¿Quién es el asesino? (Alex)

Michael arrastraba su maleta por el brillante suelo del aeropuerto. Tras él, iba todo su equipo: su socio, Edward, su secretaria, Ingrid, su asesor de relaciones públicas, Arnold, su guardaespaldas, Jacob, y, por último, su hija Angie, vicepresidenta de la empresa, aquella en la que más confiaba de todos ellos.

Michael era el presidente de la empresa. Y se encaminaba hacia un viaje de negocios a Japón. Le esperaban un montón de horas de viaje por delante, pero, para ahorrar tiempo, había alquilado un jet privado con todo tipo de lujos.

El grupo caminaba en silencio. Michael iba en cabeza, como correspondía a todo líder de una expedición.

Al fin llegaron hasta el avión. Éste ya estaba preparado para despegar, de modo que todos entraron en él.

Nada más entrar, unas sonrientes azafatas les cogieron las maletas y les indicaron que pasasen a una sala llena de cómodas butacas.

Michael suspiró y se sentó en una de ellas. El resto de la expedición se repartió por toda la sala, excepto su guardaespaldas, que se sentó a su lado.. El avión despegó. Sería un viaje muy largo, pero los lujos allí eran varios. El jet estaba equipado con una cafetería, aseos, y una sala de descanso, equipada con sofás y varios libros.

Se colocaron los cinturones de seguridad hasta que las azafatas entraron para avisarles de que ya no los necesitaban. El viaje había iniciado. Michael descubriría pronto que sería un viaje que jamás podría olvidar.

Todos se mantuvieron en silencio. En realidad no tenían mucho en común entre ellos, y Michael era un hombre poco hablador.

Algunos fueron entrando al aseo de la sala por turnos. El presidente se quedó tranquilo en su asiento sin moverse para nada.

Edward se acercó a Ingrid y le pidió que le acompañase a la cafetería. Mientras salían, Michael los despidió con una sonrisa seca y se decidió a moverse él también. Al menos, para estirar un poco las piernas.

Como no sabía a donde ir, se dirigió al aseo.

Abrió la puerta y entró. Escuchó un ruido. Algo había caído al suelo. Encendió la luz para ver de que se trataba.

Era un bote. Pequeño, plateado. No le dio importancia: al menos en un primer instante, pues del bote empezó a salir un gas a toda velocidad.

Se quedó paralizado, mirando como el gas se extendía por todo el baño. De repente, comenzó a sentirse aturdido, y la estancia empezó a darle vueltas. Se tambaleó. Escuchó una voz que se acercaba. Y unas fuertes manos lo agarraban y sacaban al exterior.

Mientras lo arrastraban, escuchó como cerraban la puerta del aseo tras él.

Cerró un instante los ojos. Y cuando los abrió, estaba sentado sobre una de las butacas, con todos sus compañeros de viaje agachados sobre él. Pendientes de su estado.

Al ver que abría los ojos de nuevo, todos sonrieron aliviados. Jacob estaba a su lado, y le miraba con gesto serio.

Angie fue la primera en romper el hielo.

— ¡que susto papá!

Michael la miró sin comprender nada.

— qué….¿ha pasado? —balbuceó

Jacob tomó la palabra.

—han intentado asesinarle.

Michael frunció el ceño. ¿asesinarle? ¿quién? ¿cuando? y entonces recordó el gas que se extendía rápidamente por todo el baño y el comenzaba a sentirse aturdido. Jacob tenía razón.

— sino llega a ser porque usted tenía la puerta abierta y yo vi el gas. Habría muerto —afirmó el guardaespaldas

 —pero ¿cómo sabe que el ataque iba dirigido a mí?

Jacob tragó saliva. Miró seriamente a su jefe. Lentamente, se sacó un papel del bolsillo. Se lo tendió a Michael, que lo cogió. Era una foto suya, y en letras rojas se podía leer “morirás hoy”.

Apartó la vista. La sola visión de aquel mensaje le resultó aterradora. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo.

—¿dónde estaba?

—al lado del bote de gas. Debió pasársele por alto al sentir el efecto del gas.

Angie, su hija, se colocó a su lado y observó la foto. Al leer el mensaje, soltó un grito ahogado. Todos comenzaron a murmurar cosas entre ellos.

—esto es terrible Michael. No debe salir a la luz, o afectará a tu imagen —afirmó seriamente Arnold.

Michael lo miró, extrañado. Como de costumbre, pasase lo que pasase Arnold siempre estaría preocupado por su imagen pública. Era demasiado profesional. En el fondo no podía reprochárselo, pues era una cualidad que adoraba en sus trabajadores.

