Ni ni,ni no, no sí, sí ni (Gisela Vanesa Mancuso)

2015. Todo sigue igual. O quizá no…
O quizás sí.
O no.
O Quizás sí.
Me duele mucho más en los pies la grieta en la copa de cristal y el único pie de cristal de la copa.
Me duele. Me duele.
O quizás no.
Tal vez solo es, solo es tal vez, tal vez tal, o el revés de la vez y ya no exista el tiempo tal como para mi gata gris empolvada con los ripios de la construcción en la casa.
Convención en la que no he participado. Ni mi gata gris que duerme la siesta a la mañana y sale a jugar a la medianoche.  
Convención de llamar “tiempo” a algo que corre camina corre c a m i n a y ahora, a mi edad contrariada, corre corre corre. Corre más que antes.
Tal vez ni edad tenga.
Tal vez este año solo me defina como una persona que se ha despertado humana una tarde lluviosa de nubes cristalinas que se partieron sin dejar de ser nubes. Nubes rotas.
El tiempo está roto. Se cuajó en la intermediación de una gran convención innecesaria, en la necesidad inventada de la demanda de que sea o seamos “algo” perentorio que demanda el mundo.
¿Pero qué del mundo cuando el mundo para uno es una gata gris, de bigotes largos, de unos ojos más verdes que la hoja verde que ni mide ni sabe cuándo va a caer, seca, enrollada, plegada sobre sí, para hacer ruido, mucho ruido en el manoseo de unos pasos? Mucho. Mucho ruido glorioso, imperial, cuando le llegue y festeje humilde, a nuestros pies, su muerte.
Quizás hay una ilusión.
Quizás nos sueñan los que se apartaron de la transparencia de la copa vacía.
Quizás nos dicen que esto que está sucediendo con mis manos mientras teclean es el tiempo y que es necesario sonreír con todos los dientes, amar con regalos importados.
Me duele mucho más. La uña. El pelo. El ovillo de lana que se deshace al hacerse tejido. El cuerpo agobiado de la araña frente a la telaraña rota. La mariposa que intenta su tiempo sin tiempo con un ala partida por el vendaval.
Quizás me haya despertado para no permitir que sueñen por mí, para impedir con las uñas de los pies amenazantes que me pendan un reloj en el tobillo para que aflore el olvido del día en el que mi cuerpo desea estar.
Nada de lo que se espera cambia.
Solo un proceso, retroceso, progreso se va abriendo como una flor de pasionaria y cada año se despunta un pétalo o una lluvia de diccionarios que le asignan la hora a la vida, que le asignan la muerte a una palabra.
Me duele el viento, me duele que no pueda entrar a mi casa, me duele que no pueda ser viento y acunar mis ventanas hasta romper los vidrios desde donde espío la vida de los otros cuando pasan con las bolsas de las compras.
Quizás no. O quizás sí. Porque no tengo más ideas que dudas. Y entonces este año puede que no sea más que el balbuceo de una noción o una agenda. Quizás solo un fuego artificial que estalla adentro y que replica sus chispas en hojas en blanco donde las palabras caminan, caminan, ca-mi-nan y corren corren corren hacia el abrazo partido de mis partes tangibles, de mis oídos en los que zumban todavía los gritos y los silencios que me han hendido y se replican cuando quieren.
¿Tiempo?
Quizás no.
Quizás el mundo de uno, pasado, presente o futuro no elija cuándo volver a hacer sonar con estridencia las campanas que han roto la copa de cristal que me duele.
 
 
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