Un Tedeum Celestial ( Albertocinco)

Cualquiera puede escribir una historia cualquiera sentado en una piedra, frente a un rio. En el ámbito de un fresco amanecer, una dulce mañana, una calurosa tarde o una veraniega noche. Al lado de la rivera, escucho perplejo el tintineo de la corriente de agua en su recorrido, ese sonido melódico que el fluido expresa en sus embestidas contra las rocas, un eco que se riega hacia el firmamento, que semeja un coro de niños huérfanos que han sido acogidos en un convento de monjas, bajo el marco de las notas rítmicas de un viejo clavicordio de rancia iglesia de pueblo, donde manos invisibles hincan sus dedos en las teclas musicales. Compagino mi ser enganchado en el ambiente y subyugado por el entorno, el suave recorrido de las aguas que me permiten esconder la esencia de mis lamentaciones. Lo mío es el crepúsculo. Distraigo mi melancolía cuando observo el revoleteo de las mariposas o de los pequeños colibríes, que extraen el dulce néctar de las flores erectas y de brillantes tonalidades, alertas para atraer a los polinizadores, como copulando en la naturaleza. Abejas en su plan de trabajo cortejan unos hermosos vástagos, retoños que exhiben un color difuminado violeta con bordes blancos, fragancias que conmueven la sensibilidad. La contemplación triste llena de añoranza, busca el encanto adverso a mis tribulaciones, descansa en ese contacto del color amarillo de los animales chupando el elixir de su tesoro. Hay un recital en este jardín silvestre de diferentes tonalidades, tal la paleta del artista cuando plasma su creatividad en el lienzo, percepción esplendorosa que cala en la dialéctica de mí ser.

 

Se desplaza mi reflexión, evadiendo toda conjetura, el presentimiento amargo, hacia otros confines de eufónicos contrastes, de colores de arco iris, disparidades de eventos que inundan los ojos entre luces ocultas en lo más recóndito de la creación. Es la materialidad que nos rodea. Lo etéreo aparece en el instante, intuición sutil que se esparce en lo abstracto, como galaxia terrenal que surge en la proximidad de la nebulosa oscuridad. Se percibe la presencia de Ángeles y Arcángeles que rondan por el entorno, rastreando donde encontrar personajes para su protección y abrigo; el Arcángel San Gabriel,  el inspirador  de artistas, cantantes, bailarines, poetas y escritores, anda por ahí para allegar creatividad; el Arcángel Miguel, enemigo de Satanás; el Arcángel San Jophiel, el de las decisiones acertadas. ¡Sí, mi imaginación! Evocación del ayer. “Y que yo me la lleve al rio creyendo que era mozuela, pero tenía marido…” aquellas épocas de Federico García Lorca. Por que la quiero y ella también me quiso. “Voy a escribir los versos más tristes esta noche…” Y este caudal que observo, inspirador de odas, poemas que se convierten en tonadas, en canticos: tu tu tu tun tu tu, “el rio Badillo que fue testigo de que te quise, en sus arenas quedó el reflejo de un gran amor…” Taciturna rememoración de lo perdido, en un desconcierto brumoso sin entender el desamor. Destroza mi alma. Ella.

 

Leyendas memorables que enriquecen, alegorías de héroes y heroínas que se repiten. Arboles que sombrean el espacio, desordenados, como rompiendo filas, parecen conversar sobre la hermosura de cada uno de ellos, de su altura, de su espesor, de su lujuriante presencia o aquellos, que por suerte, entran en declive para cumplir su proceso final. Cuantas primaveras. ¡Todo tiene su final! El amor… ¿también? ¿Lo creo? El viento, voces chillonas, como un concierto de desarmonías, porque hablan y hablan sin ningún eslabón de continuidad, como un alocado juego de luces en un tablado lleno de comparsas. Y de pronto el sosiego que inunda todo, ese silencio inmutable, ahí están el sístole y el diástole, mis nervios y luego la interrupción esporádica por algún silbido inherente al recinto, esa paz sostenida que permite dar paso a la resonancia de mis palabras votadas hacia la brisa. Entonces, no estoy solo, hay alguien más, pero lejos, lejos, porque no lo veo, solo sé que grito y él responde mis últimas expresiones. ¡Abandono!… ¡No!  Por allá, desde la montaña, esa cumbre que encierra tantos misterios. Sonrío. Platico con el incognito, una y otra vez en un verso monótono. Luego, el fantasma de la soledad, el temor a la grandeza, el sonido, el ruido, son la fantasía de mi clarividencia. Imagines que me acompañan como queriendo participar en una obra de teatro, en un escenario verde con telones de la misma coloración. Accionan y se ríen brincando al compás de una melodía imaginaria, dando tumbos y coqueteos para sobresalir en el espectáculo. Es la burla al indigente, súplica de sentimientos.

