Kun-fú (Amaya Puente de Muñozguren)

Son las seis de la mañana, bajo las escaleras de mi casa con cuidado, sin saltar de dos en dos los escalones, como acostumbro; esta vez voy con cuidado de no despertar a ningún vecino, para evitar que mi padre me castigue sin ir al entrenamiento. Están abriendo al público la panadería de la esquina y ya hay cola,  en ella están los montañeros de fin de semana, los ancianos con insomnio, los  excursionistas y los trabajadores tempraneros del barrio; doy los buenos días y pido la vez; las cuatro barras de pan calientan mis manos y llenan de olor toda la escalera, en un momento hago dos bocadillos con la tortilla de patatas que me hizo la noche anterior mi madre. Cojo la bolsa de deporte con la bebida, comida, toalla y ropa de recambio y –después de darle un beso a mi madre, que me espera en pijama junto a la puerta de su habitación-, salgo hacia la boca del metro.

El autobús nos espera en El parque del Retiro, todos los chicos están ayudando a colocar las piraguas y los canoes en el remolque mientras nosotras ponemos las bolsas de deporte, las palas y los cubre bañeras en el maletero. Va a ser un fin de semana intenso entrenando para los campeonatos en los que se clasificarán los equipos que van a ir a las olimpiadas. No bastan las medallas que hemos ido ganando, ahora hay que ganar para clasificarse. Vamos uniformados y felices, el entrenador repasa las sujeciones de las embarcaciones y la colocación de todo el material de regata: boyas, señalizaciones de calles, pesos muertos para sujetar las calles al fondo  y líneas de salida y llegada, también revisa el bidón con combustible, el motor  y la pequeña zódiac y sus remos,  entre varios y, medio deshinchada, la metemos en el maletero del autocar. El hinchador va en una bolsa aparte que lleva el entrenador –Luis- colgada al hombro; en su cuello luce el silbato de plata que le regalaron los últimos campeones del club; con él nos marca el ritmo de las paladas en los entrenamientos.

Todo está preparado para la gran aventura. Algunos padres, que han venido hasta el autocar, nos despiden repitiendo los mismos consejos. Mañana por la noche estaremos  en este mismo lugar con experiencias nuevas para contar y, esperamos que, con nuevos records en nuestro palmarés.

La ciudad está tranquila cuando salimos hacia el embalse de Entrepeñas. Falta media hora para las ocho. Llegamos a los barracones en los que vamos a dormir, elegimos cama y dejamos las bolsas de deporte. Nos preparamos para la primera regata corriendo un poco y haciendo unas series de pesas para calentar los músculos, mientras los chicos colocan las boyas y las calles de  regatas. Las voces que da el entrenador por el megáfono resuenan en el embalse y en la montaña.

Somos cuatro chicas, en el club no hay más, pero bastamos para montar un k4; desde el embarcadero salimos a remar para ir acompasando el ritmo al de las demás. No parece tarea fácil. Los chicos que tienen más posibilidades de conseguir medalla salen a remar a nuestro lado, poco a poco, calentando y haciendo bromas. En la segunda vuelta nos sobra la chaqueta y el pantalón del chándal y nos quedamos en bañador y camiseta. Los más corpulentos han metido pesas en la piragua para forzar el entrenamiento pero a nosotras nos basta con llevar acompasada la palada en todos los tiempos -la salida y el sprin es lo que, de momento, llevamos peor. Estamos seguras de que nos vamos a clasificar. “¡Somos las mejores!”, nos decimos mientras vemos como nos adelantan todos los chicos. José Luis y Kun-fú se meten con nosotras y nos retan a una carrera justo en el momento en el que el entrenador nos llama desde la zodiac, que ya tiene hinchada y en mitad del embalse. Formamos frente a él, una docena de piraguas y, en silencio, oímos sus instrucciones; primero daremos una vuelta entera al embalse y luego comenzaremos a hacer series de cien metros, quinientos, mil, cinco mil y diez mil. Todas las distancias están señalizadas por grandes boyas naranjas, menos las dos primeras que tienen las calles hechas. Los chicos empiezan a hacer series y Luís nos pone a hacer salidas a su lado; una y otra vez hace que las repitamos mientras corrige nuestras paladas, la colocación de los brazos, hombros, cintura y la altura de los remos, hasta que consigue que lo hagamos perfectamente. Todo un logro, teniendo en cuenta que es la primera vez que remamos en un k4 de competición. A lo lejos los chicos siguen retándose y haciendo bromas mientras se animan unos a otros en sus k1, C1 y k2 y C2, da gusto ver a estos últimos llevando un ritmo perfecto –iguales en cada palada- mientras las proas de sus embarcaciones se elevan sobre el agua a intervalos regulares.

