El mito de la montaña (Alex)

Terminé de preparar el equipaje. Hoy era el gran día. Por fin iba a escalar a lo alto de la montaña Khou. Algo a lo que cada habitante de nuestro pueblo había aspirado desde hace muchas generaciones.

Todos en el pueblo conocíamos el mito de Khou. Se decía que en lo más alto de la montaña había un gran tesoro que llenaba de poder y riquezas a aquel que lo encontrase, al final de la montaña.

Muchos se habían lanzado en su búsqueda, pero no era tarea fácil, pues Khou era cinco veces más alta que una montaña normal.

Nadie había vuelto jamás de ella.

Hace unos años, me decidí a entrenarme para poder intentarlo algún día.

Mi familia y amigos trataron de persuadirme, preocupados. Pero yo no les había escuchado. Era mi sueño desde niño y estaba dispuesto a cumplirlo.

.Ahora tenía  veintes años, recién cumplidos. Me consideraba en la mejor época física de mi vida y con bastante experiencia viviendo entre la naturaleza.

Una vez hube comprobado que mi equipaje estaba listo, me colgué el macuto al hombro y me dispuse a salir al exterior.

Caminé por las calles del pueblo. Estaban vacías. Lo cual me pareció bastante raro. Quizá nadie quisiera ver como me marchaba, según ellos, para no regresar jamás.

En silencio, únicamente acompañado por el sonido del viento, avancé por el pueblo hasta llegar a sus límites. A pocos kilómetros se podía divisar la montaña. Como mucho, al anochecer llegaría a ella.

—¡Hart!

Me volví para ver quien me había llamado.

Era mi padre. Se encontraba al lado de una de las casas. Por fin veía a alguien.

Hizo un ademán para que me acercara a él.

—espera, no te vayas aún, Ven a ver esto

Me acerqué, intrigado. “¿que quería que viera ahora?”.

Le seguí. Doblamos una esquina, entonces lo vi. Allí estaba todo el pueblo esperándome. Sostenían una gran pancarta que decía “Buen viaje Hart, ¡¡regresa!!”. Me emocioné. No pude evitarlo. Entre la multitud se encontraba mi madre y todos mis amigos. Aunque muchos sonreían y trataban de darme ánimos, en general se les veía tristes. Aunque trataran de disimularlo.

Mis padres y mis amigos se acercaron y, uno a uno, me abrazaron, transmitiéndome palabras de ánimo.

Tras ellos, el alcalde del pueblo se colocó ante mí. Me puso una mano en el hombro, sonriente.

—ánimo chico. Regresa y trae la gloria a este pueblo. Ojala te encuentres allá arriba con Roith. Espero que esté bien. 

Mi madre suspiró, nerviosa.

—¿ves lo que te dije Hart? El señor Roith es mucho más experimentado que tú. Se fue hacia lo alto de la montaña hace dos semanas y aún no ha vuelto. Si él no pudo, tu tampoco podrás.

Sacudió la cabeza con energía. Unas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Mi padre la abrazó y le besó en la frente.

—Aún estás a tiempo de olvidarte de esta tontería. —añadió este lágrimas

Me quedé mirándola, sin saber como reaccionar.

—Volveré —fue lo único que pude decir.

Y entonces sentí que lo creía con seguridad. Que yo mismo me creía mi propia promesa.

Sin añadir nada más, me despedí de todos con la mano y me encaminé hacia Khou, la gran aventura empezaba.

Mientras caminaba, sabía que todos tenían la sensación de que ese mi fin. La última vez que me veían, y que no regresaría nunca jamás.

Para despejar esas ideas de mi mente, comencé a pensar en otras cosas.

Recordé las palabras del alcalde. Había nombrado a Roith. Era el explorador más experimentado del pueblo. Tenía cincuenta años, pero tenía el físico como el de un toro. Se dedicaba a intentarse entre los bosques y cazar para traernos comida al pueblo. Un día, se decidió a probar suerte ascendiendo la montaña Khou. Todos en el pueblo estábamos seguros de que el lo lograría, de que era el único que podría lograrlo. Cuando se fue, afirmó que llegaría la cima en cinco días aproximadamente. Con lo cual, si estaba en lo cierto aun había posibilidades de que estuviese a punto de regresar.

