué hay que ver lo mal que visten los jóvenes hoy en día.  

—Siempre que entro aquí siguen sonando las máquinas —comenta él.

—Seguirás escuchando la sinfonía Rodrigo. La seguirás escuchando. Cuando yo tuve que dejarlo también me pasaba. Tiquitraque, tiquitraque, triquitraque, mañana y tarde —dice ella entre la risa y la nostalgia. Toca el hombro de Rodrigo —una mañana te levantarás y el sonido será historia. ¡Además las vas a seguir escuchando!

Se dirigen a la otra habitación, a la que se accede por una puerta a la derecha, es la estancia en la que tomaban medidas, en las que los clientes se despojaban de ropas, y los modistos iban haciendo diversas pruebas para comprobar que la chaqueta encargada con ilusión, o el chaleco que se quería lucir en una boda importante, le quedaban de forma impecable.

Jimena gritó por la sorpresa, los chicos habían metido un somier y un colchón, mínimo, de uno treinta y cinco.

—Por si estamos cansados al acabar la fiesta, y preferimos dormir aquí — informa él.

—¿Te acuerdas?

—¡Cómo olvidarlo!

Se sientan al unísono en la cama, se dan la mano, ella da una especie de saltitos, mientras él la mira interrogante.

—No suenan los muelles —dice ella.

—No, nos han traído un buen somier.

—¡Cómo sonaba!

—Sí. Si las paredes fueran como las de ahora, los vecinos nos habrían echado.

—¡Qué impetú!

Entre risas, ambos se echan a lo largo sobre el ancho del camastro. Miran al techo, y hacen memoria.

—Fuimos felices ¿verdad? — pregunta ella.

—Sí. Mucho. Y ardientes —hace una pausa—. Y por suerte no muy fértiles.

—¿Es un reproche?

—No. Una observación.

—Dios sabe lo que hace.

—Y yo.

—¿Decías?

—Nada.

—¿A qué hora vienen? — pregunta ella.

—Tenemos todavía media hora. ¿Quieres hacer algo en especial?

—No. Descansar un poco. No sé cómo pudimos vivir aquí tantos años con los dos niños —reflexiona en voz alta.

—A lo bueno se acostumbra uno pronto, y lo malo se olvida.

—¿Tú crees que seríamos capaces de vivir aquí de nuevo?

—Si hubiera necesidad sí. Siempre nos hemos adaptado.

—Una pena que hayas tenido que cerrar. ¡Por unos meses! ¿Qué les costaba?

—La vida —suspira él.

—¿La vida? Mala gente.

—Me colgaban las llamadas en cuanto les decía quien era. Inapelable. Dos de enero en la calle.

—¿Qué hará Ramón?

—Cobrar el paro. Nunca lo ha cobrado ¿sabes?

—Lleva toda la vida contigo— apostilla ella riendo.

—Vendrá a la fiesta con Marga. Me da vergüenza…

Ella le interrumpe

—No tienes la culpa.

—Pero…

—Tú mismo lo has dicho. No te han querido atender ni al teléfono.

—Ya, pero.

—Pero nada cariño, no has podido hacer nada. ¿Cuántos años llevamos con pérdidas?

—Dos —contesta, haciendo con los dedos índice y medio el signo de la victoria.

—Mientes. Llevas más años sin sacar ni un duro de esto. Ellos saben que lo has intentado.

La conversación se ve interrumpida por un timbrazo. El se incorpora raudo y veloz, ella tardará unos minutos en recuperar la compostura, mientras echa una última mirada a un pasado que ya siente muy lejano.

Cuando Rodrigo abre, se arremolinan en la puerta una pequeña multitud conocida de todas las edades. Con velocidad inusitada, unos manteles estampados con motivos navideños, cubren el mostrador. Y unas sillas de plástico comienzan a ser abiertas y esparcidas por toda la estancia. Las bandejas de comida ya están distribuidas cuando Jimena sale del dormitorio improvisado. Sus nietos acuden en tropel a saludarla, y sus hijos la celebran con alegría sincera. El resto son antiguos vecinos de siempre, todos han aportado para el ágape. Hoy tienen mucho que celebrar.

—¿A qué hora nos tenemos que ir? —pregunta uno de los invitados mayores a Rodrigo.

—Hemos quedado a las doce menos cuarto en la esquina.

—¿Van a tardar tanto?

