El tren de Castellar (Jesús Delgado Morales)

    La mujer deja al lado del banco la maleta que arrastra por el andén, se sube la manga del jersey y consulta su reloj de pulsera con  gesto de contrariedad.  El hombre fuma nervioso el tercer cigarrillo de la mañana, con gesto de hastío arroja la colilla por la ventanilla del vehículo que conduce, un Citroën C-4 de color azul marítimo. El reloj que preside la fachada principal de la estación clava su minutero en las dos. No, pasan dos minutos, por lo que en realidad son y doce, si bien podrían ser y catorce, ya que atrasa otros dos desde el temblor de 1982.

     El tren ahoga sus sofocos con una vaharada de humo oscuro, casi negro. Circula a una velocidad indeterminada sobre unos railes que brincan a su paso, es como si saltaran a una comba imaginaria que apenas imprima la energía necesaria para pasar debajo de las piernas de unas adolescentes. El olor a hollín se mezcla con el del diésel mal quemado, se humedece con el viento preñado de lluvia que azota la locomotora en sus prisas por volver a llegar tarde. La megafonía anuncia una vez más, que el tren lleva retraso, si bien la demora se debe a causas ajenas a la Compañía ferroviaria.

     – Excusas, llevo seis años tomando este tren y siempre se retrasa. El soliloquio no se permuta en diálogo, no ha obtenido respuesta. La señora del abrigo color tabaco no ha querido confirmar ni desmentir las palabras del señor de bigote negro con unas hebras canas entreveradas. Tampoco se manifiesta Luisa, la joven de cabellos cortados a lo garzón y pantalón azul raído. No hay más ocupantes en el departamento número 3 del cuarto vagón.

     El reloj de María se impacienta, comienza a dar señales de nerviosismo en una muñeca sacudida con cierta violencia. “Ya le vale”,  la oye decir una niña de coletas que salta alrededor de una señora metida en carnes. La penúltima sacudida es de desesperación, la manecilla larga marca ya el cinco, son y veintitrés en el reloj de la estación.

     Luisa se cruza en el pasillo del vagón con Andrés, un joven alto, de cabellos crespos y mirada burlona. Se miran, se contemplan sin detenimiento pero sin prisas contenidas en un nuevo suspiro de la locomotora, ella no sonríe, él sí; ambos continúan su camino. Andrés hacia la cafetería ubicada dos vagones más allá, ella al baño, al final de un vagón más acá.

      Antes de que la megafonía agote su repertorio de disculpas, María se aleja furiosa del apeadero y encamina sus pasos presurosos hacia la salida, en busca del único taxi disponible que presta servicio en la localidad. Juan llega en ese momento, se apea del vehículo, consulta su reloj y se confirma a sí mismo que ha llegado tarde, ya ha debido marcharse. Arranca de nuevo y se encamina en pos del taxi sin que en ningún momento haya tomado la resolución de seguirlo. En el semáforo se cruzan, él mira a la pasajera con gesto de enfado, el taxista observa por el retrovisor las manos enlazadas de ella. Se recrea en exceso en una contemplación sin intencionalidad alguna, solo es curiosidad. El claxon del vehículo que le sigue le alerta que el semáforo ya ha cambiado y debe continuar la marcha tras el Citroën C-4 que le acaba de adelantar.

     “El doce, en el tren de las once”. Este era el escueto mensaje que Luisa había dejado en el contestador de Juan. Hoy es doce, la hora las once y treinta y uno cuando el vehículo estaciona junto al bar de carretera, a la altura de un taxi particular con un rótulo pintado en las puertas: “Taxi Manolo”. Ella abona el importe y toma su maleta, la arrastra y penetra en el bar buscando con la mirada un teléfono. Él, apenas acaba de acomodarse en la barra y pide una cerveza sin alcohol. Decepcionada por no hallar lo que busca, se acomoda junto a Juan. Éste la observa fijamente, ella se vuelve con gesto interrogativo, él sonríe y se disculpa por su descaro. Ella acepta y le quita importancia al asunto: – no me molesta. Se vuelve hacia él – sabe, lo que realmente me incomoda son las miradas lascivas, esas que te desnudan- se sonroja levemente y trata de aclarar sus palabras. – Disculpe que sea tan directa, no era este el caso, ya sabe a lo que me refiero.

    – Por supuesto, soy de la misma opinión, detesto la vulgaridad. Tras una charla intrascendente sobre los modales, el frío que se presagiaba y alguna otra eventualidad para salir del paso, ambos confluyeron en los motivos de encontrarse en un bar de una carretera que nos les llevaba a ninguna parte, al menos, a ninguna que ellos hubieran planeado de antemano.

    – Venía a recoger a mi novia, pero al parecer he llegado tarde y ha debido marcharse en el autobús de línea. Sí, ella es de Estepona. La conversación aún se prolongaba a bordo del Citroën cuando circulaban en pos de esa ciudad.

     A las once y cuarenta el tren arriba a la estación de Castellar. Los pasajeros descienden malhumorados, despotricando contra un servicio obsoleto que deja mucho que desear. Luisa atisba a un lado y a otro, no lo ve y esto le extraña. Desciende los dos peldaños y mira la hora en el reloj frontal del apeadero. Confusa da unos pasos y casi se lleva por delante al señor que se quejaba de la impuntualidad del servicio. Se disculpa, y continúa su deambular pausado, con un punto de desencanto en su mirada que recorre abstraída cada rincón de la estación. Al salir se encuentra con Andrés, si bien ella desconoce su nombre, oye su voz cuando éste manifiesta su irritación por no encontrar según palabras propias, un “puñetero” taxi.