 

Ella, ¿dónde está? “Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido” Una historia de pasión podría crearse aquí. Mejor está escrita. Que alucinación. Amores trágicos que el atrevimiento del destino así lo decide. Enamorados de amores imposibles que buscan su esencia para expresar sus caprichos, ocultos bajo la espesura de los arbustos, ignorados y entregados a sus devaneos, tomados de las manos ante la libertad oculta, sus miradas entregadas al albedrío con licencia para amar. Es la ocasión, es la oportunidad precisa, donde no se puede perder un instante del tiempo que marca inexorable cada momento ido. Aquí no hay lugar para el desperdicio, el aprovechamiento donde cada instante se convierte en eterno. La mujer amada y el hombre ardiente, es el amor fuerte y pasional. Es el amor revelado. Y sucedió y se vivió y se fué y no volvió. Hoy te quiero y mañana te abandono. Ayer fué, ahora no lo es, quedó atrás, en un antaño relegado. Vivir hoy, disfrutar hoy y luego seguir o no seguir, el optimismo para un nuevo deseo, un nuevo delirio, un frenesí que busca una aventura más o un insólito amorío. Otro ser, otro romance, como el zíngaro trashumante. Nos conocemos, nos contemplamos, nos gustamos. Mujer y hombre, los encantos de la conquista, la seducción, la alegría de lo obtenido. ¡El botín es nuestro! Tu y yo, pero… si… hay un pero, hay un perdedor, derrota anunciada.

 

Y el público, ¿dónde está el público de este sainete?  Años y años han pasado. Esto está lleno de espíritus. ¿Duendes, fantasmas? Seres irreales, almas que deambulan jugando a que me escondo y te encuentro. Esto es un inmenso auditorio de espectadores invisibles que hacen sentir su presencia. Los aplausos saturan, atiborran cada espacio, con su rechinar constante, como un efecto dominó. Siento su presencia, son calendas sucesivas marcadas en lo remoto del ayer. Todos hablan, discordantes, en sus lenguajes primitivos. Aquí si hay miles y miles de efemérides que este afluente de agua quisiera expresar, pero es un juramento solemne para no revelar lo vivido. Surgen el macho y la hembra, cada uno en su papel protagónico. Surge el perseguidor detrás del adultero, el que quiere vengar su ofensa, la traición. Surge la envidia ante la escasez de un antojo. Surge el cómplice, la celestina con su sarcástica carcajada, manoseando el dinero, fruto de su alcahuetería, tal como bruja satisfecha. Surge la tragicomedia de Calixto y Melibea. Aquí hay una leyenda.

 

La lluvia, vaporosa, frugal, refresca cada porción de tierra, que descansa gota a gota sobre la fertilidad de las parcelas para renovar en su proceso lógico cada porción del suelo firme. Renacer, renovar el alimento salvaje para que la mano del hombre haga su mutación, su trabajo de artesano, es el ritmo de la vida que gira y gira incasablemente. Y en este cosmos no podría faltar la mujer. Está ahí, desnuda, en su condición de Eva, impoluta y seguramente virgen, en medio del líquido que como licor acaricia su piel, despojada de todo conflicto mental para hacerla más pura, virtuosa, inmaculada. “Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío…” Y que grandioso cantarle a la doncella del reino, casta esplendorosa que absorbe los rayos del sol, que la escarcha convierte en pequeñísimos cristalinos que fulguran desde su silueta, infinidad de lucecillas resplandecientes en el horizonte, destellos que vislumbran y encandilan a los ojos que quisieran contemplarla, pedazos de su hermosura que deslumbran el instante, seres emocionados ante la sensualidad de su figura regada por las migajas de rocío. Si, es ella. No importa la deserción. Y el varón, devoto, apegado a su función de reproductor, en su misión natural para accederla en su erotismo y romper su capullo, convertirla en madre, esposa o amante. Aquella noble, sincera, asexual, domestica, dependiente, buena, decente, fiel, discreta, religiosa y leal. La otra, unas veces si otras veces no, fiel o infiel, algo que marca su misticismo o tentaciones mundanas para su deshonestidad: sexual, salvaje, independiente, mala, indecente, promiscua, viciosa, descarada e impura. Y ésta última, manceba o concubina, consciente de su lugar, paciente en sus actuaciones, soportando su condición, dominada y sumisa, pero, de pronto, un chispazo, que revota con rebeldía en sus exigencias para buscar su libertad y someter a su antojo a su mancebo de turno. Son las cosas del caprichoso enamoramiento o del coqueteo para buscar un beneficio. Existe un derrotado. 

 

El día perece, se consume y la tarde entra en agonía, remata en un ocaso, sombras en la postrimería, ley inexorable que debe cumplir todo lo terrenal. Son las cosas de Dios, el altísimo omnisciente que nos acompaña, que nos regala en tiempo limitado instantes para disfrutar de las bellezas tangibles del universo, para arrastrar esa sensación dentro de sí y el afecto hacia la inmaterialidad del placer mundano. Iniciar y terminar, pero, al fin todo declina en el fin. Manantial de suspiros. En la alborada, flamante y rozagante; en la puesta del sol, marchito y acabado. El entremés baja el telón. ¡Arroyo que mis ojos ven! ¿Torrente, a dónde vas? Despójame de mis calamidades, trasborda mis recuerdos y déjame con el olvido. “Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella”. Cualquiera puede escribir una historia cualquiera sentado en una piedra, frente a un rio.  

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Una respuesta a Un Tedeum Celestial ( Albertocinco)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu escrito. Un saludo literario. Amaya Puente de Muñozguren

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