Déja Vu (Carlota Dalton)

Despierto, me levanto, me estiro, camino hacia la ventana, corro las cortinas, miro el paisaje, voy al baño, me ducho con jabón y champú, me enjuago, me seco, me calzo las chinelas, me coloco la salida de toalla color celeste, me lavo los dientes, me peino, abro el placar, escojo una camisa blanca y el traje azul, me visto, me coloco las medias y los mocasines negros y lustrosos, me peino frente al espejo del tocador, tomo las llaves y el reloj de sobre la mesita de luz, doy un beso a la mujer que me sonríe desde el portarretratos, desciendo por la escalera, voy a la cocina.

Allí está la mujer de negro vestido y rodete blanco que ha preparado mi desayuno, me siento, bebo el café con leche de a sorbitos, como tostadas untadas con manteca y mermelada de frutillas, tomo el vaso con zumo de naranjas, me levanto…La mujer me alcanza el celular, la billetera y el manojo de llaves que abren las dependencias de la oficina , suena el teléfono—uno, dos, tres timbrazos— nadie atiende, la mujer me arroja un beso con la mano, no la quiero tocar, apenas sonrío, abro la puerta, la cierro, camino por el caminito de grava, salgo al sol que ilumina cada árbol de la calle donde vivo.

Subo a mi auto que, previamente la mujer sacó del garaje, alistándolo frente a mi casa, giro la llave, saco el freno de mano, coloco el cambio en primera, el auto se desliza suavemente por la calle perfumada de tilos, avanzo, doblo a la derecha, me dirijo a la autopista…Bandadas de golondrinas me sobrepasan en busca del cielo, respiro hondo. Sé que estamos en primavera.

Salgo de las oficinas, saco el auto del garaje, lo conduzco hacia la salida donde el agente de seguridad me saluda con un gesto amable, en el horizonte ha comenzado a declinar el sol, otro día termina, la gente gana las plazas y veredas, la vida continúa con toda su esplendorosa algarabía, me siento solo. Y lloro.

Por la carretera se suceden los paisajes que van cobrando aspecto de sombras chinescas a medida que acelero. La recta asfáltica bulle bajo las ruedas de mi auto, el viento tibio del anochecer me despeina, alguien toca bocina, un tren corre paralelo a la ruta, los caseríos van desapareciendo, las montañas azules se delinean en el infinito espacio del valle , siento que mis pulmones se llenan de oxígeno, entrecierro los ojos como dejándome llevar, llego hasta el mojón 244, me detengo, estaciono en el camino de acceso a una de las fincas, apago el motor, desciendo y me paro de cara al sol que va muriendo. Siento el salado sabor de mis lágrimas y las dejo descender hasta mi garganta. Es como beber gotas de ese mar que ahora ha quedado retratado a mis

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espaldas, no quiero darme vuelta, sé que si lo hago ella aparecerá frente a mí como la imagen de un ángel, abro los brazos…Desde mi perspectiva cobra dimensión ese movimiento y parezco abarcar todo el panorama que se abre ante mi con ese sólo gesto. Me siento patético flotando en el éxtasis que inflama mis sentidos, puedo ser yo por breves segundos…Luego la nada me ofrece su oquedad cubierta de estrellas. Sé que debo regresar, que aún no es tiempo de vivencias absolutas, que aún me espera un largo camino por recorrer.

Regreso a casa. El pueblo cercano a la gran ciudad me sacude el alma y me apareo con la laxitud de la noche que ya se ha apoderado de mí como la tela pegajosa de una araña.

Entro el auto, pasando entre las rejas ya abiertas por la mujer de negro, el portón automático se eleva, miro las luces del techo del garaje que titilan con un brillo azulado, paro el motor, suspiro, saco la llave del contacto, tomo mi celular—que no ha sonado en todo el día—, mi portafolios, mis lentes de aumento, el diario y compruebo si tengo la billetera en el bolsillo interior de mi saco, desciendo, pulso el botón que cerrará el habitáculo hasta mañana, camino hacia el porche, con mi mano libre hago girar la llave en el tambor, entro a la casa, dejo atrás la noche y sus estrellas quietas, me envuelve el hálito asfixiante de la inercia.

Me despierto, me levanto, me desperezo, camino hacia la ventana, corro las cortinas. Una fina lluvia moja los cristales, un trueno rompe la lejanía de la tormenta, el chicotazo de un relámpago me avisa que más allá de las montañas la electricidad conmueve los abismos de la eternidad. Cierro los ojos: tener que manejar bajo la lluvia rompe las reglas escritas, me asusta tener que salirme del libreto.

La mujer de negro me alcanza un impermeable, lo rechazo, acepto el paraguas, tomo el portafolios y las llaves, la veo mover los labios —quizás esté hablándome pero no la escucho —me siento lejos de su cercanía, sé que la necesito mas preferiría saberla fuera de mi vida, no alcanzo a definir el motivo de mi desasosiego, como entre una capa de niebla la veo sonreírme, una de sus manos me acomoda el nudo de la corbata, continúa hablándome. No puedo escucharla.

