El secreto de mi jefe (Alex)

Llegó el lunes. Y con él, la obligación de regresar al trabajo. Otra vez a estar sentada tras la mesa de secretaría, junto al despacho de mi jefe, el señor Juan.

Era un tipo raro. Bastante excéntrico. Llevaba cuatro años trabajando para él en la empresa de materiales de ferretería, haciendo todo lo que me pedía.

Conocía sus gustos, sus manías, escuchaba todos sus problemas personales, con su familia. Sabía donde vivía y a dónde solía viajar en vacaciones.

 Podría decirse que lo sabía todo sobre él.

Pero había algo que nunca había sabido en todos estos años. Qué se escondía tras la misteriosa puerta color granate que tenía el señor Juan en su despacho.

Tras ella, se sumergía horas y horas. Y, cuando salía, parecía frustrado y bastante sucio. ¿qué hacía dentro? había intentado averiguarlo, primero de forma sutil , al no conseguir nada, opté por preguntárselo directamente, pero tampoco funciono.

Entrar tampoco había funcionado, pues estaba cerrada con llave. Y esa llave, sólo la tenía él. Algo muy importante debía ser, y me gustaría saber de que se trata.

 Llegué a mi mesa. Allí estaba el montón de papeles esperándome, dispuestos a saturar mi cabeza durante todo el día.

De repente, observé que en el suelo había algo. Me agaché a observarlo.

Eran unas llaves. Pero no unas llaves cualquiera, sabía de donde eran: eran las de la famosa puerta granate.

Nerviosa, miré alrededor. Al señor Juan debieron habérselo caído sin notarlo.. Agradecí mentalmente mi gran suerte. Aquella era la gran oportunidad que tenia para saber qué se encontraba tras la puerta.

Me senté apresuradamente tras la mesa. Mis pulsaciones estaban aceleradas y un sudor frío me recorría todo el cuerpo. Decidí que intentaría entrar en la sala cuando el señor Juan saliese a tomar el almuerzo, antes de que empezase a echar de menos las llaves y descubriese que las había perdido. Si lo hacía, podía cambiar la cerradura de la puerta, y su gran oportunidad se habría esfumado.

A las 11. Tan puntual como siempre, Juan salió a almorzar. Lo despedí con la mejor de mis sonrisas, tratando de aparentar normalidad. 

En cuanto se hubo marchado, me levanté a toda prisa.Corrí hacia el interior del despacho y me detuve delante de la imponente puerta. Por fin iba a descubrir aquel misterio que me había atormentado durante años.

Introduje la llave en la cerradura con cierto nerviosismo, y la giré. La puerta cedió plácidamente. Era un pequeño cuarto, de paredes blancas, en el fondo había una larga mesa de madera. Sobre ella, un montón de materiales se apilaban totalmente desordenados.

Con extrañeza, me acerqué a la mesa. Todos eran materiales de la empresa. ¿Qué habría estado haciendo el señor Juan con ellos?. ¿Cuál era su intención?.

Descubrí un bloc de notas entre el desorden. Sin pensármelo dos veces, lo abrí.

“La máquina de ideas” decía la primera página. Seguí leyendo las siguientes páginas. Al parecer, eran progresos de un artilugio que el señor Juan pensaba fabricar. Una máquina de ideas, vaya tontería.

Así que era eso lo que el señor Juan iba a hacer al interior de la sala cada día. Intrigada, salí de la sala y cerré con llave. Había llegado a la conclusión de que el señor Juan estaba chiflado, no cabía duda, pero tenía mucha curiosidad por saber como acabaría todo esto.

Miré la hora, al señor Juan aun le faltaban quince minutos para regresar. Sin pensármelo dos veces, me zambullí en el ascensor y salí a la calle. Caminé hacia una tienda de llaves que había a dos manzanas e hice una copia. Regresé corriendo al despacho. Confiando en llegar antes que el señor Juan.

Aliviada, comprobé que así era. Aun faltaba la última parte de mi plan, devolverle las llaves sin que se diera cuenta de que las había cogido.