Pasa la mañana sin darnos cuenta y cuando dejamos las piraguas en la orilla  nos percatamos de lo cansados que estamos. Nos duelen todos los músculos. En el barracón comedor huele a macarrones con tomate y carne que desaparecen en un visto y no visto, mientras comentamos los entrenamientos y nos reímos, y sonrojamos, con las bromas que nos hacen los chicos; sobre todo Kun-fú. El entrenador nos obliga a echar una siesta y a dar un paseo por el campo antes de volver a remar cada uno en una embarcación distinta a la que hemos usado por la mañana. Kun-fú sale del embarcadero el primero, seguido por todos los demás; los k2 y k4 masculinos van a dar un par de vueltas al embalse antes de empezar las series; cuando llegamos a las corcheras Kun-fú empieza a hacer esquimotaje y da dos vueltas laterales haciendo girar la piragua dentro del agua, nos reímos hasta que el motor de la zódiac del entrenador apaga nuestras risas, llega a nuestro lado en el momento que, por tercera vez nuestro compañero eleva la pala, agarrada con ambas manos,- sobre su cabeza-, se da impulso lateral y clava la pala en el agua para volver a girar en el agua. Todos esperamos, riendo, que salga, pero no sale y la piragua sigue boca abajo, suponemos que es, como siempre, una de sus bromas hasta que el entrenador da la vuelta a la piragua agarrándola por uno de sus extremos. No hay nadie sentado en la bañera de la piragua, ni está el cubre bañeras sujeto a la embarcación, ni hay rastro de Kun-fú. Como broma empieza a ser un poco pesada. A Luis, nuestro entrenador, le ha cambiado el color de la cara, nos hace salir a los más jóvenes y llama a gritos por el megáfono a los mayores para que le ayuden a buscar a nuestro compañero; desde la orilla vemos como se sumergen una y otra vez sin encontrarle. Un vehículo de la Guardia Civil se acerca para saludarnos y les contamos lo que ha pasado, -por la emisora avisan al equipo de rescate-.Casi todos estamos llorando. Luis desembarca en la orilla y pone al corriente de lo sucedido a los agentes. El equipo de rescate no tarda en llegar, hacen salir a todos los palistas del agua, acordonan la zona y se sumergen una y otra vez sin resultado. Queremos creer que es una de las bromas de Kun-fú y que en cualquier momento va a aparecer detrás de los arbustos, muerto de risa. Como siempre. Esperamos en la orilla, unos caminando nerviosos de un lado a otro, otros abrazados en grupos y otros sentados en la arena, abrazados a nuestras piernas sin darnos cuenta del frio que hace y de que la noche empieza a caer. Por falta de luz se suspenden las labores de búsqueda sin que nadie tenga en cuenta nuestras quejas. Cuando se van los dos coches de la Guardia Civil gritamos hasta quedarnos afónicos el mote de nuestro amigo ya que nadie sabe su nombre de pila.

 El entrenador viene cargado con dos bolsas, nos reparte los chandals, unos bocadillos y agua, luego enciende una hoguera cerca de la orilla y reparte los sacos de dormir y las mantas. Nadie se quiere alejar del lugar en el que por última vez hemos visto a nuestro compañero. Contamos anécdotas que hemos vivido con él y reímos –entre lágrimas- al recordar todas sus travesuras mientras el entrenador va sacando las embarcaciones del agua y las coloca boca abajo en la orilla. Tras un largo silencio empezamos a llorar y a alguien se le ocurre rezar, cosa que imitamos casi todos. No queremos aceptar lo que ha pasado. Los equipos de rescate llegan al amanecer y nos encuentran en el mismo lugar en el que nos dejaron la noche anterior, pero con el aspecto de tener cien años más. La hoguera aún sigue encendida.

Se zambullen una y otra vez en el lugar en el que les señalamos y van ampliando la búsqueda metro a metro. Hasta que un grito rompe todos los sonidos del campo, incluidas nuestras oraciones y llantos.

Kun-fú llega a la orilla atado a una cuerda, está morado y con los ojos abiertos, desorbitados; hacemos corro alrededor hasta que alguien le cierra los ojos y le cubre con una manta. Lloramos cada uno a nuestra manera y escuchamos el informe del oficial que comenta que dos metros hacia la derecha hubiese encontrado una roca sobre la que hacer pie sin que le cubriera el agua por completo. ¿Cómo le ha podido pasar esto a la mejor promesa del equipo? No lo entendemos. Por la carretera vemos venir el autocar que nos tiene que llevar a casa y tras el un coche, el de los padres de Kun-fú. El reencuentro con su hijo muerto es una escena desgarradora que no pueden aceptar de ninguna de las maneras, se abrazan al  cuerpo muerto y aúllan como animales mientras el entrenador nos quita de en medio y nos hace colocar las embarcaciones, bien secas, en el remolque, y las boyas y corcheras, junto con la zódiac medio deshinchada y el motor, en el maletero del autobús. Como autómatas limpiamos el barracón comedor y fregamos los platos, recogemos las bolsas de deporte en las que siguen, sin tocar, los bocadillos y volvemos hacia Madrid en silencio, llevando la última imagen de nuestro amigo y compañero clavada en la retina. Cuando llegamos al Parque del Retiro ya no somos los adolescentes ruidosos y divertidos que éramos ayer.

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2 respuestas a Kun-fú (Amaya Puente de Muñozguren)

  1. Carto Péreton dijo:

    Hola Amaya, un buen relato. Está descrito con mucho detalle como si conocieras bien el deporte de los protagonistas, no se si será una historia real, pero se acerca bastante. No me ha quedado claro por que el chico se ha salido de la canoa y ha tenido el trágico final. Como petición personal me hubiera gustado para cerrar un poco la historia, añadir un poco de texto más con la vuelta a los entrenos de los chicos sin su amigo, para conocer sus reflexiones y comentarios. En todo caso muy bien como siempre. Un saludo.

  2. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por tu comentario, querido compañero, tendré en cuenta tus palabras cuando tenga humor para repasarlo y mejorarlo, estoy pasando por una etapa de sequia, no de letras, (que me bullen constantemente en la cabeza), si no de ganas de escribir. Un saludo y un beso literario. Amaya.

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