     Al llegar a Estepona. María y Juan han tocado todos los temas de conversación posibles para dos desconocidos, han reído con alguna ocurrencia, se han callado en momentos puntuales donde el rubor de un comentario ha ocupado el lugar de las palabras, incluso él ha rozado la rodilla de ella al cambiar de marcha. Al detener el vehículo en la puerta de la casa donde reside la novia, ambos han notado la punzada, han conectado, de eso no hay duda, pero tal vez todo sea mejor así. Ahora se despedirán, y cada cual tomará un camino que le alejará del otro.

      Manolo acaba de regresar y se muestra favorable a trasladarlos a los dos, al fin y al cabo llevan el mismo destino. Tras casi una hora de marcha, el taxi les apea en Estepona, localidad donde reside ella. Andrés se ofrece a esperar por si no hay nadie en la vivienda, no tiene prisa y no le importa demorarse unos minutos más. Al cabo sale ella con gesto de alarma, no hay nadie y eso le resulta muy raro. No importa, apunta él, vamos a tomar un café mientras hacemos tiempo, tal vez no ha oído tu mensaje. Dos calles más allá suben a un taxi que les traslada hasta una localidad cercana, allí tiene él un apartamento y su vehículo; la puede traer de vuelta cuando ella se lo pida.

     Juan es Policía en Fuengirola, su novia, Luisa, venía de un pueblo de la provincia de Cádiz, a unos noventa kilómetros de Castellar de visitar a su abuela. Él se había ofrecido a llevarla, pero ella denegó el ofrecimiento, en el tren no tardaba nada, pero aceptó que la esperara en la estación. Resultaba extraño que no estuviera en casa dado que le había dado tiempo sobrado de coger el autobús que venía de Algeciras. Mientras esperaban decidieron comer algo, ya que la hora del almuerzo se había presentado, y ninguno de los dos había probado bocado. Juan le contó a María cosas de su trabajo, asuntos desagradables que se le habían presentado a lo largo de sus años de servicio. María acompañó las confidencias con la suya. Llevaba tres años en paro y había aceptado una oferta de trabajo en Sevilla. – Sí, ya sé que resulta extraño no haber tomado el tren en Málaga, pero cuando contesté al anuncio me encontraba en un pueblecito cercano, en San Enrique, allí tengo una prima que regenta una peluquería. Bueno, no tiene mayor relevancia este hecho pero- sonríe- bueno pues eso, que me venía bien tomar el tren en Castellar –vuelve a sonreír- el AVE resulta caro, y es el único tren que enlaza Sevilla con Málaga.

     – ¿Por qué decidiste no tomar ese tren?

     –  Si te digo la verdad no lo sé. La espera, el retraso, el desamparo de la estación… Es como si me hubiera arrepentido en el último momento. Cogí un taxi y me volví – sonríe de nuevo-. El resto de la historia ya lo conoces.

     Tres días después fue hallado el cuerpo sin vida de una mujer de unos veinticinco años. Estaba tirado en las inmediaciones de la cuneta de la carretera de Gaucín, como si hubiera sido arrojado desde un vehículo que no hubiera detenido su marcha.

     María se encontraba con Juan en una cafetería de Marbella, la amistad surgida entre ambos no había empañado la violencia de la noticia a la que había tenido acceso, debía identificar el cadáver que reposaba en el tanatorio municipal de Casares.

     – ¿Cuando? Demandó angustiada.

     – A las seis contestó Juan.

     – ¿Quieres que te acompañe? No, no voy a verla, solo estaré allí contigo. La mirada de ternura con la que acompañó su ofrecimiento bastó al policía para aceptar de buen grado.   

         El jueves 17 Juan se vio con María en el bar “Cordobés” de la céntrica plaza de las Flores de Estepona. Ella le notó algo afligido, su mirada denotaba una cierta rabia contenida. Se sentó en la silla que quedaba a la izquierda, y apoyó sus manos sobre la que Juan tenía sobre la mesa sujetando una cerveza que había perdido su espuma. Este reaccionó y la miró a los ojos con una intensidad desconocida por ella. La devolvió la caricia y apretándole la mano con las suyas, le contó todo lo que se había revelado con respecto al caso del asesinato de su novia. El detenido era un varón de veintiocho años, alto, de cabellos negros y rizados. Al parecer captaba a sus víctimas a través de anuncios en el periódico ofreciendo un trabajo de asistente, un empleo cuidando a un anciano discapacitado. María se puso lívida, él la miró con temor y le preguntó si le pasaba algo. Ella no contestó al instante. Juan se impacienta y se remueve incómodo en la silla, le mira con inquietud e insiste en su demanda.

     – El tren que iba a coger el otro día…

     – Sí, dime ¿Qué pasa con ese tren?

     – En él venía un hombre que me debía acompañar a Sevilla, un hombre el cual me había ofrecido un trabajo.

     – ¿Y bien? Incita el policía con expectación. Ella le mira a los ojos y le responde: Cuando marqué el número consignado en el anuncio, esta persona me dijo que se trataba de cuidar a un anciano, su anciano padre que se encontraba postrado en una cama.

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