Aquello me animó. Apreciaba mucho a Roith, y no quería que le pasase nada malo. Aunque, si el regresaba con el tesoro cuando yo aún ni había empezado, sentiría una gran frustración.

 Pero yo no podía vivir con la inquietud de saber que se escondía en lo alto de la montaña, al final. Quería saber porque durante años no regresaba nadie de allí. Necesitaba descubrirlo.

 

Se hizo la noche, pero al fin, llegué a la base de la montaña. Levanté la cabeza para ver su altura. No se veía la cima. La montaña se elevaba más y más hasta perderse en lo alto del cielo. Quizá Roith no había vuelto porque aun se encontraba escalando hasta la cima. Sus cálculos sobre los cinco días habrían fallado seguro.

Decidí que sería mejor dormir allí abajo esa noche y al día siguiente iniciaría el ascenso por la mañana. Abrí mi macuto y saqué el saco de dormir. Lo eché sobre la hierba y me metí dentro de él.

 

A la mañana siguiente. Me desperté con el alba. Guardé el saco de dormir en el macuto y saqué el primer almuerzo que había preparado.

Cuando estuve listo, lo guardé todo y empecé mi camino hacia el interior de la montaña. No tenía tiempo que perder. Por fin había comenzado la aventura.

La vegetación de la montaña era muy verde. Los caminos se encontraban llenos de matas de césped y árboles frondosos por todas partes. Incluso varios ríos descendían desde lo alto.

 

Los primeros cinco días se limitaron a caminar cuesta arriba, sin ningún tipo de sobresalto. Cuando miraba hacia arriba, aún no veía el final de la montaña, aún debía quedar bastante camino.

Por las noches me subía a algún árbol y dormía allí arriba, para mayor seguridad.

Las provisiones todavía eran suficientes.

Al sexto día, comenzaron los problemas. Un frío comenzó a apoderarse de mi.

Debía haber ascendido tanto, que las temperaturas habían comenzado a bajar.

Pero yo ya estaba preparado para eso. Saqué ropa de abrigo del macuto y me tapé con ella. Al instante, me sentí mucho mejor y seguí ascendiendo.

Al séptimo día. El frío comenzaba a ser cada vez más Llegó un momento que me costaba mucho caminar.

Pese a mi ropa de abrigo, tenía el cuerpo congelado. Miré alrededor. Toda estaba congelado. Incluso había nieve cubriendo gran parte del camino. Avancé como pude un trozo más, y me detuve a descansar.

Al día siguiente, fue mucho peor, pues hacía tanto frío que hasta había zonas congeladas, recubiertas de hielo. Me costaba respirar, tiritaba, todo mi cuerpo se estaba congelando poco a poco.

Sin poder dar ni un paso más, caí al suelo. “¿hasta aquí he llegado?” pensé abatido. No debo haber llegado mucho más de la mitad de la montaña. Ahora entiendo porque nadie regresa de aquí. Esta temperatura es demasiado para el cuerpo humano.

Sin pensar en nada más. Mis ojos se cerraron.

 

Abrí los ojos, lentamente. Miré hacia ambos lados. Sorprendido, ví que estaba dentro de una caverna, y que tenía un fuego calentándome a mi lado. “¿quien me habría traído aquí?” pensé intrigado.

—por fin despiertas, me alegro mucho —dijo una voz al otro lado del fuego

Me giré. La figura salió y se colocó en mi campo de visión. Abrí la boca, muy sorprendido: era Roith. Así que estaba vivo.

—¡señor Roith! –exclamé incorporándome

El asintió, sonriente.

—nunca creí que te lanzarías a esta aventura chico

Sonreí, me alegraba mucho ver que estaba vivo. Y más todavía al tenerlo allí conmigo, me sería de gran ayuda. pero… ¿por qué estaba allí? ¿por qué no estaba más próximo a la cima?. Quizá estaba regresando ya.

Como si adivinase su pensamiento, le explicó.

—no, no he encontrado el tesoro.  A decir verdad, no he podido pasar de aquí en todo este tiempo. Llevo más de una semana intentándolo. Pero con tu ayuda seguro que lo lograré.

