La tardona página cinco (Carto Péreton)

    Don Jaime llegó a la entrada del parque. Dio un buen rodeo para observar detenidamente la situación antes de adentrarse en ese inhóspito lugar. Se asomó con cautela entre dos polinizados setos, aguantando la respiración y evitando el contacto con los brotes activos. Todo aparentaba estar en calma.

   Llevaba una hoja de diario de hacía unos días, la número cinco. Alguien se la había dejado en el buzón, con una fecha y un lugar de encuentro escrito en el margen.

   En un principio pensó que no acudiría a la cita, pero la curiosidad le había estado carcomiendo y no pudo resistirse más.

   Llegó un rato antes de la hora convenida para observar el percal, su plan era no mostrar la página hasta que de alguna manera pudiera saber cuál era el truco o la trampa.

   A sus sesenta y cinco años ya no estaba para bromas ni citas a ciegas, además, no soportaba los parques, todo estaba sucio y lleno de garrapatas infecciosas, y que decir de las cacas de perro, abundaban como setas; unas tumbadas, otras erguidas como menhires, en cualquier caso repugnantes todas. Otro espinoso tema era el polen, altamente desagradable, le producía malestar en sus mucosas y ronchas en la piel, por lo que evitaba en esa época llevar manga corta, aunque el calor fuera insoportable.

   Pero lo que más le molestaba y trataba de evitar por todos los medios era el contacto humano, para él era impensable que alguien le pudiera rozar con sus sucias manos o recibir el aliento putrefacto y lleno de bacterias de un desconocido. Por esa razón no iba nunca a bares, ni a cines, ni tan siquiera paseaba por calles demasiado transitadas. Una vez se tropezó con un viejo amigo y al insensato no se le ocurrió otra cosa que darle un abrazo y una palmadita con la mano sudada en la mejilla, a la vez que le decía, “Jaime caramba, como me alegro de verte”. Al día siguiente, un hermoso herpes le cubría la boca y parte de la nariz. Todo un espectáculo.

   A pesar de todo ahí estaba con su hoja de diario tóxica metida en una funda. Un acto de valentía el de Jaime, sin duda. Después de comprobar que no había peligro inminente decidió sentarse en un banco donde poder observar cómodamente y sin llamar demasiado la atención.

   A medida que se acercaba la hora convenida aparecían más personas. No había un perfil concreto, muy al contrario, parecían elegidos al azar; jóvenes, mayores, amas de casa, obreros, raperos, un guardia urbano y hasta un hombre estatua, dorado de pies a cabeza. Poco a poco y con disimulo poco ensayado los invitados se apresuraban a coger sitio cerca de la plaza donde algo iba a suceder. Algunos conversaban entre ellos mostrando sus páginas de diario. El ambiente empezaba a ser tenso, las miradas iban de un lado a otro y de vez en cuando algún suspiro nervioso calentaba, aún más si cabía, la espesa e impaciente atmosfera.

   Un tremendo pitido de altavoz acoplado llamó la atención de los presentes, a la vez que hizo volar a varias palomas.

-¡Señoras y señores! -se escuchó desde el megáfono que sostenía un hombre de gran sonrisa.

-¡Bienvenidos todos a la presentación mundial de Carota, el nuevo detergente concentrado con extracto de Aloe Vera que revolucionará el mundo de los lavavajillas!

   La multitud se agolpó alrededor de aquel extraño.

-¡Vamos a agradecer la participación de todas las personas que han sido invitadas a esta presentación! ¿Cómo? ¡pues con la posibilidad de ganar un teléfono móvil de última generación!

   Se formó un murmullo generalizado al escuchar la noticia, además de algún grito de alegría.

-¡Les explico las normas del concurso, si en menos de dos minutos son capaces de reunir el diario con todas sus páginas, sin faltar ninguna, Detergente Carota les regalará a cada uno de ustedes este fantástico teléfono móvil de última generación!

   El nerviosismo entre los asistentes fue aumentando a la vez que aquel hombre subía el tono de su discurso.

-¡Atención, todo el mundo preparado, es una oportunidad única que les ofrece Detergente Carota!, ¡señores no se distraigan!, ¡niñas y niños ayudar a mamá! ¡preparados!, ¡listos!… ¡Ya!

   Los asistentes empezaron a correr de un lado a otro como locos, todo el mundo gritaba sus números de páginas, algunos trozos volaba al pasar los papeles de unas manos a otras.

-¡Falta un minuto! –dijo de nuevo aquel personaje– ¡Deprisa, se acaba el tiempo!

-¡Ya está casi! –gritó una mujer– ¡faltan la diez y la cinco!

-¡Yo tengo la diez! –gritó un chico intentando llegar al medio de la melé con su hoja.

-¡Quién tiene la cinco! –rugió una señora agarrando con fuerza el brazo de su nieta.

-¡Joder, donde está la cinco! –chillaba con lágrimas en los ojos una chica.

-¡Se acaba el tiempo!, ¡treinta segundos!

   La gente estaba desesperada, buscaban por los arbustos y en las papeleras, mientras una adolescente se arañaba los brazos de nervios y su amiga arrodillada en el suelo lloraba desconsolada.

-¡Cinco segundos! ¡Cuatro! ¡Tres!…

-¡La tiene ese viejo!– dijo una mujer señalando con el dedo.

  Todos miraron a Jaime y éste, al ver el peligro, lanzó la funda con la hoja número cinco a las bestias desbocadas que la cogieron al vuelo. El diario estaba completo y el premio otorgado. La alegría fue descomunal, gritos de felicidad y lágrimas de alegría, la muchedumbre saltaba levantando los brazos al aire y todo gracias a aquel señor que aún permanecía sentado en el banco. Todos corrieron hacia él como una manada de búfalos malolientes, primero lo mantearon y regaron con una agradable lluvia de sudores varios, ya en el suelo, después de un brusco golpe, continuó con sus alaridos al notarse en la espalda varias heces de perro, pero lo peor no fue eso, sino que lo abrazaron los vagabundos, lo besaron en la cara los adolescentes con su acné al punto de pus y en la boca el rapero con sus comisuras blancas, incluso, otros le chuparon, le mordieron y le sobaron todo el cuerpo con cariño, la espalda, la cabeza, los testículos, piernas y nalgas. El mejor y más cálido agradecimiento que un ser humano puede recibir.

   Un minuto más tarde, Don Jaime quedó tendido sin fuerzas ni ganas de vivir, mientras, a lo lejos, todos aquellos locos abrían las cajas y sacaban sus nuevos teléfonos móviles.

   Nuestro polvoriento e infectado amigo se concentraba únicamente en respirar, no podía hacer nada más, estaba paralizado por el horror.

    El vendedor y culpable de la tragedia se acercó con su enorme sonrisa a cuestas.

-Señor, no se preocupe por su ropa, le dejo gratuitamente una muestra de Detergente Carota Lavadoras.

 

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Una respuesta a La tardona página cinco (Carto Péreton)

  1. Jesus dijo:

    El relato es original en su concepción. La osadía, o tal vez un mercado ávido por superar el más blanco imposible, han rodeado a la trama de un áurea diferente. En cierto modo tiene un toque repugnante, poco aséptico a pesar de los intentos del protagonista por huir de ello. Excrementos de perro, pues de espinillas y demás elementos lo podrían haber derivado hacia la chabacanería, y sin embargo a mi no me lo parece. Es más, tal vez resulte necesario para entender al personaje.
    Su construcción me parece correcta. Los diálogos cortos agilizan la escena y no se pierde en giros ni rodeos innecesarios. Me ha gustado y así lo digo

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