Entré despacio en su despacho. Pensando donde podría dejárselas. No tardé mucho en dar con la solución: las dejé en el suelo, a un lado del escritorio.

Pensaría que se le habían caído allí y no sospecharía nada de ella.

Exultante, regresó a su mesa. Trató de relajarse un poco: todo había salido bien.

Pasaron varias semanas. El señor Juan seguía internándose horas en aquella sala y yo lo observaba de reojo. Comprobando en su rostro si la cosa había tenido algún avance. Pero nada parecía haber cambiado, pues él parecía tan disgustado como siempre.

Comencé a temer que nunca lograra terminar con éxito la máquina, ya que tenía una gran curiosidad por saber como funcionaría ahora que sabía de su existencia.

Así pasó un mes más. En el cual casi ya me había dado por vencida, hasta que un día, el Señor Juan salió de la sala dando un fuerte portazo.

Pegué un brinco sobre la silla y le miré, sorprendida. Él estaba allí plantado ante la puerta. Con una sonrisa de oreja a oreja. De repente, me miró. Al ver que le estaba mirando, se acercó a toda prisa.

—¡por fin! —exclamó radiante

Yo lo miré, tratando de aparentar que no sabía a que se refería.

—¡esto va a cambiar el mundo! —gritó con fuerza mientras me agarraba las manos. Yo traté de sumarme a su alegría. Me levanté y bailé un poco con él.

Estaba de un gran humor. Pocas veces lo había visto así. Soltaba carcajadas cada diez segundos.

Esa noche lo tuve claro: había terminado la máquina. Y yo no tardaría nada en comprobar que tal funcionaba.

Al día siguiente. Esperé ansiosa que se hiciesen las 11. Miraba el reloj cada dos por tres. No veía el momento de llegar hasta la máquina.

Al fin, el señor Juan, salió a desayunar. ¡mi momento había llegado!.

Tan pronto como hubo desaparecido en el interior del ascensor, me levanté rápidamente y corrí hacia la puerta granate. Introduje la llave en la cerradura y la giré con fuerza.

La sala estaba mucho más ordenada que la otra vez que la había visitado. Y al fondo, en la mesa, había un gran aparato gris. No había duda: debía ser la famosa máquina de las ideas.

Era grande, de un color gris oscuro. Tenía una forma rectangular, como la de una cafetera. Su montaje parecía terminado con prisas, aún quedaban algunas partes que se podrían revisar. Por un lateral, sobresalía un cable que terminaba en un pequeño casco negro.

Me acerqué a la máquina y cogí el casco. Me quedé unos segundos observándolo “¿debería ponérmelo?” pensé confusa. Sin pensarlo más, me lo coloqué sobre la cabeza. Le di al botón verde que sobresalía de la parte delantera de la máquina. No tardó ni un instante en arrancar. De repente el casco empezó a vibrar en mi cabeza, y un sinfín de pensamientos extraños cruzaron mi mente. La sala desapareció, y me vi envuelta en una sala oscura. Montones de imágenes comenzaron a pasar frente a m, imágenes de pensamientos e ideas. Muchas cosas incoherentes, sin sentido. Todas pasaban rápido por mi mente sin que pudiera tener tiempo ni siquiera de comprenderlas. Comencé a sentir un profundo mareo. Aquella máquina era un despropósito, no imaginaba como alguien podría sacarle partido.

Mi mente se nubló, y todo a mi alrededor comenzó a desvanecerse. Mis ojos se cerraron y caí al suelo.

 

Abrí los ojos. El señor Juan me estaba golpeando suavemente en la mejilla para despertarme. Al verlo, me levanté de un brinco, hasta quedarme sentada sobre el suelo. Le miré, su cara reflejaba una completa decepción.

—ha entrado en esta sala sin mi permiso

Le miré asustada, no sabía que decir.

Él pareció ver mi miedo y se relajó un poco. Sacudió la cabeza.

—bueno, no importa. Lo importante ahora es que se encuentre bien

Me ayudó a levantarme amablemente, para mi sorpresa, vi que las piernas me temblaban.