Le miré con extrañeza. Sus palabras me parecieron extrañas. El nunca había necesitado ayuda para nada, ¿la iba a necesitar ahora? tal vez aquella montaña fuera más dura de lo que creía y sólo fuera eso, pero… algo me olía mal en todo esto.  

Al día siguiente. Ambos ascendieron por la ladera congelada. El señor Roith tenía varias pieles que lograron darme más calor para soportar el congelamiento.

Para mi sorpresa, unas pocas horas después, el clima volvía a ser cálido. y el lugar ya no estaba helado.

—¿cómo es esto posible? —le pregunté mirando a todos lados sin comprender

Roith se encogió de hombros.

—no tiene explicación, supongo que forma parte del misterio de Khou. Su magia

No lo entendía, pero para mi era mejor, al fin y al cabo, ese clima era mucho más habitable y más cómodo para avanzar. Sonreí, parecía que la cima ya estaba cerca, y, tenía la sensación de que ya había pasado lo peor.

De repente, el señor Roith me detuvo por el hombro.

—hay algo que debo decirte.

Le miré, sin comprender. Pero noté en su mirada que se trataba de algo sumamente serio.

—debes tener cuidado de Arkath, debes evitarla

Le miré sin comprender. ¿de que me estaba hablando ese hombre?.

—Arkath es la guardiana de la montaña. Es una serpiente gigante que protege la zona más alta de la montaña. Su veneno es mortal, si te atrapa….estás acabado.

Puse cara de pánico. Aquello era un peligro mayor del que habría podido siquiera imaginar.

—¿hay alguna forma de evitarla?

Roith negó con la cabeza.

Continuaron en silencio. Unas horas más. El paisaje seguía siendo cálido y apenas alterable. Las flores y las hierbas tenían mucha viveza.

De pronto, Roith cayó de rodillas al suelo. Jadeaba mucho y parecía que le costaba respirar. Entonces caí en la cuenta ¿como podía saber él lo de la serpiente si se suponía que nunca había ido más allá de la zona helada?. Una sospecha terrible me inundó. Me agaché a su lado y le senté sobre la hierba. Le levanté la ropa y entonces mis sospechas se confirmaron.

Allí, en el costado, tenía marcas de colmillos, y la herida estaba negra.

—ésto te lo ha hecho Arkath, ¿verdad? —le pregunté cada vez más alterado

Roith asintió a duras penas. Cada vez le estaba costando más respirar.

—a ver si lo entiendo, llegaste hasta arriba, te encontraste con Arkath, te mordió y regresaste hasta la zona helada ¿es eso?

Él asintió, jadeante.

En ese momento, un ruido de ramas rompiéndose se escuchó desde unos metros más arriba.

Roith abrió los ojos  como platos. Su rostro reflejaba un pánico atroz.

—¡¡es ella!! ¡¡aquí está otra vez!! —logró exclamar

Miré en la dirección que había escuchado el ruido. Todavía no se veía nada, pero no faltaría mucho para que la bestia hiciese acto de presencia.

Roith me miró, cubierto de sudor.

—¡¡¡vete!!! yo ya estoy condenado. Moriré en unas horas.

Le miré. Realmente sentía pena por él.

—¿por qué no regresaste al pueblo? quizá podríamos haber intentado curarte.

Roith negó enérgicamente con la cabeza.

—¡¡para un explorador, volver derrotado es una deshonra!!! antes prefiero morir

No lo compartía, pero en parte entendía algo de lo que me estaba diciendo. Era un hombre que había dedicado su vida única y exclusivamente a moverse entre la naturaleza y siempre había ido superando retos uno tras otro. Era obvio que preferiría morir en su incursion más importante, que seguir viviendo lamentándose por su gran fracaso.

—estuve buscando la forma de curarme….pero no la hay —explicó con un hilo de voz

De repente, el sonido que provocaba Arkath, se escuchó cerca, muy cerca.

—¡¡¡VETE DE UNA VEZ!!! —rugió

Le miré, cada vez más nervioso. Musité una despedida y lo dejé allí tendido sobre el suelo. Salí corriendo, hacia arriba, pero en dirección opuesta de donde procedía el ruido.

Corrí como nunca había corrido en mi vida. Esquivando ramas y hierbas traicioneras por el camino. Saltando troncos caídos. De pronto, dejé de escuchar los ruidos. “la he dejado atrás” pensé aliviado.

