Mis besos son también para ti (Mil Claver)

Colgó el teléfono y sin escuchar nada de lo que su secretaría le decía, salió corriendo por el pasillo que le conducía hasta el ascensor. No podía evitar pulsar una y otra vez el interruptor, como si de esta forma fuera a conseguir que se abrieran las puertas con mayor celeridad.

Mientras esto sucedía, Ana llegó agitada poniéndole delante unos papeles  y con tono autoritario se dirigió a él.

—No sé qué narices te pasa hoy Jordi, pero no puedes irte sin antes firmar esto y dime, ¿qué hago con la reunión de las doce con los Barberá y la comida con los chinos en el Petit Comitè? — La mujer, sin dejar de mirarle atónita, puso el bolígrafo en su mano y una decena de papeles delante.

— ¡Ana, mi hijo ya está aquí! — Sus ojos chispeaban de alegría.

Jordi es un hombre alto y esbelto, de nariz prominente y ojos rasgados con mirada seductora. Su piel blanca contrasta con el negro de su cabello ondulado y largo con el que juguetea continuamente echándolo hacia atrás para dejar al descubierto su faz de rasgos toscos e italianos. Siempre impecablemente vestido con sus trajes y corbatas bien combinadas dándole un toque de distinción que realza su abrumadora personalidad.

Cogiendo a la mujer de los carrillos le dijo — Anita lo siento anula todo, ahora mi familia me espera. — Dándole un beso que hizo sonrojar a la anciana, dio un pequeño salto y se introdujo en el cubículo acristalado desde donde podía ver todo el interior del edificio que un día construyó su padre. Más que nunca admiró la belleza de ese espacio lleno de luz natural que invadía el centro del hall ajardinado. —Qué grande eres padre— pensó él.

 Por primera vez vio la magnitud de las obras de su padre, como hombre y como arquitecto. Todo lo que él sabía sobre la arquitectura y la percepción de la misma como obras de arte que alimentan el alma se lo debía a su padre. Ahora él dirigía aquél estudio de arquitectos y en unos años, tal vez, sería su hijo Enric el que así lo hiciera.

Percibió un sentimiento que le era desconocido hasta entonces, el reconocimiento de amor hacia Pietro, un italiano que se afincó en Barcelona por enamorarse incondicionalmente de su madre. Hoy, curiosamente, el estremecimiento que le producía pensar que ya era padre, le acercó más que nunca a quien tanto debía y admiraba.

Tenía que darse prisa para ir desde el Paseo de gracia por la Diagonal hasta la clínica donde le aguardaba su esposa y a la que imaginaba nerviosa esperando su llegada, eran ya doce largas horas las que llevaba hospitalizada.

Aún yendo atento a los semáforos y  la insoportable circulación que a esas horas de la mañana invadían la calle, era inevitable imaginar continuamente el rostro de su esposa. Esa cara de rasgos casi perfectos, piel morena, sonrisa tímida y permanente que alentaba su corazón.

Mientras seguía avanzando por la Diagonal, envuelto por el multitudinario bullicio producido por los coches que le rodeaban, sus pensamientos jugaban con los recuerdos de cómo conoció a Rabina. Aquella muchacha de ojos grandes y negros, con una mirada que llegaba al alma llenándote de paz. Tímida pero ganando en las distancias cortas como gran conversadora que era y demostrando su gran preparación ante casi cualquier tema. Tres años tenía cuando llegó de la India, su país de origen, y dieciocho cuando su amigo Pau se la presentó y cursaba primero de medicina. Por aquel entonces Jordi estaba en cuarto de carrera y contaba con veintidós años. No pudo evitarlo, se enamoró perdidamente de aquellos ojos limpios, transparentes, esa mirada llena de vida y autenticidad. Desde entonces, no se han vuelto a separar y hoy hay algo más que les unirá de por vida, su hijo.

Jordi llegó justo en el momento en que el amigo y compañero de trabajo de Rabina, Doctor Ribas, abandonaba la habitación. El rostro del médico cambió al encontrarse al esposo de su amiga frente a frente, intentó controlar su preocupación y con voz firme y el dolor en su rostro le dijo.

—Hola Jordi, por fin llegaste. —titubeante y bajando la cabeza, cogió a su amigo del brazo y lo llevó hasta la sala de espera que estaba unos pasos más adelante— ¿Sabes Jordi?, a veces en la vida no todo se da como uno espera y desea.

Su amigo estaba intentando decirle algo y por el tono de su voz y titubeo entendía que no era bueno. Jordi buscó su mirada y nervioso, pero firme, le dijo.

— ¡Gerard dímelo ya! ¿Qué pasa? ¿Rabina está bien? y ¿Mi hijo?