En ese momento, Edward e Ingrid regresaron de la cafetería. Ambos iban relajados, riéndose, ajenos a lo que acababa de pasar.

Cuando se percataron de que todos estaban alrededor del señor  Michael con caras serias. Se acercaron. Jacob les informó rápidamente de la situación.

Entonces, Angie, cogió a su padre del brazo y le dijo que le vendría bien ir a la cafetería a despejarse un poco. Jacob fue tras ellos.

Una vez allí. Angie le ofreció uno de los taburetes de la barra y le pidió un refresco. Los tres se sentaron. Michael resopló, aturdido por la insólita situación en la que se encontraba.

—¿quién crees que pudo haber sido, padre?

Él la miró y suspiró.

—no tengo ni idea —dijo cubriéndose el rostro con las manos

—lo que no entiendo —dijo Jacob, haciendo una pausa— es cómo el bote aguantó en la puerta justo hasta que entrara usted. ¿Cómo es que nadie lo vio?

Reflexionaron unos segundos.

—la única forma que creo que tiene sentido es que el asesino lo colocase justo antes de que yo entrase.

Angie y Jacob intercambiaron una mirada.

—¡ entonces ya está ! —exclamó ella— basta con saber quien entró antes que tu, y ése será el asesino.

—entramos todos, y algunos varias veces. No recuerdo el orden. No era algo en lo que estuviera prestando atención. —cortó Jacob

Michael asintió, mirando su refresco.

—tiene razón. Yo tampoco lo recuerdo. Y dudo que los demás lo hagan. Nadie estaba pendiente de ese pequeño detalle.

Angie soltó una exclamación.

—¡ Ingrid y Edward vinieron a la cafetería después del entrar al baño ! ¿estarían huyendo?

Miró a su hija con interés, era verdad, se habían ido apresuradamente de la sala antes de que todo sucedería, pero no podía asegurar que hubiesen sido ellos los que entraron antes que él.

En ese momento, la camarera que había tras la barra los interrumpió.

—disculpen mi interrupción. Pero no he podido evitar escucharles. Ustedes son los primeros pasajeros que vienen a la cafetería en este viaje.

Los tres intercambiaron miradas expectantes: Ingrid y Edward habían mentido.

—vamos a hablar con ellos —ordenó Michael muy serio

Se levantó airadamente. De repente, era presa de la cólera.

Su guardaespaldas se levantó tras él, con decisión.

—si alguno de ellos es el culpable de ésto, se lo haré pagar —prometió

Y sin más preámbulos, los tres salieron de la cafetería.

Una vez en la sala de las butacas, Michael se acercó a Edward y le pidió que le acompañasen.

Se dispusieron a salir, cuando de repente, el presidente cayó en la cuenta de algo: si todos se iban, Arnold, su asesor de relaciones públicas, quedaría sólo en esa sala. Y él no quería que nadie se quedase sólo después de lo que estaba pasando.

Se volvió hacia Jacob.

—quédate aquí, por favor, Angie ya vendrá conmigo.

El guardaespaldas abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor. Aceptó la orden de su jefe y se sentó al lado de Arnold.

Sin más preámbulos, los cuatro se encaminaron hacia la sala de descanso. Una vez en ella, cuando hubieron entrado todos, Angie cerró la puerta tras ella.

Ingrid y Edward se sentaron sobre la pequeña mesa. Michael se paseó delante de ellos, observando seriamente sus rostros.

—vuestros movimientos han sido muy sospechosos —les acusó

. —nosotros no hemos intentado matarte. Puedes creerme.

Respondió Edward sin mirarlo a los ojos

Michael se paró ante él y lo observó fijamente.

—y entonces ¿por qué mentisteis sobre vuestra visita a la cafetería? —apuntándole con un dedo.

Ambos se sobresaltaron y miraron al presidente sorprendidos. En sus rostros se podía adivinar la pregunta “¿cómo lo ha descubierto?”.

Aquella vez fue Ingrid la que habló.

—está bien, no fuimos a la cafetería…pero señor Michael, nosotros no tenemos nada que ver con su intento de asesinato. Se lo juro.

Él volvió a pasearse por la sala. Miró a Angie, como tratando de adivinar que debía hacer. Se volvió hacia ellos de nuevo, pero, en ese momento Arnold entró en la sala, seguido de Jacob.

Michael miró a su guardaespaldas sin comprender. Éste trató de excusarse con un gesto.

—insistió en venir y no pude detenerle.

El asesor de relaciones públicas asintió, muy serio.