Frené un poco, lleno de sudor. Traté de recuperar el aliento. Estaba exhausto por la carrera. El oxígeno a esa altura era más difícil de respirar y el cuerpo se cansaba más rápido.

De pronto, una enorme  figura apareció ante mí. ¡era Arkath! estaba seguro. No la había dejado atrás, simplemente ella conocía mucho mejor aquella montaña y había tomado un atajo hasta colocarse frente a mí.

Me quedé petrificado, observándola. Era una serpiente gigantesca, media como dos palmos más que yo. Su cuerpo verde y viscoso, tenía unas proporciones enormes. Sus ojos irradiaban maldad y su lengua bífida bailaba sin cesar en su boca.

Di un paso atrás. Sabía que no tenía escapatoria, aunque huyera, aquella bestia me perseguiría hasta el fin del mundo. Y, aunque la dejase atrás, volvería a atraparlo por otro atajo como había hecho ahora. Además, ni siquiera el señor Roith había podido sobrevivir a ella.

Arkath siseó con fuerza y se acercó, lentamente. Su cabeza descendió, deslizándose por completo a ras de suelo.

Aquella visión me horrorizó. Resultaba demasiado terrorífica.

Sin previo aviso, su cabeza se lanzó hacia mi pierna. Logré esquivarla por una milésima de segundo con un salto hacia un lado.

Pero no había logrado escapar, ni mucho menos. Ella se colocó detrás mía y consiguió rodearme. Su largo cuerpo empezó a cerrar un círculo alrededor de mi, cerrándose poco a poco. Estaba claro, aquella era el fin.

Abatido, bajé los brazos. No tenía forma de escapar de allí.

Arkath se acercaba lentamente. Parecía que quisiera jugar conmigo, pues no había razón para ir cada vez más despacio. Cerré los ojos. El mordisco acabó llegando. En el pecho. Dolió más de lo esperado. Al recibirlo, cayó al suelo y se desmayó.

 

Abrí los ojos, seguía vivo. Aunque no sabía por cuanto tiempo. El señor Roith había durado varios días con el veneno en el cuerpo. ¿cuanto podría durar yo?. Miré a ambos lados. Seguía en el mismo sitio, pero Arkath ya no estaba. Suspiré aliviado, aunque ya estuviese sentenciado, el tener a esa criatura lejos me alentaba un poco.

De repente caí en la cuenta de que sentado en una roca frente a mi había alguien. Parecía un mono, una mezcla de mono y humano. Me sonrió.

—¿que tal te encuentras? —me preguntó amablemente

—un poco… mareado —musité

Rió.

—es normal. Eso es por culpa del veneno de Arkath

Le miré sin comprender. No entendía quien era ni que hacía allí, hablando conmigo.

—yo soy el dueño de Khou. Es decir, vivo aquí. Y Arkath es mi acompañante, ella es la guardiana de la montaña. Ambos nos ocupamos de protegerla.

—¿protegerla? —logré preguntar

—sí, de los curiosos que vienen a por el tesoro de la cima. Para que no se instalen aquí y nos dejen vivir tranquilos. La única forma es instaurándoles temor.

Me callé por unos segundos.

—¿qué quiere de mi?

El me miró con ojos divertidos.

—verás, normalmente creo que los que Arkath mata se lo tienen merecido. Ellos son arrogantes, e intentan matarla a ella, peleando hasta el final. Es más, siento en sus corazones que sólo quieren lograr el tesoro por puro placer personal. Para engrandecer sus egos. Pero tú…veo en ti buen corazón, y aceptaste la muerte frente a Arkath de una forma muy valiente, como no he visto a hacer a nadie. Es por eso, que he decidido venir a darte una oportunidad.

—¿una oportunidad? ¿se refiere a salvarme del veneno?

El asintió con la cabeza.

–sí, pero a cambio de un precio

Me quedé callado. No sabía a que tipo de precio se refería.

Como vio que no decía nada más, continuó.

—al tomar el antídoto. La mayoría entran en un sueño eterno. Del que no despiertan jamás. Pero, los más fuertes, logran despertarse….pero tienen un pequeño problema que es permanente

—¿qué tipo de problema?

El guardián levantó un dedo.

