El valle perdido (Alberto Casado)

De muy difícil acceso e imposible regreso, el Valle Perdido se halla oculto a las miradas indiscretas. Los humanos no saben de su existencia; si alguno ha logrado entrar, jamás ha retornado a su hogar. Las leyes son estrictas y se aplican a todo aquel que ingresa en la hoya. Una vez dentro no hay marcha atrás, y te conviertes en ciudadano o pasas a formar parte del recuerdo. Muchos son los que intentaron huir, pero ninguno logró sobrevivir. Los vigías acechan por aire y por tierra, y no se les escapa el movimiento de un ratón o el vuelo de un halcón. El rey impone sus normas con mano firme, pues está en juego la supervivencia de su hábitat natural. Las especies animales y vegetales que moran en el valle son muchas, algunas desconocidas para botánicos y biólogos. La hondonada se mantiene tal cual desde que el Dios creador la diese forma. La magia fluye en su seno gracias a la intervención de un ser dotado con poderes asombrosos.

            Hasborg es el rey del valle. Por su aspecto físico diríamos que es un simple oso pardo, pero cometeríamos un craso error, pues no se trata de un plantígrado cualquiera, sino del primero de su especie. Fue puesto ahí por el Creador para que rigiera el destino de los habitantes del valle. Para hacer más fácil su tarea, se le dotó de poderes especiales como la telepatía, la telequinesia o el hipnotismo. En realidad es un oso mago cuyos dones son innumerables y asombrosos. De hecho, es quien creó la lengua común del valle, gracias a la cual pueden entenderse todos los seres que lo habitan.

            De tres metros de alto, feroces mandíbulas y afiladas garras, Hasborg impresiona por su aspecto físico, pero lo hace aún más por su sabiduría y carácter conciliador. Así, solo impone castigos cuando ha agotado los demás recursos a su disposición, que no son otros sino el diálogo, saber escuchar y utilizar una rara pero efectiva habilidad de persuasión. Sin embargo, es inflexible con el cumplimiento de las leyes del Reino del Valle, leyes que fueron dictadas en los primeros tiempos por el Supremo.

            Su ejército está formado por osos pardos (la mayoría pertenecientes a la subespecie Grizzly), negros e incluso polares ―es curioso cómo estos últimos se han adaptado a un clima mucho más benévolo que el existente en su Antártida natal―, secundados en el aire por un batallón de águilas culebreras y una compañía de espléndidos azores. En las cumbres que rodean al valle, los pumas vigilan las entradas y salidas. Su feroz aspecto desentona con la amabilidad que demuestran en el trato diario con las demás especies; pero, cuando han de evitar que alguien salga, lo hacen sin contemplaciones.

            El valle es como un arca de Noé donde animales y plantas fueron traídos en los primeros días desde sus lugares de origen. Algunos, los menos, existen desde entonces; otros, son los descendientes de aquellos pioneros. El Reino del Valle es un lugar sin parangón situado en el planeta Naturis, perteneciente a una galaxia alejada millones de años luz de nuestra Vía Láctea. Los seres que lo pueblan fueron capturados en la Tierra y otros cuerpos celestes y traídos aquí para evitar su extinción, o al menos eso es lo que dice el rey Hasborg, primer habitante del valle, cuya edad es una incógnita incluso para él mismo.

            La composición del aire respirable es similar a la del planeta Tierra. El conocimiento por los humanos de la existencia de Naturis supondría la extinción de la mayoría de las formas de vida de este mundo, pequeño en cuanto a su tamaño pero importante reserva biológica. El valle ocupa el 80 % del planeta y la superficie ajena a este está formada por decenas de volcanes y áridas tierras. Hasborg está seguro de que el hombre usaría a Naturis como alternativa a la superpoblada Tierra. Las naves espaciales tripuladas por humanos aterrizaron aquí en un par de ocasiones. Los astronautas insistieron en dar a conocer a los habitantes de su planeta la existencia de este mundo habitado por animales racionales; ello les costó la vida. Muy a su pesar el rey oso tuvo que ordenar su ejecución, ya que peligraba la supervivencia del planeta. Pero eso fue hace muchos años y acabamos de entrar en el año 3000 de nuestra era.