—creo que nos merecemos escuchar todo lo que tengáis que hablar. Ya que no tenemos nada que esconder.

Michael se acercó a él.

—tengo todo el derecho del mundo a mantener conversaciones privadas.

Arnold asió los brazos.

—¡por dios Michael! ¡acaban de intentar asesinarte! Todos estamos intranquilos desde ese momento. ¿Y si fue Jacob y entonces trata de matarme a mí?

El guardaespaldas le fulminó con la mirada. Arnold dio un paso atrás, intimidado.

—no estoy acusándote de nada. Puede ser cualquiera de nosotros, lo cual no hace la situación más cómoda.

Michael bajó los brazos: debía reconocer que Arnold tenía razón. Tenía que ser más comprensivo con ellos, esa situación no debía ser fácil para ninguno.

Pidió a los demás que abandonasen la sala, alegando que quería estar sólo.

Se resistieron, pero al final cedieron a sus deseos, excepto Jacob, que se negó en redondo a dejarle sólo. Le pidió que al menos se quedase en la puerta vigilando. A regañadientes, aceptó.

Una vez sólo, se sentó y reposó los codos sobre la mesa. ¿quién querría verlo muerto?. Era cierto que no era muy agradable con ellos. No era, lo que se decía, un jefe enrollado. Era más bien un jefe serio y autoritario. Distante.

Pero tenía que serlo. Era el modelo de jefe que había aprendido a ser y el que creía que mejor funcionaba para dirigir una empresa. Y ahora, uno de sus trabajadores, estaba intentando acabar con él.

Repasó mentalmente a todos los sospechosos. Para empezar, estaba su hija, la cual ni se le pasaba por la cabeza que fuese la culpable. Después, Edward y su secretaria, Ingrid, ocultaban algo, aunque tampoco veía por qué querrían matarlo. A su socio apenas lo conocía. Tenían un simple acuerdo laboral y ningún tipo de trato personal. Y en cuanto a su secretaria….lo cierto es que no la había tratado todo lo bien que podría, pero de ahí a que quisiera matarlo….

Después pensó en Jacob, su guardaespaldas. Era absurdo pensar que habría podido ser él. Pues había tenido ocasiones de sobra para matarlo, y le acababa de salvar la vida ¿qué asesino prepara una trampa para luego sacarte de ella?. No, desechó esa idea. De modo que sólo le quedaba Arnold, su asesor de relaciones públicas. Lo cierto es que nunca se había entendido del todo con él. Sus discrepancias sobre cómo actuar de cara a la prensa se repetían una y otra vez, pero tampoco veía un motivo suficiente para que le desease la muerte..Tenía que ser un motivo que provenía del exterior. Alguien tenía que estar comprando a uno de ellos para acabar con él. Quizá alguna empresa de la competencia. Conocía varios empresarios que estarían dispuestos a matar con tal de quedarse con el mercado. Pero ¿quién podría haber sido el estúpido que se hubiese dejado  comprar?.

Michael reflexionó durante unos minutos más. De repente, un chasquido se escuchó desde el suelo de la sala. Miró con curiosidad, a ver que era lo que lo había provocado. Se le detuvo el corazón al comprobar que se trataba de otro de los botes de gas como el que había en el baño. Y estaba empezando a soltar ese gas de nuevo.

Alterado, comenzó a moverse por la sala, en dirección hacia la puerta. El gas ya se estaba extendiendo rápidamente, pues aquella sala no era demasiado grande. Sus músculos se estaban entumeciendo por momentos, y su cabeza, comenzando a dar vueltas.

—¡¡¡Jacob!!! —gritó

El guardaespaldas entró al instante en la sala, golpeando la puerta con fuerza. En cuanto se dio cuenta de la situación, agarró a su jefe por los hombros y lo sacó de la habitación.

Una vez fuera, cerró la puerta tras ellos.

—¡ otra vez ese maldito gas ! ¡ demonios !

Michael trataba de recuperar el aliento. Aquél juego estaba comenzando a volverse demasiado serio.

Harto de todo esto. Michael entró como una exhalación en la sala de las butacas. Todos los demás estaban allí, excepto Angie, que acababa de salir del aseo justo en ese momento.

—¿quién ha salido de esta sala?

Angie se acercó a él angustiada.

—Ninguno nos hemos movido de aquí. ¿Qué ha pasado? ¿por qué estás tan alterado?

Resopló, tratando de calmar sus nervios.

—he vuelto a recibir otro ataque en la sala.

Angie sofocó un grito. Todos se levantaron, sorprendidos.

—pero ¿cómo? si todos estábamos aquí.