—pierden la memoria. Todos sus recuerdos. Todo. Y no la recuperan jamás.

El silencio se hizo. Como dejando tiempo para que las palabras flotasen en el aire y, poco a poco, fuesen introduciéndose en mi cerebro.

— así que… ¿que decides, muchacho?

Reflexioné, a pesar de mi mareo. No había subido hasta allí para rendirme a un sueño eterno. Y mucho menos, perder la memoria. Para vivir una vida en la que hubiera perdido todos mis recuerdos, prefería morir. Lo tenía claro, y así se lo dije.

—está bien, acepto tu decisión. Eres libre de ascender hasta el fin de la montaña. A lo alto de la cima y encontrar el tesoro. Me encargaré de que Arkath no te moleste más durante tu camino.

La criatura se levantó, dispuesta a marcharse. Pero antes de irse. Se detuvo.

—ah, se me olvidaba. El veneno de Arkath te matará dentro de tres o cuatro días. El caso de tu amigo fue excepcional, debido a su gran fortaleza aguantó hasta diez días.

Y dicho esto, se esfumó.

Me levanté a duras penas. Aún tenía tiempo para avanzar hasta el final de la montaña. Y lograr encontrar el tesoro. Era consciente de que no podría volver a bajar al pueblo a enseñarlo, pero al menos sentiría en mi fuero interno que lo había logrado, que habría llegado hasta el final.

Avancé pesadamente. El veneno me había vuelto el cuerpo muy pesado y lento. Apenas podía correr. Cada paso que daba, le costaba un mundo. Y Roith se manejaba como si nada con el veneno encima. Qué tío más fuerte. Era sorprendente.

El final de la montaña estaba ya muy cerca. Sonreí, el sueño desde niño estaba allí, al alcance de mi mano. Por fin lo iba a lograr.

Una hora más tarde. Llegué ascender a lo más alto de todo.

Avancé. El suelo se volvió llano. Lo cual me resultó una sensación extraña, tras tantos días caminando sobre pendiente. Miró a ambos lados, allí no había ni rastro de ningún tesoro.

De repente, me faltó el aire. Comencé a ahogarme. Caí al suelo sin comprender nada. Desde allí, vi unos pies que se acercaban a mi. Logré levantar la vista, era el guardián otra vez.

—te estás ahogando y no sabes por qué ¿verdad?

Asentí como pude, con la cabeza.

—la atmósfera de aquí arriba es irrespirable para vosotros, los humanos. Aquí os falta el oxígeno.

Caminó despreocupadamente a mi alrededor.

—te estarás preguntando ¿donde está el tesoro? Bien… el tesoro, no existe. Solo fue una historia que nos inventamos nosotros para castigar a los humanos más codiciosos. Una vez vienen aquí, nos aseguramos de que nunca vuelvan a regresar de la montaña. O bien por Arkath o bien porque llegan aquí y se ahogan, como tu ahora. Y si logran regresar gracias a mi antídoto, habrán perdido la memoria y no volverán jamás a sus casas ni recordarán haber subido aquí. Aunque, déjame decirte, amigo mío, que nunca nadie se despertó del sueño eterno que provoca mi antídoto.

El guardián se calló, de pronto. Pesando que quizá ya había dado suficientes explicaciones.

Mi frustración era más intensa que mi ahogamiento. Todo el sueño de mi vida, había sido una mentira. Lo había arriesgado todo para nada. Y lo peor, es que no podría volver para avisar a los demás de que esta historia era un engaño. Sintió lástima por las futuras generaciones que subiesen a la montaña y corriesen su mismo destino.

No pudo más. Su corazón comenzó a detenerse lentamente. Y el fin llegó para él.

Conoce más sobre el autor http://caminanteenlasombra.blogspot.com.es/

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3 respuestas a El mito de la montaña (Alex)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

  2. Carto Péreton dijo:

    Hola Alex, has escrito un relato con inicio y final, cosa que personalmente agradezco, me ha gustado, lo que sí te diría es que vigiles los cambios de persona del narrador dentro del mismo párrafo pueden complicar la lectura. Un saludo y nos leemos.

  3. alex dijo:

    Gracias por leerme! Carlo, al parecer se me escapó al revisarlo. Lo miraré, muchas gracias.

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