            Disculpen que aún no me haya presentado, pero acontecimientos recientes me han tenido muy ocupado. Me llamo Stricher y soy el cronista real. Mi trabajo consiste en dejar constancia de cuanto sucede en Naturis. Soy algo así como un notario cuya función es certificar la realidad del presente, pasado y futuro. Soy vidente y eso me permite anticiparme a los acontecimientos, lo que facilita la toma de decisiones por parte del rey. Yo ya existía antes de la creación de este mundo, pues fui cronista de otros mundos, ahora extinguidos, y permaneceré aquí hasta que Naturis corra la misma suerte. Pero no quiero desviarme de lo que me mantiene ocupado: el reciente aterrizaje de un transbordador espacial procedente de la Tierra. Acabo de ponerme en contacto con el rey oso, quien ha ordenado que se active el protocolo especial para estos casos y ha enviado al destacamento de exploradores, quienes se encargarán de establecer contacto visual con los invasores.

 

            La nave terrícola se vio obligada a realizar un aterrizaje de emergencia como consecuencia de un fallo mecánico. Su misión era la de localizar planetas viables para la raza humana. La llegada a Naturis fue pura casualidad. Los cinco tripulantes salieron ilesos del encontronazo contra el borde de un inmenso cráter, mas el transbordador resultó muy dañado. Martha Evans era quien estaba al mando y quien ordenó la apresurada salida de la nave en llamas. Giuseppe Bollini, Andrés Suárez, Isaac Wayne y Karol Mindlenton completaban la tripulación.

            Aunque la salida fue un tanto calamitosa, en seguida comprobaron que el aire era respirable; eso hizo que suspiraran de alivio, ya que al menos no morirían de asfixia.

            La nave quedó para el desguace. En el rostro de los astronautas se notaba el desconsuelo, pues era del todo imposible que el transbordador pudiese ser reparado, y menos en un planeta donde no contaban con los medios necesarios. Solo les quedaba la esperanza de que el dispositivo de rastreo siguiese funcionando y emitiese la señal que sirviese para que los rescatadores de la NASA los localizaran.

            Mientras Isaac y Karol se encargaban de hacer el recuento de las provisiones y el agua, el resto, que ignoraba la existencia de un auténtico paraíso a pocas millas del lugar donde se encontraban, intentaba orientarse en aquel desierto repleto de cráteres volcánicos. A simple vista no había recursos acuíferos que les permitiesen sobrevivir al calor sofocante que allí reinaba, mas tenían la esperanza de hallarlos, pues las condiciones climáticas eran muy parecidas a las del planeta del que procedían. No apreciaron nubes que pudiesen descargar lluvia ni viento que hiciese más llevadero el calor, pero sí se percataron de la presencia de pequeños brotes de hierbas que presagiaban la existencia en ese mundo de formas vegetales más complejas. Una vez finalizado el recuento y la primera inspección ocular, era el momento de ponerse en camino.

            Al principio caminaron despacio, tanteando el terreno, pero pronto cogieron confianza y aceleraron el paso. El italiano Giuseppe fue quien observó con sus prismáticos de largo alcance al primer ser vivo: una gigantesca serpiente, de tamaño parecido a las enormes anacondas suramericanas, pero de un llamativo e intenso color rojo. Martha supuso que el ofidio no tendría depredadores que lo acosaran, de ahí el innecesario camuflaje. El reptil captó la presencia extraña y se escabulló entre las rocas, dejando a los humanos con las ganas de obtener una buena provisión de carne. Al rato presenciaron el paso en fila india de un grupo de enormes hormigas negras que cargaban con su alimento (parecía tratarse de una especie nativa de saltamontes violáceos); pero, como sucediera con la serpiente, se ocultaron entre las grietas del seco terreno por donde transitaban. «La presencia de reptiles e insectos es indicativo de la existencia de agua, necesaria para nuestra supervivencia, así como la certeza de que podremos alimentarnos de algún modo», pensaba Andrés, el astronauta mejicano.

            La aridez inicial fue cambiando paulatinamente. Pronto se toparon con los primeros helechos y algunos diminutos árboles de los que colgaban extraños frutos. Los astronautas no sabían si estos eran venenosos. El hiperactivo Wayne en seguida les hizo salir de dudas al meterse uno en la boca. El aspecto exterior era similar al de un higo, pero el interior estaba repleto de un jugo lechoso como el de los cocos. Según palabras del catador, eran deliciosos. Ante tal afirmación, los demás reaccionaron y comieron con fruición los ricos frutos, aun a riesgo de que les sentasen mal a sus organismos. Por fortuna no sucedió tal cosa y los cinco saciaron su hambre para el resto de la jornada. Cuando el Sol de Naturis declinaba por el oeste, los humanos acamparon bajo unas enormes rocas. Se taparon con ponchos impermeables y en seguida se quedaron dormidos. Estaban tan cansados que ni se plantearon la posibilidad de poner centinelas nocturnos.