—yo….lo siento… —balbuceé

—no se preocupe. Pero eso sí, ha cometido una imprudencia. Es de locos colocarse el casco tanto tiempo sin llevar tiempo habituado a él.

Miré al suelo. El casco estaba allí, tirado. El cable que lo unía la máquina estaba partido. Se debió romper al caerme al suelo.

El señor Juan adivinó mi pensamiento.

—no se preocupe, lo arreglaré, sólo es un cable

Me acompañó hasta el exterior de la sala y me ofreció un asiento junto a su mesa del despacho.

—y ahora, quiero que me devuelva las llaves.

No me atreví a objetar nada, me había descubierto. Además, después de la experiencia sufrida, mi curiosidad por la máquina había desaparecido por completo. Le devolví las llaves.

—debe saber una cosa. Esta máquina sólo puede ser utilizada por mentes fuertes, capaces de soportar el torbellino de imágenes al que te expone. De lo contrario, acaba por volverte loco.

Le miré, con curiosidad.

—¿usted va a seguir intentándolo?

—por supuesto —afirmó con una sonrisa—- después de todo, es mi creación.

—podría ser peligroso…..

Él meneó la mano quitándole importancia.

—que va, ya verás como algún día seré famoso por esto.

Ahí terminó nuestra conversación, pues el Señor Juan me  dio el resto del día libre y me fui a descansar a mi casa. Pero me iba preocupada, muy preocupada.   

Los días siguientes fueron muy aburridos. Había perdido la ilusión y la emoción porque el señor Juan terminase su máquina, y sin eso, la rutina volvía a ser tan aburrida como siempre.

Todo siguió normal, el señor Juan seguía internándose horas y horas en aquella sala. Yo le observaba atentamente, para estar segura de que todo iba bien. Él, de vez en cuando le contaba que todavía no había avanzado gran cosa, pero al menos, parecía que no le estaba dañando.

Pero tres días después, algo empezó a cambiar.

Su actitud cambió radicalmente. Se volvió más atrevido, más chulesco, e incluso, a veces, malvado. Por las mañanas le tocaba el culo. Le mandaba encargos absurdos, escuchaba como insultaba a clientes o proveedores…. parecía totalmente descontrolado.

Tal y como me temía, aquella máquina le había acabado por afectar seriamente. Esperé a ver si la cosa se normalizaba, quizá con el tiempo volvería a ser el de siempre.

Pero nada más lejos de la realidad, cada día que pasaba, su actitud empeoraba. Incluso llegó a ponerse violento y casi no reconocía a nadie.

Asustada, bajé a los pisos inferiores y hablé con el resto de los directivos de la empresa. Les conté lo de la máquina y todos coincidieron en lo mismo: había que destruir la máquina. Decidimos hacerlo al día siguiente, aprovechando la ausencia del señor Juan el su hora del desayuno.

A las 11, subí con ellos y les abrí la puerta. Todos quedaron asombrados al contemplar la obra del señor Juan. Nerviosa, miraba hacia el exterior: se estaban demorando mucho en empezar a destruirla. De repente, uno de ellos dijo que se la llevaría a un laboratorio a que la analizasen, para saber porque le estaba provocando ese trastorno. No muy convencida, acepté: al menos se la llevarían de allí.

Tan rápido como pudieron, la cogieron entre dos y se la llevaron.

Me dirigí a mi asiento de siempre, y esperé allí, expectante. Al poco, el señor Juan regresó. Pasó por delante sin siquiera mirarme. Le pegó una patada a la puerta de su despacho y se zambulló en su interior.

Le seguí con la mirada. Observé que abría la puerta granate y la cerraba tras él. Aquello me puso nerviosa. Me daba miedo la reacción que pudiera tener al descubrir que su querida máquina ya no estaba allí.

Me levanté despacio: saldría de allí antes de que se diera cuenta. No sabía cuál sería su reacción ahora que estaba trastornado.

