Llego tarde (Amaya Puente de Muñozguren)

Hace unas semanas que lo tengo claro; he de hablar seriamente con mi novio porque la situación empieza a ser insostenible. Voy a su apartamento para hablar tranquilamente; el tema lo requiere. Me abre la puerta en vaqueros y sin camiseta, lleva la bragueta abierta y está mal afeitado, su apartamento parece un bazar en el que puedes encontrar por el suelo ropa, libros, periódicos y zapatos de todas las formas y colores. Tiene la cama sin hacer y los gatos duermen sobre el teclado del ordenador, uno, y el otro sobre el mantel de la mesa de la cocina –que está lleno de migas, lamparones y pelos-.

 Luis me pide un momento para terminar de vestirse, coge una camisa del suelo y la sacude antes de ponérsela, camino del baño.

Miro a mi alrededor y no encuentro motivo para darle una oportunidad en mi vida, en nuestras vidas. Hago un café y sacudo el mantel con gato incluido, luego lo pienso mejor y lo meto en la lavadora, -al gato, no-, limpio la mesa y pongo las tazas –que he tenido que volver a lavar-.

Cuando, Luis, se sienta a mi lado me mira como si fuera una aparición o una alucinación producida por alguno de sus porros. Le explico que tengo un retraso de doce semanas y que ya es seguro que estoy embarazada, de él, me mira como si fuera imposible y luego se queda, pensativo, mirándose la bragueta, que sigue abierta. No dice ni una palabra –odio que no hable, que solo sepa decirme cosas bonitas escritas en papelitos que esconde en mi bolso y que, aunque me cueste reconocerlo, me hacen feliz-. Tomamos el descafeinado en silencio y compartimos las galletas con los gatos que se restriegan con nuestras piernas. Segundos después salgo disparada hacia el baño para echar hasta la primera papilla; él me mira pasar como la vaca que, pastando, ve pasar el tren.

El baño es un caos de tubos de pasta de dientes y de afeitar estrujados por la mitad y sin tapón, en la bañera ha geles y champús con los tapones abiertos, el rollo del papel higiénico solo tiene cartón –hay dos más así en el suelo- mientras el nuevo está sobre la tapa de la cisterna, cerca de unos calcetines sucios y un cenicero lleno de colillas malolientes que me provocan más arcadas. La cortina de la ducha está medio colgada y el grifo del lavabo gotea sin parar. No quiero esta vida para nuestro hijo, lo tengo claro.

Luis me espera junto a la puerta, me abraza y veo, de reojo, que le corren las lágrimas por la cara, luego me empuja hacia la habitación –de la que ha recogido la ropa del suelo, ha estirado el edredón y las sábanas y ha sacado una manta del armario. Me tumba con delicadeza, me tapa con la manta, cierra la puerta para que no entren los gatos, y me abraza la espalda tumbado a mi lado. Besa mi cuello y me acaricia la cara y el pelo, con tal ternura, que casi se me saltan las lágrimas, luego dice, en un susurro: “Este es el más bello regalo que jamás me ha hecho una mujer. Quiero merecerte y merecer ese hijo que quiero que compartamos; Si me dejas.” Luego el abrazo se hace intenso, dulce y protector hasta que suena el despertador de su móvil; tenemos que ir a trabajar en ese mismo momento o llegaremos tarde.

 Quedamos para cenar en su apartamento, pienso que quizás ese sea un buen momento para alejarle de mi vida. No quiero vivir con nuestro hijo instalados en este caos. Prefiero volver a la casa de mis padres.

A medida que pasan las horas me encuentro mejor, la felicidad me colma a pesar de la decisión que he tomado.

En el rellano de su apartamento huele a limpio, al abrirme la puerta me recibe con una rosa y un beso; está bien afeitado, recién duchado y pulcramente vestido; todo está limpio y colocado y los gatos duermen, en sus cestas, en la galería a la que han sido desterrados. La cena nos espera en la mesa de la cocina que estrena mantel. Me coloca la silla para que me siente y, antes de que yo diga nada, él empieza a hablar.

– María, sé que hablo poco y que tengo mil defectos, pero te quiero con toda mi alma y te agradezco que me hayas dado una razón para luchar y vivir junto a ti y a nuestro hijo… ¿Qué querías decirme?

-Me he quedado sin palabras, Luis. Ahora sé que existen los milagros y que nuestro hijo va a ser muy feliz con nosotros, es un niño deseado.

Al día siguiente, en la oficina, encuentro dentro de mi bolso la más bella carta de amor que un hombre pueda escribir a la mujer que ama y al hijo que espera acunar entre sus brazos dentro de unos meses.  

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