Me abro camino entre la gente que colma la galería de acceso al subte. Desciendo las mugrosas escaleras abarcando los peldaños de dos en dos, el bullicio me llega como un cuchillo que lastima mis oídos, el calor es insoportable entre la marea humana

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atravieso el molinete sin recordar de dónde saqué la ficha que permitió mi acceso al andén, me confundo entre la multitud, el tren se acerca, las puertas se abren, me deslizo como enfrascado en un abrazo maloliente, abordo el vagón y me siento en el primer asiento libre que encuentro.

Miro a mi costado derecho, luego al izquierdo. Rostros inexpresivos o demasiado abstractos para comprenderlos. Me hace mal contemplar tanta indiferencia, tanto dolor, tanto egoísmo y falta de interés en el otro, están ausentes, cada cual sumergido en sus propias dudas y marismas barrosas y putrefactas, ni un cálido asomo de emoción late en sus miradas.

De pronto, frente a mí, la niñita de trenzas rubias me sonríe desde los brazos de una humilde mujer y sus dientecitos fulguran cual perlas en la negrura amorfa que nos circunda. Yo y la niña estamos solos entre tantos y de alguna manera, hermanados: ella, por su inocencia; yo, por mi maldad.

El tren parte y acelera. Siento los rieles bajo mis pies como si fuese yo y no el mecanismo de hierro y acero el que circulase por ellos.

De pie, frente a la antigua casona, bajo la protección del paraguas sobre el que rebotan las gotas de lluvia, me siento huérfano de ideas. Conozco esa casa, he estado en ella, aún me parece escuchar aquel vals que conmocionó mi vida y me desdobló en esto que soy y en lo que aparento ser.

Y cuando la puerta se abre la veo, tan bella y sonriente, tan llena de vitalidad que me duelen los recuerdos que conservo de ella.

—¡Erwin! ¿Qué haces por aquí? ¡Qué alegría volver a verte después de años sin poder hacerlo!

La escucho y comprendo que ella es buena precisamente por eso, porque la escucho. Y siento que la amo y me enternece hasta las lágrimas.

—¿Has venido a llevarme a dar un paseo? No sé si podré. Papá no está en casa, ya sabes lo que le sucedió a mi madre…Él es quien ahora ordena mi vida.

La veo avanzar hacia mi, su cabello se llena de gotitas de agua que resbalan por la elegante línea de su pelo renegrido, le mojan la blusa de seda, de su larga pollera asoman las puntas de sus delicados pies de bailarina enfundados en  zapatillas doradas. Parece flotar, suspendida en un recuadro antiguo que conserva su figura enmarcada en la gris consonancia de la lluvia y que  el viento desparrama por el moño

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que sostiene su largo cabello y por las mejillas suaves como la cera al ser derretida por la llama de una vela sobre los dedos que la tocan.

Mis manos se detienen sobre su boca y mis dedos exploran la seda de sus labios rosados y la firmeza de sus pequeños dientes en la boca entreabierta.

—¡Oh, Erwin! Te esperé tanto, tanto…

Al tratar de abrazarla y atraerla a mi pecho, la veo esfumarse como la brisa que vuela hacia la copa de los árboles. Me duele mucho la cabeza, giro en un torbellino, mi cuerpo se sacude y caigo.

Al abrir los ojos me encuentro detenido frente al mojón 244. La tormenta ha desaparecido y las estrellas brillan nítidas en la noche. Hiladas de luz etérea se descuelgan sobre mí para invadirme con su diafanidad espectral. Me siento abrumado. Me doy cuenta perfectamente que, por unas horas, he perdido la noción témpora- espacial que marca mi reloj pulsera. Son las 11 P.M y aquí estoy, parado junto a mi auto, sintiendo que los grillos cantan ajenos por completo a mi melancolía.

La sensación de haber transitado por senderos inexplorados cala hondo en mi mente. Más, en lugar de amedrentarme, eso me otorga fuerzas para cumplir con mi pacto, sabiendo que el momento tan ansiado ha llegado.

*

………La vio llegar, hermosa en su vestido de fiesta de tul celeste como sus ojos, la vio ubicarse en el asiento del acompañante… Le sonrió mientras su cuerpo la ansiaba.

Detrás de los dos, en el asiento posterior, cuatro de sus amigos gritaban alborozados, entusiasmados ante la idea de la aventura que les había prometido, con antelación a la fecha del encuentro.

Puso el auto en marcha y pisó el acelerador. A su lado ella palmoteaba, feliz como una colegiala que se ha hecho la rata para vivir una aventura inédita junto a su novio y sus amigos.

………El automóvil corría veloz sobre la cinta asfáltica y las líneas amarillas y blancas iban delimitando la mano derecha, cerca del abismo. Soplaba un aire puro que les refrescaba la piel sudada luego de la exaltación a la que se habían entregado en la fiesta ofrecida por la familia Cortéz a su hija quinceañera, en la lujosa casa construida sobre la colina, en una zona aledaña al mar.