            Los exploradores se sirvieron de la oscuridad de la noche para acercarse a los invasores, a quienes observaban desde la copa de un esbelto árbol con sus ojos saltones. El destacamento estaba formado por un sexteto de camaleones gigantes, muy hábiles en las técnicas de camuflaje, y un lagarto volador, que ejercía las funciones de jefe. Un pequeño buitre rompehuesos hacía la función de enlace con los pumas y las águilas apostados en las estribaciones montañosas que rodeaban el Valle Perdido. Cuando se estableció el contacto visual, el buitre levantó el vuelo y comunicó la noticia a la primera águila culebrera que encontró. Esta, a su vez, informó al general al mando del ejército de osos, quien personalmente se puso en comunicación con el rey. El monarca transmitió al general sus órdenes y se repitió la cadena de mando en sentido contrario. Al final el lagarto asintió con la cabeza y murmuró algo a los camaleones, los cuales se acomodaron en las ramas a la espera de que saliese el sol. Al parecer Hasborg había optado por la precaución, de tal manera que los exploradores se limitarían a seguir a los invasores en su deambular por el planeta sin ser vistos (quizá parecieran cautelosos en exceso, mas el temor a un enfrentamiento con criaturas desconocidas les obligaba a actuar de ese modo). Pero los astronautas estaban desarmados, cosa que aún no sabían los nativos.

            Al amanecer el grupo reinició la marcha. Cuando estaban llegando al lugar donde los vigías se ocultaban, los camaleones se subieron sobre el lomo del enorme lagarto volador, el cual desplegó una especie de alas con las que planeó hacia un ejemplar más tupido. La presencia de vegetación iba en aumento y era frecuente toparse con colonias formadas por decenas de árboles de altos troncos con grandes y frondosas ramas. Martha había dormido bien y estaba más animada, estado que contagiaba a los demás integrantes del peculiar grupo de terrícolas. Pronto divisaron amplias formaciones boscosas y distinguieron centenares de animales diversos, sobre todo aves de colores llamativos; al parecer allí predominaban los colores vivos. A continuación le llegó el turno a las primeras estribaciones montañosas, ya en la frontera con el valle.

            En ese punto fue donde la tensión se incrementó entre los exploradores. El jefe lagarto envió a un nuevo emisario. Hasborg recibió la noticia del pequeño albatros y dio las órdenes oportunas en aras a defender, si fuese necesario, su exclusivo ecosistema. Así, cada habitante del valle sabía qué hacer en situaciones de emergencia y se prepararon para repeler un posible ataque. El ejército del aire se apresuró en apilar rocas y piedras de gran tamaño, por si tuviesen que usarlas como proyectiles, mientras la infantería ―constituida en su mayor parte por osos y pumas― afilaba sus garras. Un escuadrón de elefantes y otro de kiwis formaban la caballería, cuyos jinetes (mandriles y babuinos) esperaban ansiosos el momento de intervenir. Y es que una presencia extranjera de tal magnitud no se había producido desde hacía siglos.

            El lagarto y su cohorte de camaleones seguían a los intrusos desde las alturas. Estos últimos detuvieron su marcha cuando se toparon con un inesperado amasijo de hierros. En seguida los identificaron: los restos de un transbordador dado por desaparecido hacía tres lustros. La bandera de las Naciones Unidas no era más que un trapo hecho jirones. Pero lo más emotivo fue comprobar que la esquelética mano de uno de los tripulantes no se había soltado del palo de la bandera. El impacto había sido brutal y era muy probable que no hubiese sobrevivientes. De hecho, al rato hallaron los demás cuerpos entre las toneladas de metal retorcidas. Martha ordenó que se diese sepultura a los cadáveres y ella misma pronunció unas palabras en su honor. Mientras, los exploradores observaban atónitos la rara costumbre de los humanos de enterrar a sus muertos.