—No, comenzarán el trabajo a menos cinco, y a las y cinco ya habrá finalizado la tarea.

—Espero no haya problemas.

—No, ya sabes que con las campanadas de fin de año todos se vuelven locos y nadie se enterara de nada.

—Los vecinos esos…

—Son los primeros que lo saben. Nos apoyan —sentencia Rodrigo.

Todos se mueven de grupo en grupo, unos de pie, otros arrastran consigo la silla plegable, comen, beben y muchos dejan traslucir con gestos mecánicos y repetitivos que están nerviosos. No todos los días gente cuya honorabilidad nadie pone en duda se dispone a transgredir la ley.

El tema del día es el cierre de los pocos negocios con solera que todavía sobrevivían los embates del progreso, en unas pocas horas de ellos sólo quedará el recuerdo. Ni los bancos, ni las empresas esas con nombre inglés impronunciable, están dispuestas a ceder un solo milímetro. En el fondo les entienden, ellos nunca podrían pagar esos alquileres de los que venden bajo el sello “made in China” o cualquier otro de conveniencia.

A las once y veinte, Rodrigo irrumpe el ágape para hacer un brindis, para celebrar el pasado, el presente, el futuro, y sobretodo esa peculiar noche en la que celebran la llegada del 2015 de forma muy poco convencional.

A las doce menos cuarto, la esquina de la Calle Sastrería y la Calle Rey es un hervidero de gentes, de razas, de edades, a cada minuto se suman más invitados, todos comparten ilusión y delito.

A medida que se acercan las doce menos cinco, muchos comienzan a preparar las cámaras de sus teléfonos móviles para grabar el evento. A la hora anunciada, dos jóvenes proceden a desatornillar el cartel que informa a los viandantes del nombre de la calle, en menos de dos minutos éste se desprende de la pared. Cuando en la plaza mayor la ciudad celebra la entrada en el nuevo año, en la calle sin nombre de la ciudad sin nombre, todos ríen, fotografían, y aplauden a los ejecutores de la tropelía.

Los chicos vuelven a las herramientas para instalar un cartel más adecuado al futuro de esa céntrica calle. El entusiasmo se apodera de todos los presentes cuando ante sus ojos aparece el cartel, lustroso y brillante, que ellos han decidido dejar como nueva denominación “Calle Franquicia”.

—El cartel es igual, igualito a los que pone el Ayuntamiento —comenta Rodrigo a los que están a su lado.

—Se darán cuenta pronto —responde un escéptico.

En este tipo de eventos, la presencia de uno de éstos agoreros nunca falla.

—Sí —contestan con risa, cuando alguien les hace la observación.

Rodrigo y Jimena sonríen felices, hoy parece que hasta sus habituales achaques se han tomado el día libre.

 

Hacia el anciano matrimonio se sastre y modista, vestido según los cánones de la más rancia tradición, se acerca un joven melenudo, lleva la oreja izquierda llena de piercing, un horrible anillo en la nariz y una mirada llena de vida. Extiende la mano hacia Rodrigo:

—Maestro, ha quedado dabuten.

—Ha sido divertido.

—Vamos a aprender mucho con —el joven titubea— usted.

—Sí, les espero a todos el lunes, nueve de enero, a las cinco de la tarde. No fallen.

—La hora de los toros ¡no sabe nada el maestro! —dice el joven a Jimena.

—¡Qué guapos vais a estar todos con camisas de sastre y chaleco! —contesta Jimena.

El joven se despide.

—¡Qué bueno el día que decidimos hablar con los niños éstos de la casa ocupada! —comenta Jimena.

—Sí. Los demás sólo querían estafarme. A todo le van a dar un buen uso. Comenzará mi vida como profesor —suspira un Rodrigo ilusionado.

Ambos continúan departiendo con vecinos y amigos, son casi las dos de la madrugada cuando se despiden, repartiendo besos y abrazos.

Mañana pasarán los chicos a recoger y a retirar el dormitorio improvisado. Ellos esta noche disfrutarán de la nostalgia sin perder de vista el futuro que a la vuelta de la esquina les aguarda.

Conoce más sobre la autora en http://cuentosparamatarelviernes.blogspot.com

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Una respuesta a Cuento de navidad en la ciudad sin nombre ( Mª Luisa López Cortiñas)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, se te ha escapado un “sobretodo” (que es un abrigo) en algún lugar y una menudencia más, por lo demás me ha encantado. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

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