—excepto Jacob…. —apuntó Edward

Todos miraron detrás de Michael.

—¿dónde se ha metido?

Michael se dio la vuelta. Era verdad, Jacob no estaba allí. Creía que había venido tras él. En ese momento, entró en la sala. Se tapaba la boca con la mano y parecía sujetar algo en la otra.

—¿dónde estabas? —inquirió Edward

Por toda respuesta, el guardaespaldas levantó la mano y mostró el bote de gas a todos.

Michael se alarmó.

—¿para qué has traído esto? ¿es que quieres matarnos a todos?

Jacob negó con la cabeza.

—tranquilo, entré en la sala para cogerlo y así poder examinar su funcionamiento con tranquilidad. Y ya sé como funciona, tiene un sistema de apertura cronometrada. El asesino debió colocarlo mientras estábamos todos hablando hace unos minutos en la otra sala, preparado para que se activase unos minutos después.

Arnold rechistó.

—entonces pudo haber sido cualquiera.

Angie abrazó a su padre.

—padre, esto está empezando a darme mucho miedo. No me siento cómoda sabiendo que hay un asesino entre nosotros. Espero que el viaje termine pronto.

Michael abrazó a su hija. Él también lo deseaba. Pero lo que más deseaba en ese momento, es que ella no fuese herida bajo ningún concepto. Entonces, recordó algo.

—vosotros dos, todavía tenéis algo que contarme. —anunció señalando a Edward e Ingrid con un dedo acusador

Su socio desvió la mirada.

—ni Ingrid ni yo, hemos intentado matarte, puedes confiar en nosotros.

Michael miró a Ingrid. Ella asintió, de forma tranquila. Pero él sabía que ambos seguían ocultando algo.

 —yo lo único que creo es hay algo que no me queréis contar.

Entonces Jacob golpeó levemente en el hombro a Michael.

—discúlpeme. Pero cuando fui a recuperar el bote a la sala, encontré esto.

Abrió la mano. Se trataba de un pendiente. Automáticamente, Michael miró a Ingrid y Angie. Pero no hizo falta esperar mucho más, pues Ingrid se tocó la oreja y dio un pequeño grito de asombro.

—¡es mío! debió caérseme cuando…..

Y calló. Jacob perdió entonces los estribos.

—¡ no es momento para ocultar nada ! —rugió

Edward carraspeó y se irguió.

—está bien. Vamos a acabar con esta farsa. Diré la verdad

Ingrid le agarró del brazo, tratando de detenerle, pero él levantó una mano y asintió con la cabeza.

Michael se cruzó de brazos y lo miró, expectante.

—Ingrid y yo tenemos una relación. Únicamente nos escapamos a la sala para tener intimidad.

El presidente frunció el ceño.

—¿y por qué tanto secretismo?

Su socio suspiró y miró hacia un lado.

—no queríamos que eso afectara a nuestro trabajo. Ni a que tú te sintieses incómodo.

Michael suspiró. Sonrió aliviado. Se alegraba de saber que su secreto se trataba de aquella pequeña tontería, era cierto que en otras circunstancias aquello le habría parecido una barbaridad, pero en ese momento, le pareció algo sin importancia.

Frustrado, se acercó a su butaca y se tumbó de golpe. Jacob se sentó junto a él. El resto de tripulantes ocuparon sus respectivos asientos.

Durante unos minutos, se dedicó a observarlos a todos, uno a uno.¿Quién podría haber sido el culpable?. Trato de encontrar un rostro nervioso que lo delatase, pero todos estaban ensimismados en sus entretenimientos.

Se decidió entonces a levantarse y entrar al aseo. Necesitaba relajarse un poco. Una vez allí, descubrió que en el suelo estaba la foto que Jacob había encontrado. El guardaespaldas debió haberla dejado allí, sin saber donde guardarla.

Observó durante unos minutos su rostro. Después volvió a mirar el amenazador mensaje. Estuvo observándolo durante un rato. Fue entonces cuando lo vio. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?. En esa foto estaba la clave del misterio. Ya sabía quién había sido el asesino. Al fin.

Salió del aseo con aire triunfal. Observó con una sonrisa en los labios a los demás. Ellos seguían absortos en sus cosas. Miró al asesino, ni le miraba. Se sorprendió por la gran temple que demostraba.

Carraspeó.

—amigos. He descubierto quién es el asesino.

Al instante, todos levantaron la mirada. Atónitos. Divertido, observó que el asesino no pudo evitar en su rostro un atisbo de miedo. Michael sonrió aun más.

—dinos padre ¿quién es?

Él le hizo una seña para que se calmara.