—Tranquilo, sí Rabina está bien. Afectada por la noticia, pero bien.

— ¿Qué noticia?—Jordi no entendía nada y todo él en sí mismo era un puro interrogante, el miedo se había apoderado de su cuerpo. Sentía como temblaba esperando la respuesta de su amigo.

—Jordi el bebé ha nacido con un cierto retraso, aún es pronto para saber en qué magnitud. Y desde luego si puedo anticiparte que no es nada grave. Si deberá permanecer unos meses aquí, ese tiempo será determinante para el resto de su vida. Podrá ser atendido y controlado en todo momento y además ser estudiado en profundidad su deficiencia.

Jordi estaba totalmente ausente, escuchaba la voz de Gerard en otra dimensión. No podía creer o más bien no quería creer que todo aquello iba con ellos. Hizo un ejercicio de voluntad para sobreponerse y emitiendo un hilo de voz fue capaz de preguntarle.

— ¿Estás seguro que estás hablando de mi hijo? ¿No os habréis equivocado de bebé? Es imposible que mi hijo tenga ningún retraso ¿Qué es lo que ha pasado para que esto suceda? ¿Dónde está el fallo? Todo iba bien según nos has ido diciendo en todas las revisiones.

—Y así es Jordi. Ella se culpabiliza argumentando que por mantener su idea de tener un parto totalmente natural y sin cesárea, este hecho de pasar tantas horas en el proceso de dilatación ha impedido al niño nacer con sus facultades al cien por cien. Pero lo que es evidente es que en el seno de este proceso las causas de un trastorno con un determinado nivel de retraso pueden ser infinitas. Y ahora amigo entra en esa habitación, tu esposa te necesita.

Jordi desde el estado de shock del que era preso en esos momentos, solo acertó a decir. —Gracias amigo. —Los dos se fundieron en un profundo abrazo.

Gerard permaneció quieto, observando cómo su amigo se alejaba y entraba en la habitación, al mismo tiempo que acariciaba una diminuta figurita que un día le dio su hija pequeña para que le acompañara al trabajo, desde entonces se convirtió en su talismán y lo cierto es que al tocarla su ansiedad desaparecía, pero en esta ocasión no funcionó.

En una mañana soleada Jordi y Rabina entran en el hospital, la mujer se muestra sonriente y tranquila. A su paso va saludando a sus compañeros dando muestras de agradecimiento por todo lo recibido en estas últimas semanas. Han transcurrido casi cinco meses y Jordi durante este tiempo no ha sido capaz de coger a su hijo en brazos, ni tan si quiera mirarle detenidamente. La crisis que atraviesa no se lo permite, se mantiene totalmente sumergido en su trabajo, buscando continuamente escusas que le mantengan alejado de su esposa y como no, del hospital. Su esposa se detiene un momento diciéndole.

—He de coger unos papeles del despacho y contestar a unas llamadas de teléfono antes de recoger a Enric e irnos hacía casa, entremos.

Siempre le gustó a Jordi las vistas que ofrecía aquel habitáculo y lo sencillo de su decoración te proporcionaba una sensación de relajación indescriptible. Al escuchar la voz de su esposa hablando por teléfono se giro y camino hacia la mesa donde ella se encontraba, caminaba con paso lento y temeroso como si intuyera que algo de lo que en aquel escritorio hubiera le fuera a perturbar. Y no se equivocó, su corazón se acelero de repente y sintió un fuerte pellizco en el estomago que le obligo a dar un giro de noventa grados buscando desesperadamente la puerta para abandonar esa dependencia con inmediatez.

Era Enric. Acababa de ver por primera vez y de forma detallada a su hijo. Lucía una hermosa sonrisa en brazos de su madre. Algo le impulsaba interiormente a dirigirse hasta la habitación donde había permanecido en las últimas semanas el niño. Titubeo antes de asirse con fuerza al pomo y abrir muy despacio, entro lentamente y dejo la puerta entornada, pensaba que dormía, pero se alegro al comprobar que un hermoso bebé balbuceaba en la cuna mientras agitaba sus manos y sus pies. El niño detectó la presencia de alguien y mostro más enérgicamente las ganas de que le sacaran de su camita. Jordi, sin dudarlo, lo cogió y lo estrechó fuertemente contra su pecho, sus ojos no pudieron detener las lágrimas, al mismo tiempo que le decía. — Tienes que perdonarme hijo, hoy he sabido que mis besos son también para ti. — Rabina, desde la abertura de la puerta observaba maravillada la escena, al mismo tiempo que escuchaba decir a su esposo.

—Tenemos muchas batallas que librar juntos hijo mío.

 

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