            Una vez sepultados los cinco astronautas fallecidos, los reemplazantes en ese misterioso planeta descansaron y se comieron sus últimas provisiones. Después prosiguieron su marcha en busca de un lugar donde establecer un campamento provisional. El terreno se había tornado sumamente abrupto y tuvieron que unirse con sogas unos a otros por seguridad. Así, caminando en fila india, atravesaron los primeros barrancos. Los pumas ya divisaban al enemigo, pero no tenían orden de atacar, por lo que se limitaron a avisar a las tropas del valle de la proximidad de los humanos. Hasborg se mordía literalmente las uñas por la tensión del momento, pero trataba de no dar señales de debilidad. No le gustaba la violencia e intentaría evitarla hasta el último instante, mas la seguridad de los suyos estaba por encima de todo.

            Martha, Karol, Andrés, Giuseppe e Isaac se adentraban en el corazón del Reino del Valle. El vergel que se presentaba ante sus ojos les causó una grata impresión. Aunque aún tenían por delante varias horas de descenso pedregoso, sus mentes barajaban la posibilidad de sobrevivir al accidente. El italiano era quien más exteriorizaba su estado anímico, pues silbaba y canturreaba como si estuviese de excursión en el campo. Tanto escándalo armaba que Isaac hubo de llamarle la atención; Giuseppe dejó de mostrar su alegría, pero en su interior siguió tarareando lindas canciones venecianas. De pronto, el mejicano, que iba en cabeza, levantó la mano para que los de atrás se detuviesen. Al parecer acababa de descubrir un estrecho desfiladero en bajada que los podría conducir al llano. En efecto, siguieron la senda rocosa marcada por Andrés y al cabo de dos horas estaban pisando el verde pasto del Valle Perdido. El hallazgo del desfiladero y la llegada de los astronautas al corazón del reino produjeron una conmoción entre los habitantes de Naturis. A Hasborg no le quedó más remedio que reunir a las tropas y marchar a paso ligero al encuentro con el enemigo.

            Los terrícolas se quedaron de piedra cuando en cuestión de segundos se vieron rodeados por aire y tierra por cientos de peligrosos animales. En estas circunstancias y sin una simple pistola con la que defenderse, pensaron que les había llegado su hora y que serían devorados por las alimañas. Sin embargo, el gran oso utilizó su poder de hipnosis para poder comunicarse con los extranjeros, quienes involuntariamente contestaron a las preguntas del plantígrado.

            ―¿Quiénes son, de dónde vienen y qué quieren obtener de nuestro planeta? ―preguntó por triplicado Hasborg, aunque intentando ser conciso.

            ―Viajábamos en el transbordador espacial de la NASA, de nombre Atlántida, en misión de exploración del espacio exterior ―respondió Martha Evans, que añadió a continuación―: Nuestras intenciones son pacíficas; de hecho, hemos aterrizado de emergencia en su planeta de manera fortuita, por lo que no sabemos dónde estamos ni si podremos regresar al planeta Tierra, del que procedemos.

            Los lectores se imaginarán las caras de estupefacción de los astronautas al ver que su jefa hablaba en una extraña lengua con un oso y que, además, comprendían lo que ambos decían. Antes de que Hasborg interviniese de nuevo, Martha intentó dejar varios puntos en claro.

            ―Distinguido oso ―es obvio que la humana no sabía cómo tratar al rey del valle, pues nunca se había visto en una situación como aquella―, me gustaría dejar claro que somos seres pacíficos, que no portamos armas y que solo estamos de paso. Asimismo nos comprometemos a no interferir en la vida cotidiana de este lugar y a hacer lo que esté en nuestras manos para facilitar la convivencia…

            ―No continúe con su cháchara sin sentido ―interrumpió Hasborg―, pues ustedes no abandonarán nunca este planeta. Espero que lo comprendan, pero lo contrario supondría un peligro para la supervivencia de nuestro mundo, ya que de sobras es conocida el ansia imperialista de su raza. Ustedes se apropian de lo ajeno allá donde van y son los causantes de la desaparición de muchos mundos ―sentenció el mandatario.

            ―Es lógica su desconfianza, pero nada han de temer de nosotros, pues su planeta es demasiado pequeño para albergar siquiera a una mínima parte de nuestra superpoblada Tierra. Yo les prometo no dar a conocer a otros miembros de mi raza la localización de su bonito planeta. En la Tierra nos encontramos en el año 3000 de nuestra era. La escasez de agua y alimentos ha hecho necesaria la búsqueda de otros cuerpos celestes viables para la raza humana. El suyo es apto pero demasiado pequeño, por lo que sería injusto siquiera sugerir que lo utilizáramos para una mínima parte de nuestra población…

            ―Déjese de discursos conciliadores, se lo ruego ―interrumpió de nuevo el oso, enojado por las supuestamente inocentes palabras de la humana―. No es la primera vez que nos topamos con habitantes de su mundo. Ya en otras ocasiones nos hicieron promesas que nunca fueron cumplidas y, lamentablemente, tuvimos que poner fin a sus existencias. Con esto les quiero decir, por única vez, que nunca abandonarán el valle y que podrán quedarse entre nosotros, si gustan, o perecer en un hipotético intento de fuga. Respecto a la comunicación con el resto de las especies, no será un problema, ya que, cuando desaparezcan los efectos de la hipnosis, realizaré un conjuro permanente con el propósito de que aprendan la lengua común de mi reino.