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Con un volantazo que erizó los ánimos de sus acompañantes, Erwin Vanessi dirigió su automóvil descapotable hacia el llano, apartándose de la espumante costa salpicada de brillo lunar.

—¿Estás seguro que ésta es la noche? — preguntó ella en un hilo de voz.

—¡Claro que sí, bonita! — respondió él jugueteando con el flequillo de la joven, admirado por el brillo de esas pupilas claras que, bajo la luz de los faros de los autos que pasaban a su lado, obtenían un raro fulgor violeta que transformaba aquel bello rostro en el de una diosa pagana. Se sentía inmensamente orgulloso de haber sido escogido por la muchacha entre la corte de pretendientes que la requerían, considerándose un hombre importante por el sólo hecho de ser amado por una criatura tan angelical.

—¡Eh! ¡Cuidado, Erwin! Mantené las manos sobre el volante y dejá los arrumacos para después amigo —gritó Diego, sumamente alterado por la brusca frenada que debió realizar Erwin luego de haber besado los labios que se le ofrecían tentadores.

—Si nos matamos antes de ver el espectáculo… ¿Qué gracia tendría el haber intentado venir a disfrutarlo?

—Tienes razón, Irina —dijo Bianca soltando la mano de Erwin— Ya habrá tiempo para nosotros, amor. Ahora deseo ver la danza de las luces.

—Así se hará, mi reina —contestó el joven ebrio de felicidad y algo achispado por la bebida— Será algo que ninguno olvidará, se los aseguro.

—Pero estás desviándote de la autopista, amigo. Los caminos secundarios suelen ser peligrosos, y más por la noche.

—No temas, Arturo. Ya falta poco.

“Si mañana hemos de morir, creo que , luego de contemplar aquel lujurioso estruendo visual de fuegos encontrados, lacerados y empalmados en los juegos del vuelo, de encendidos faroles con alas de cristal partiendo en fragmentos la oscuridad de la montaña, para iluminar con destellos de oro la inmensidad de la atmósfera envolvente, bien valía la pena haber ascendido al acantilado, donde miles y miles de luciérnagas apagaban y encendían, encendían y apagaban el frenesí de su único y postrer acto de amor, tumultuoso río que avanzaba en zigzag en brazos del viento, tratando de abarcar con su polvillo mágico, la imperiosa necesidad de reproducirse en la única noche del año en que les era permitido hacerlo”.

Los atónitos viajeros que, sin un rumbo fijo, trataban de seguir aquel vertiginoso torbellino, con gritos de asombro intenso, coronaban con su euforia el digno corolario

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a la dantesca vorágine de alas y cuerpos, retorcidos en los espasmos de la orgiástica virulencia del instinto.

—¡Trata de tocarlas, Erwin! ¡Intentemos apresar algunas!…Quiero tenerlas en mi mano, sentirlas temblar en el poderoso desenfreno que las conmueve…

Por un breve momento, él giró su rostro para posarlo en el de Bianca, y fue tanta la emoción que aquella dulce carita expresaba, que sintió, por primera vez, que ellos dos estaban también involucrados en aquel enloquecido acto de amor. Y lloró. Las lágrimas, las voces, las luces, la máquina trilladora, el impacto, el auto dando tumbos y cayendo por el barranco, los gritos desesperados, el silencio más atroz del universo, la nada…

Sobre sus cuerpos, las luciérnagas seguían cayendo como estrellas fugaces buscando su destino…Sólo algunas de ellas conseguirían su objetivo…Y entre el amor y la muerte, se abrían las fauces del infinito.

Me despierto, me levanto, camino hacia la ventana, descorro las cortinas, abro las ventanas, me congelo…Ha llegado la nieve, los jardines parecen tumbas de hielo, es invierno.

Me baño, con jabón y champú, me enjuago, me seco, me calzo las pantuflas, tengo frío…La mujer de negro ha de haber prendido la caldera, la habitación está templada. Me visto con una camisa blanca y un traje azul de paño. Descuelgo mi abrigo del placar, a último momento recuerdo que debo colocarme las botas luego de las medias de lana.

Sobre la mesa de luz está la lista que ella confecciona para mi cada noche para que yo la lea al levantarme y recuerde lo que no quiero recordar. Lo único que quiero es morirme, no este repetir las secuencias para no perderme nunca más en los vericuetos del presente.

El pasado me llama. Quizás esta vez me anime y, al salir del trabajo, desoiga los consejos de mi madre para ir en pos del mojón 244 y comprobar cómo el amor puede construir, aún en el exilio, una tromba de luciérnagas en vuelo que consiga el retroceso necesario para que mi mente despierte y acepte la realidad que nunca intentó materializar. ¿Podrá mi razón abarcar la finitud de los avatares renunciando a la inmortalidad del regreso cotidiano, sin haberme separado de ella ni un solo instante?…

Mientras tanto leo mi lista, metódicamente, como un niño obediente, esperando que otra vez sea primavera.

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