Dios nos ha cobrado el doble (Jesús Delgado Morales)

   Y llegó el 24, la noche soñada, la noche de reunión familiar. Desde las diferentes localidades de residencia fueron llegando los hijos de Ana María. Cuando el quinto aparca su vehículo, el de la sexta circulaba camino del hospital. La cuarta informa que Ana María ha sufrido una insuficiencia respiratoria, una enfermedad anunciada que se prolonga hasta pasado el día de Reyes. Como regalo familiar el alta de mamá, ya está de vuelta en casa.

    Amaneció muy frío, tanto, que la lluvia se abrigaba con elegantes copos de nieve ¡Mira mamá, está nevando! Ella no se levanta de la cama, esa cama articulada que la acoge desde apenas hace dos días, está como ida, apenas si puede articular palabra alguna entre las cucharaditas que la tercera le introduce en la boca ¡Esta es la última, ya te dejo dormir!

     Entran los tres, visten pantalón azul y chaqueta anaranjada con franjas reflectantes, se diría que vienen de controlar el tráfico de una ciudad que se asoma con recelo al cortado tan profundo: ¡No creo que pase de esta noche! Comienza la cuenta atrás, esa carrera contra el tiempo con una clara favorita al triunfo, lleva tres años de ventaja y demasiada experiencia.

     La habitación se transforma en un deambular, un entrar y salir del primero y sus hijos, de la cuarta y los suyos, del yerno, la nuera, de nuevo el primero, el segundo, la cuarta y su hija que coincide en espacio tan reducido con la cuñada y el octavo que no tiene hijos. La tercera ni entra ni sale, ni se mueve ni habla ni casi respira, quizá en una clara emulación de la madre postrada, dormida, que jadea despacio, ya no le queda apenas resuello en la sexta hora.

     La angustia llama a la puerta en la hora nona, le abre el séptimo hijo. Pasa hasta el dormitorio, consulta el reloj que acaba de marcar las doce de la noche, la que hace trece horas ya desde el anuncio premonitorio, del aviso mortuorio que nos queda poco más de una hora velando el suspiro de mi madre.

     El día amanece desapacible, un frío serrano se cuela por las rendijas de las almas allí congregadas, tiritan los huesos de mi tía, la anciana cuñada. Se arrebuja en la manta mi tío, el hermano de mi padre que a sus noventa años, no ha renunciado a la última despedida a la amortajada en su caja.

     La trasladan a la iglesia, el cura pronuncia su nombre, mi corazón se encoje. La homilía deja paso al hisopo que bendice el cuerpo de mi madre, el silencio se adueña del ritual unos instantes, apenas el tiempo preciso para gritar de angustia, de miedo ancestral a la muerte. El cuerpo se desploma, la viuda que aún no lo es, chilla sin consuelo mientras las miradas se vuelven hacia el caído. Lo reanima mi cuñada que es enfermera, lo traslada mi hermano que además de marido de ésta, es sobrino del que parece recuperar el sentido.

     No hay esperanzas, el quirófano no se responsabiliza más allá de las cuarenta y ocho horas protocolarias. Comienza de nuevo la cuenta atrás, seis, cuatro, dos, una… sale el médico vestido de verde esperanza y la arrebata de cuajo a los presentes: Ha fallecido. El dolor pugna con la pena en una porfía macabra, el sinsentido de una situación kafkiana en dos familias aunadas por el mismo apellido.

     No ha lugar a lágrimas por mi madre, tiempo habrá de llorar su pérdida. Hoy toca consolar a la familia de su hermano, a los deudos dolientes que por unos momentos, han desplazado la ausencia de Ana María, mi madre.

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2 respuestas a Dios nos ha cobrado el doble (Jesús Delgado Morales)

  1. Carto Péreton dijo:

    Otro buen relato. Triste e inesperado, supongo que basado en la realidad. Me ha gustado el juego con los ordinales en lugar de nombres; muy ingenioso. También has evitado las reflexiones largas, que en algún relato anterior han detenido en exceso los acontecimientos. En este caso le has dado una fluidez al texto y a los hechos que en mi opinión rozan la maestría. Un saludo.

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