Expedición inicial (Alfonso L. Tusa C.)

          Te  imaginabas devorando sólo las cuadras de la calle Las Flores de Cumanacoa. Habías intentado convencer a tu mamá de que eras lo suficientemente grande para salir sólo. Pero si apenas tienes 8 añitos. Mamá, me siento un prisionero y ni siquiera tengo hermanos con quien jugar. Este sábado hay acto cultural en la escuela, me gustaría que me dejaras salir a jugar pelota en el solar de al lado después que termine el acto. Vamos a ver, si te portas bien y es temprano puedes ir. Mientras te enfundabas en el disfraz de agricultor que usarías en el acto, llegaban las notas de una canción desde el aula de enfrente “What happened to… the world we knew…” La voz aguda de un cantante desconocido hasta entonces para ti, te hizo ajustar el sombrero de cogollo más hacia la frente, de pronto habías controlado el miedo escénico y hasta preguntaste a la maestra cuando comenzaba el acto.

 Un mediodía casi te asfixias entre tantas palabras por decir y la emoción de lograr el salvoconducto para salir por tu cuenta, imaginabas la inmensidad de la Plaza Montes, la jungla de sus árboles de almendrón, pica-pica, maco (mamón),etc. La amplitud de los pasillos que la atravesaban, el rostro adusto del busto de Domingo Montes. Tenías mil y un juegos, infinitas carreras, innumerables contemplaciones sentado en un banco, todo lo palpabas cuando pasabas con tus hermanos rumbo al cine Royal. Más allá la cúpula del samán en la Plaza Bolívar te hacía soñar el interior de una carpa circense con pájaros y aires del Turimiquire incluidos, muchas veces tus hermanos debían zarandear tus hombros. ¡Epa Luis! ¿Qué te pasa? Entonces seguían camino al teatro Gardel, donde aún cuando te gustaba la protección de tus hermanos cuando el vigilante de galería venía a llevarse a los niños pequeños hacia los bancos más próximos a la pantalla, soñabas con el días cuando fueras por tu cuenta y burlaras aquel inmenso hombretón cuyas gafas semejaban las garras de un águila.

 Aquel mediodía corrías más duro que nunca, venías con muchas ganas de almorzar rápido, para después empezar a maquinar la manera de hacer las tareas escolares lo más rápido posible, de manera que a las tres de la tarde pudieras encender el blanco y negro en la pantalla del Zenith que llenaba de comiquitas el centro del mueble al fondo del comedor fortaleza de caoba con franjas de diversas tonalidades que tantas veces te hizo imaginar un tablero de ajedrez. Quizás lo único que calmaba un poco tu ansiedad al embalar sobre la acera de la calle Las Flores, era la música y el intento de imitar la voz de Stevie Wonder: “Where did it go that yester glow…When we could feel…” Mamá…mamá, la maestra va a hacer una competencia de la tabla de multiplicar, al que gane le regalará un álbum de barajitas del Apolo 11. Quiero hacer un trato contigo. Si gano esa competencia, me dejas salir solo para el cine.

 Saliste un poco compungido de aquella conversación, tu madre temía mucho que te ocurriera algo en la calle. Todavía no sabes cruzar la calle ¿y si viene un carro y te lleva? Hablaba a una velocidad tan intensa que cada vez que tratabas de dar tus razones, que ya sabías que tenías que llegar a las esquinas para cruzar, y que ver para “arriba y para abajo” no era mirar hacia el cielo y el suelo, sino a la izquierda y la derecha. Regresaba con otra retahíla de observaciones. Torciste los ojos hasta el rincón más lejano del patio que se veía desde el comedor. Lo que más te molestó fue la seguridad con que te dijo “en el aula hay unos treinta alumnos, es muy probable que te equivoques o que algunos de ellos sean más rápidos que tú”. Caminaste casi martillando el piso de granito con los tacones de tus zapatos de cuero. En tus sienes resonaba un estribillo. Vas a ver cuando llegue con el álbum del Apolo 11.

 Lo más cercano que habías llegado de la Plaza Montes y el centro de Cumanacoa por tu cuenta había ocurrido cuando temprano en la mañana, en vez de entrar a la escuela seguías caminando, haciéndote el distraído y llegabas a la esquina triangular del parque aledaño a la escuela, desde allí se veían las matas de almendrón que alargaban sus ramas hacia la heladería. Cuando seguías aventurándote para avanzar en la calle Las Flores, sonaba el timbre y la maestra gritaba en el portón, quién no entre ahora se queda afuera. Las imágenes de la plaza Bolívar y relumbrones de la calle Sucre de cuando ibas con tu papá a la tienda de Julián Suárez y te antojabas de algún suplemento de aquel paraban inmenso resguardado con puerta de tela metálica, se desvanecían mientras regresabas con pies de plomo a la escuela. Apenas si el eco de Stevie Wonder te reanimaba. “I had a dream so did you life…Was warm and love was true…”

Cuando respondiste la pregunta final de la maestra, apenas si viste el album del Apolo 11. En tu mente todo lo que veías era la cuadra anterior a la Plaza Montes en la calle Las Flores, la esquina de las ventas de dulce y chicha frente al cine Royal, el olor de alcanfor y medicinas de la farmacia, la brisa del puente sobre la acequia vía La Represa por la calle Sucre. Imaginabas la carrera que emprenderías tan pronto tu mamá hubiese aceptado que tenías como defenderte para salir solo a la calle, saltarías la baranda de medio metro del jardín, apretarías el paso hasta doblar en la esquina de Clemente a una velocidad de cien metros planos con vallas, para asegurarte que si tu mamá se arrepintiera no te pudiera llamar, de ahí en adelante solo caminarías con zancadas largas, que sólo disminuirías a partir de la escuela José Luis Ramos.

 ¿Tú te sientes seguro de salir por tu cuenta a la calle? ¡Mira que allá afuera es muy distinto de aquí en la casa! Además tu apenas lo que tienes son ocho años. Cuidate mucho, mira que no quiero verte con un ojo morado ni con una cortada en el brazo como las veces que has salido con tus hermanos. La viste con mucho cariño, apenas entendías lo que significaba la alegría, pero ensayaste un salto y le estampaste un beso a tu mamá en el cuello. Luego soltaste todos los pájaros de tus tobillos y en los próximos diez segundos habías barrido los cien metros y entonces corrías más duro sobre la acera forrada de flores de trinitaria de la escuela, sin llegar ya respirabas el aire a mitad de camino entre la Plaza Montes y la Bolívar y aun te quedaba aliento para tararear: “Yesterme, yesteryou, yesterday”.

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Una respuesta a Expedición inicial (Alfonso L. Tusa C.)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, un saludo literario y feliz año nuevo. Amaya

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