            Los viajeros del espacio sabían que tras la colisión y el estado en que había quedado la nave, las probabilidades de salir de aquel nuevo planeta eran casi nulas. Pero si a eso añadían la exigencia de un enorme oso parlanchín, según la cual no se les permitiría abandonar Naturis, las cosas se complicaban aún más. El entrenamiento recibido en la NASA no preveía la posibilidad de que se interrelacionaran con animales dotados de la capacidad para hablar, y menos que se tratase de seres racionales; pero las mentes de los astronautas asimilaban rápidamente los cambios evolutivos acaecidos en aquel planeta. Mientras los terrícolas reflexionaban sobre su inminente futuro, Hasborg fijaba las condiciones de la permanencia de los humanos en el valle. Estas se resumían en cuatro puntos:

  1. Los extranjeros acatarían las normas que regían el Reino del Valle al igual que cualquier otro ciudadano.
  2. Los humanos se someterían a las autoridades de Naturis sin inmiscuirse en su labor.
  3. Los nuevos ciudadanos contribuirían personalmente a su integración con el resto de la población del planeta.
  4. Bajo ninguna circunstancia se permitía la salida al exterior del valle a ningún humano sin autorización expresa del rey y sin la presencia de la obligada escolta.

Los astronautas consideraron excesivas las condiciones de obligado cumplimiento que les imponían; pero, como eran manifiestamente inferiores, no les cupo otra que acatar las normas. La convivencia y el aprendizaje mutuo fueron sencillos, pues ambas partes pusieron empeño en ello. Así, transcurridos seis meses desde que se produjo el aterrizaje forzoso, la integración de los terrícolas en el nuevo mundo era un hecho. Apenas se acordaban de la convulsionada Tierra, tan solo de las familias que quedaron atrás.

            Sin embargo, cuando por primera vez en la historia de Naturis se había conseguido integrar entre su población a seres humanos, la felicidad terminó. Y es que en la Tierra se había organizado una amplia misión de búsqueda y rescate del transbordador desaparecido, a resultas de la cual una decena de naves se aproximaban al hasta entonces tranquilo miniplaneta. Gracias a que el dispositivo localizador del Atlántida había seguido prestando su servicio, la NASA pudo localizar el lugar de donde procedía la señal. Ahora las naves de guerra terrícolas se acercaban a Naturis.

Del aterrizaje de los soldados, de su contacto con los habitantes del Valle Perdido, así como del papel que jugaron los cinco astronautas, les hablaré en otra ocasión. A mí, como cronista real, me preocupa el futuro de nuestra civilización, ahora en peligro por la llegada desde la Tierra del contingente militar. Procuraré tomar nota de manera imparcial de cuanto acontezca y, no tardando mucho, se lo haré saber. Gracias por su atención y hasta la próxima.

                                                                      Stricher, cronista del Reino del Valle

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6 respuestas a El valle perdido (Alberto Casado)

  1. manolivf dijo:

    Un relato que desborda imaginación, Alberto. Muy creativo. Un saludo.

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Gracias, amiga. Y felicidades por ser seleccionada para la revista trimestral de Falsaria. Allí nos vemos de nuevo. Saludos.

  2. Jesus dijo:

    Un nuevo género no visto en esta parcela: El cuento. Bueno, yo escribí uno a mi hijo, así que aunque la historia es infantil, no deja de ser una historia

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Me gusta bastante escribir cuentos, de ahí que haya publicado tres obras de ese género. Gracias por dar tu opinión. Saludos.

  3. Pedro dijo:

    Muy interesante y me quedé con ganas de más . Saludos

    • Alberto Casado Alonso dijo:

      Gracias por tu comentario, Pedro. La limitación del espacio nos impide explayarnos como a veces nos gustaría. Pero pienso que este cuento refleja un poco mi amor por este género literario. Un saludo.

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