Un cuento en mi imaginación (Albertocinco)

Lugar: En las Terrazas del Rodadero en la hermosa bahía de Santa Marta

En el entorno de mi rutinaria ocupación, bamboleo la herramienta de trabajo para barrer el suelo, al ritmo de mi esqueleto, con un pie pa’qui y el otro pa’lla, recojo en forma maquinal una a una las hojas de los árboles que el viento, en sus giros, arranca dejándolas desordenadamente regadas por el piso, para describir imágenes arbitrarias al capricho de la eventualidad. Observo, en una pausa de mi quehacer, la ciudad ubicada casi justo donde están mis pies, en una profundidad tal, como se mira desde la ventana de un avión, sus edificios rodeados de innumerables casas, semejan un gráfico de barras de formas multicolores, adornados con las incipientes luces, las cuales anuncian el comienzo de la noche, luces intermitentes, parecen un lenguaje de comunicación visual. Los turistas, algunos semidesnudos, son seres diminutos que van y vienen en un circuito perenne. El sol ya sobre el mar, simulando penetrar en su sombreada alfombra de visos áureos, reposado y tranquilo, se hace cada vez más grande, entre amarillo y rojo, que con su forma de bola, semeja una embarcación de oro en un cuento de hadas sobre la majestuosidad del océano.

Un hermoso contraste entre la grisácea nubosidad de un extremo, con sus declinados rayos teñidos por un arco iris y, en el otro extremo, colas de nubes que buscan las olas para descansar con toda su resplandeciente tonalidad en la inmensa masa de agua. El espectáculo es más hermoso cuando el sol se pierde en el poniente. Proyecto la vista hacia los confines del firmamento, es otro mundo, otro mar con islas formadas por copos de algodón, los cuales, crean diferentes figuras de la mitología o de animales extraños. El cuadro muestra una pintura con dibujos de barcos acorazados o piratas bucaneros, adornados con lucecitas a manera de un árbol de navidad, vigilados por pequeñas embarcaciones de pescadores que reflejan su silueta sobre las sombras de un infinito. Este es un momento de tranquilidad y paz, una paz donde se registra la complacencia del bienestar, una soledad en medio del silencio nos transporta en la enormidad de nuestra imagen.

En el infinito, se dibuja el horizonte, una colina salpicada de un perdido verde marrón, rompiendo con sus quebradas líneas la monotonía del azul de la bóveda celestial que oscurece poco a poco. Un montículo esculpido en un gran mapa, a modo de barras de plastilina, plasmadas en la inmensa lejanía, sus contornos y pliegues juguetean sobre su cuerpo como una rama serpenteando, que comienza desde algún lugar de la base para compenetrarse en contorciones en un resquebrajado fondo de la montaña y perderse, seguramente, para comenzar a descender en otro contexto. Es un apasionante panorama bicolor, de los ya casi borrados azul y verde marrón que nos entrega la naturaleza en el silencio de la noche. Es un beneficio extra recibido por mí ser con el complemento de la belleza.

Ella, está ahí, recostada boca arriba sobre su eterno trono blanquecino, esculpido por la mano maestra de un dominador del arte, adorna la piscina, cuyo marco encierra otro azul níveo celeste, color del agua bajo la joven noche radiante. En plena relajación mental, ella, con su semblante que parece un querubín, refleja el contraste frío de la baldosa con el calor del ambiente, embellece el recinto haciendo más atractivo el paisaje. Yo, me deshago de lo cotidiano, contemplándola, pasmado ante esa veleidad, imagino ilusiones que nunca serán una verdad.

Retorno como muñeco de cuerda a mi labor, con el palo de escoba en mis manos a un ritmo de rotación, guiado por la curvatura de sus caderas, como un autómata. De repente, absorto en el escenario de mi teatro, mis pies, tocando un falso piso, arrastraron toda mi osamenta que de cubito dorsal aterrizó cerca de aquella beldad angelical, en una voltereta final dejó mi figura sobre su protuberante sexo cubierto por un diminuto traje. El utensilio salto de mis manos en grandes revueltas a manera de un  ringlete y cayó sobre las tranquilas aguas de la piscina que salpico con espesas gotas de rocío el precioso rostro de la mujer. La noche fue mi cómplice para ocultar mi semblante impregnado de todo nerviosismo, ella, con una sonrisilla desprendida de sus labios, tomó con sus pequeñas manos todo el cabello que cubre mi nuca y levanto mi cara con el favor de mi melena, regresó toda mi cabeza hacia el punto de aterrizaje, con tal fuerza, que casi pierdo el sentido con mi nariz y boca entre toda su entrepierna. Empujaba y empujaba hasta que mi instinto hizo efecto en una de mis manos para deslizar suavemente esa parte de su bikini, dejando al descubierto de mis ansiados labios toda la hermosura de su bello vello. Esa realidad de mi irrealidad, se vio trastornada por un fuerte dolor en mi trasero que me despertó del abstraído momento en que mi cerebro creaba esa imaginación lujuriosa. Ella seguía ahí, con un guiñillo de malicia preguntándome…

¿Se cayó, señor?          

 

 

 

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