Pulsé el botón del ascensor. Entonces un grito que me heló la sangre se escuchó desde el interior del despacho. Un sonoro portazo resonó. Ya se había dado cuenta. Nerviosa, golpeé el suelo con impaciencia. “¡Vamos ascensor! ¡Vamos!”. Pero en ese momento, las puertas del despacho se abrieron de par en par. Entre ellas, se encontraba él. Su cara estaba roja de ira. Enseñaba los dientes con furia, y sus ojos, estaban inyectados en sangre. Lo miré, aterrada. Estaba totalmente fuera de sí.

`Paseó la mirada por la sala y sus ojos se encontraron con los míos.

—¡¡tú!! —gritó, mientras me señalaba con un dedo acusador– ¡¡tu te has llevado mi máquina!!!

Abrí la boca, sin saber que decir. Estaba atrapada. Él empezó a caminar hacia mi, de forma amenazadora. En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron y entré a toda prisa en él. No perdí el tiempo en comprobar el botón del piso que tocaba, me limité a pulsar unos cuantos. El señor Juan corrió hacia mí, pero por suerte, el ascensor se cerró antes de que pudiera llegar hasta el interior.

Suspiré, aliviada. Me encontraba llena de sudor y con el corazón latiéndome a mil por hora, presa del pánico. ¡maldita la hora en que había inventado aquel cacharro!.

En cuanto se abrieron las puertas, salí corriendo pidiendo ayuda. Farfullando, expliqué la situación y pedí que llamasen a la policía.

De repente, el señor Juan apareció en aquella sala: había bajado las escaleras a toda prisa para alcanzarme. Se abalanzó sobre mí, pero varios empleados lo detuvieron. Forcejearon durante varios minutos, y entonces llegó la policía y se lo llevó.

El silencio reinó en la sala. El subdirector decidió dar por terminada la jornada de ese día. Agradecí el gesto, y me fui a casa, aún con el susto en el cuerpo.

Los siguientes días fueron de mucho movimiento en la directiva de la empresa. El subdirector, ascendió y pasó a sustituir al señor Juan.

Dos semanas después, uno de los directivos que se había llevado la máquina, subió a mi piso y se acercó a mi mesa.

—ya hemos analizado la máquina, y tenemos los resultados —me dijo

Lo miré, muy seria. Dejé todo lo que estaba haciendo y me quedé quieta, dispuesta a escucharle.

Él se sentó, y se acomodó.

—su idea era excelente, incluso el experimento fue exitoso, pero era extremadamente peligrosa . Aquella máquina enviaba ondas electromagnéticas al cerebro, tratando de impulsar la creatividad. Lo cierto es que podría haberlo logrado con el tiempo, pero a un alto precio.

Hizo una pausa, y carraspeó.

—conforme más usabas la máquina. Iba dañando el cerebro. De tal forma que tu estado de ánimo cambiaba, tu forma de ser también, y hasta el punto en que perdías por completo el sentido de la razón. En resumen: te acababa volviendo completamente loco.

Le miré, con la boca abierta.

—por supuesto, la hemos destruido, esa máquina podría incluso acabar provocando la muerte.

Miré hacia el interior del despacho de mi anterior jefe.

—¿donde está el señor Juan ahora?

El compuso una expresión seria.

—lo encerraron en un psiquiátrico.

—¿se recuperará?

Negó con la cabeza.

—me temo que no. Los daños causados en su cerebro son irreversibles. Me temo que el señor Juan que tu conoces, ya no existe. El actual, quedará encerrado para siempre.

Mis ojos se llenaron de lágrimas: realmente le apreciaba. Iba a ser duro imaginarme la rutina diaria sin él.

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Una respuesta a El secreto de mi jefe (Alex)

  1. Jesus dijo:

    La narración adolece de un error grave, ya que lo cuenta en primera persona, pero se dan dos tres párrafos en el que se narra en tercera persona. En lo referente a la historia en sí, me resulta artificial, fuerza situaciones, lleva de la mano en exceso algunas escenas, casi como si el lector resultara muy torpe y precisara de una aclaración puntual a cada momento.

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