Dos muertes encontradas (El príncipe de las mareas)

      El soldado contempla el llano que se asoma frente a la visera de su gorra militar, es un llano de arena asentada sobre la antigüedad de la escena. Las ruinas de la muralla de piedras salteadas atesoran varios siglos de espera. El lugar no parece el más adecuado para albergar el tanatorio, mas, la corporación municipal no tuvo en cuenta esta circunstancia; era una zona cercana al pueblo y urbanizable. El uniformado apenas contaba veinte años, vecino de la cercana Quintanilla, llevaba poco más de tres meses acuartelado en la capital. El sargento de ingenieros no observó anomalía alguna cuando a eso de las tres pasó por el puesto la última vez, sí la hallaría sobre las cinco, cuando faltaban diez minutos pare el relevo. El cetme ajustado a la pierna derecha lo mantenía en perfecta alineación, no así con el que descansaba en posición horizontal dentro del exiguo tanatorio. Éste, el inquilino reciente era un coronel retirado del Cuerpo de ingenieros que había prestado sus servicios en la zona de la Coruña, pero que ya hacía más de seis años que residía en la localidad al ser natural del pueblo. La muerte le sorprendió mientras jugaba unas manos al dominó con el párroco – que tuvo la oportunidad de brindarle los primeros auxilios del alma-, Sebastián el farmacéutico – que casi tira el café que tomaba-y un capitán de la guardia civil, ya retirado también. Los compañeros de juego apenas si le vieron caer fulminado de la silla que acuna la publicidad de una conocida marca de cerveza, se desplomó como un fardo y con el corazón partido. De esto hace veintisiete horas, y el soldado no ha tardado en seguir los pasos de su superior.

     A orillas del Duero, junto a la carretera nacional que conecta la localidad con la capital, el camino de tierra no suele estar muy transitado, al igual que la propia carretera que apenas si ha sufrido este año los rigores del invierno seco, sin lluvias dignas de mención. Las familias suelen aprovechar las tardes soleadas para pasear por esa vereda ancha que asemeja los paseos marítimos de las ciudades costeras, así los ciclistas sobre tres ruedas, los ancianos de buen andar y los obsequiosos padres, suelen transitar antes de que la caída de la tarde les empuje a buscar el calor de las chimeneas solícitas. Son tres, un padre que se apoya sobre un carrito que cobija a un menor de apenas dos años, y una niña de seis que se aferra a la mano paterna, mientras contempla las evoluciones del rio en su discurrir camino de las tierras portuguesas. El sonido del motor suena lejano, la niña apenas si ha levantado la vista del rio para mirar a su hermano que dormita tranquilo sobre las mullidas ruedas que lo acunan. El sonido se vuelve más diáfano, más cercano a través de la carretera asfaltada.

     Los vecinos consternados por la pérdida de un joven, apenas si dan crédito a lo sucedido poco antes de que el reloj del ayuntamiento clame las cinco de la tarde. Los murmullos se mezclan con las explicaciones conocedoras de cualquier especulación de los sucesos vividos. Un charco negruzco atestigua que la sangre ha brotado violenta allá por la puerta del tanatorio donde descansa el coronel retirado de las armas. El teniente de ingenieros ha visto como la sábana cubre el cuerpo del soldado, el sargento de ingenieros se atusa el bigote sin comprender que ha podido motivar a su subordinado a volarse los sesos. El soldado de ingenieros poco antes de ser relevado de su puesto, se ha descargado el cetme perdiendo tres incisivos y la vida con ellos.

      Tres días, quizá sean cuatro los transcurridos en los aledaños del tanatorio donde el coronel de ingenieros yacía, ya no, ya descansa para siempre en el cementerio municipal de Peñafiel, junto a sus padres que comparten nicho desde hace cinco años. El soldado fue trasladado a Quintanilla sin honores militares, que no se hizo acreedor a ellos por haberse suicidado, como lo hizo Basilio el día que todo el pueblo le buscaba y nadie sabía de su paradero. Basilio era mayor, ya había alcanzado los ochenta cuando tuvo la aventura con la “pelá”, la muchacha disminuida de Juan, el carnicero que encontró la muerte allá por el mes de abril.

      El sonido del vehículo se acercaba con frenesí desacostumbrado en la carretera nacional; bastante más sosegado el crujir de los frenos de la furgoneta blanca. El carnicero trapichea con la matanza de este invierno, la calle Girón de Velasco se tiñe de luto adelantándose a la ribera del Duero, que discurre ajeno a lo que acontezca en la puerta de la carnicería. La niña mira a su hermano y luego sonríe a su padre, éste no le devuelve la sonrisa, la furgoneta blanca estaciona, Juan ha salido con unas morcillas de encargo, no va lejos, le da tiempo regresar antes de que el Seat 124 de color blanco y motor trastocado, doble la curva que le encara al pueblo. Su conductor no ha alcanzado los dieciséis años pero alcanza sin problemas los ciento sesenta kilómetros por hora, se cree un maestro en eso de la conducción y eso que los “civiles” como ellos, los gitanos llaman a los uniformados del Puesto, le tienen avisado que se ande con cuidado, que le tienen en el punto de mira. Juan regresa y recrimina al conductor de la furgoneta blanca, -éste rebusca unos papeles, tal vez unas facturas que esgrimir ante el que le censura – al otro, al padre, no le da tiempo a nada- por estacionar justo delante de la puerta de su negocio. El Seat 124 conducido por el menor de raza gitana acaba de rebasar el río, solo quedan unos metros que no son suficientes para detener el vehículo que se ha salido de la calzada por la velocidad excesiva con la que ha tomado la curva. Excesiva a todas luces la reacción del conductor, Juan le ha reprendido y éste ha respondido esgrimiendo un cuchillo de dimensiones considerables que portaba bajo el asiento. Reluce la hoja, brillan los ojos paternos ante la pérdida ya constatada de su descendencia en edad tan temprana. El gitano huye como alma que persigue el diablo, se aleja del vehículo que acaba de arrollar la silla plegable, y a la hermana del que dormitaba en ésta ajeno como lo está Juan, de que una simple reconvención le cueste la vida. El padre queda roto como la silla, la niña desmadejada en el suelo como una muñeca desechada, al hermano, el que dormitaba sin que vuelva a despertar lo encuentran a varios metros de allí, lleva pintada en su rostro la inocencia de no haber tenido conciencia de quién y por qué le acaba de arrebatar la vida.

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