—tranquila, en breve lo diré. Antes debo decir como lo he descubierto.

Dio unos pasos, hasta colocarse en el centro de todos ellos. La tensión se respiraba en el ambiente. Michael, con ganas de terminar con aquello, comenzó.

—lo primero. He de decir que me ha sorprendido la identidad del asesino. A decir verdad, nunca lo hubiera descubierto. Ha interpretado muy bien su papel.

—¿cómo lo has descubierto? —quiso saber Jacob

A toda respuesta, levantó la fotografía.

—por esto.

La mantuvo en alto, para que todos la vieran.

—yo no veo nada reseñable.—dijo Ingrid mirando fijamente la foto.

—¿es el tipo de letra? —se aventuró Edward

Michael negó con la cabeza. Su sonrisa se extendía más y más.

—es el tipo de papel: el papel especial que nosotros usamos en nuestra empresa. Y de todos los que aquí estamos, sólo hay una persona que tiene acceso a este papel durante todo el día. De hecho, trabaja con él.

Todos miraron al asesino. Michael asintió con la cabeza.

—efectivamente. Mi secretaria. Ingrid.

Ella se meneó inquieta en su asiento.

—cualquiera pudo haber cogido un folio de mi escritorio. –se excusó, mirando nerviosamente hacia todos lados.

Michael se inclinó sobre ella, sonriente.

—es posible. Pero tu reacción cuando he dicho que te había descubierto ha sido suficiente para confirmar mis sospechas. Sé que ha sido usted.

Edward miró a Ingrid, con los ojos muy abiertos.

—dime que no has sido tú. Dime que miente.

Ella le miró. Su mirada era triste. Se mantuvo en silencio.

Pero para Edward fue suficiente.

—y pensar que he estado saliendo con una asesina…. —dijo, ocultando su rostro entre las manos.

Angie se acercó a Edward, desde el asiento de atrás. Le acarició por los hombros.

—no te angusties. Estoy segura de que ella sólo se acercó a ti para pasar desapercibida como sospechosa, distrayendo la atención con vuestro noviazgo.

Edward la miró. En su rostro se podía leer la pregunta obvia.

Ingrid resopló y se hundió en su butaca.

—sí, Edward. Ella tiene razón. Te utilicé. Y sí, yo soy la que intenté matar al señor Michael.

Arnold y Jacob se acercaron.

—me alegro de que todo haya sido resuelto al fin, y sin ninguna muerte de por medio. ¿el pendiente se le cayó al colocar la botella de gas en la sala verdad? no al estar con Edward, como todos creímos.

Ingrid asintió.

—tengo otra duda —añadió el asesor— ¿como supo usted cuando iba a entrar Michael en el aseo o en la sala de descanso para que el gas le atrapara?

Ingrid le miró. Se encogió de hombros.

—fue simplemente suerte. Colocaba las botellas con la esperanza de acabar acertando.

Todos la miraron horrorizados: le habría dado igual matar a cualquier otro por accidente.

Jacob tuvo suficente, se acercó de forma amenazadora a Ingrid. Parecía tener intención de agarrarla allí mismo y amordazarla. Michael lo detuvo.

—espera, antes me gustaría saber que motivos la llevaron a querer matarme.

El guardaespaldas asintió con la cabeza y dio un paso atrás. El presiendete se dio la vuelta y observó a Ingrid.

—¿quién te ha comprado? ¿alguien de nuestra competencia?.

Ingrid le miró sin comprender.

—¿comprar? no sé de que me está hablando.

Aquella vez, el sorprendido fue Michael.

—¿entonces?…..

Ingrid bajó la mirada.

—yo, quería vengarme por sus gritos. Especialmente desde aquel día que me humilló..

Michael comprendió. Recordaba aquel día en que la había puesto en ridículo delante de toda la directiva, pero seguía sin considerarlo un motivo para querer matarle. Llegó a la conclusión de que aquella chica estaba loca.

No añadió nada más. Hizo una seña a Jacob y éste se abalanzó sobre Ingrid, agarrándola de las muñecas.

—no es necesario —se defendió ella— no me voy a escapar. No tengo a donde huir en este avión.

Pero Jacob se quedó sentado a su lado. El resto, volvió a sus respectivas butacas para descansar el resto del viaje. Había sido un viaje muy ajetreado.

Conoce más sobre el autor en http://caminanteenlasombra.blogspot.com.es/

 

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Una respuesta a ¿Quién es el asesino? (Alex)

  1. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha gustado (y mantenido en tensión) tu relato durante todo el tiempo que he tardado en leerlo. Un saludo literario. Amaya

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