La abuela y la nieta. (Ana Calbuig Teruel)

Y un miércoles ya no apareció. Se quedó esperándola, pero no llegó.

La abuela había hecho el flan tal y como a su nieta le gustaba, con mucho azúcar quemado y esperaba el momento de la tarde en que ella llegara. Le satisfacía ver cómo se lo comía, cómo lo disfrutaba. Eso hacía feliz a la mujer. Durante años mantuvieron la cita de los miércoles como algo íntimo de las dos, donde no había cabida para nadie más.

No mantenían grandes conversaciones, su nieta no era muy habladora, era introvertida y se ensimismaba con mucha facilidad, pero era la única nieta que tenía, lo demás eran nietos. En realidad hubiera sido más lógico sentir predilección por los nietos pues su familia estuvo compuesta mayormente de mujeres pero no podía evitarlo, su nieta era su nieta, era especial. Por eso, se entristeció tanto ese miércoles. Se dio cuenta de que la chiquilla había crecido y había otras cosas en su cabeza. De golpe vinieron los recuerdos.

Se sentó, melancólica, en su silla de anea, junto al balcón. Y mirando hacia la otra silla de anea, más baja, no pudo evitar pensar en las horas que pasaron juntas, ella enseñándole a hacer ganchillo con toda la paciencia que ello requiere, y la chiquilla, totalmente abstraída en lo que hacía, poniendo toda su atención. Primero comenzaron con el punto de cadeneta, kilómetros de cadenetas, hasta que vio que ya le salía bien. Luego vinieron los palitos. Y ahí  tenía a la niña haciendo palitos: sobre una cadeneta, sus pequeñas manos  iban y venían, pacientemente, primero una fila, y luego otra, y luego otra más,  hasta que el trabajo parecía ya por fin un tapete, aunque muy aburrido, nada más que puntos altos, sin más dibujos. Entonces decidió que había llegado el momento de enseñarle a hacer redondeles, que dieron más trabajo, pero que a fuerza de mucha paciencia terminaron perfectos.

Con nostalgia recordaba la satisfacción que reflejaba la espabilada cara de su nieta, el esfuerzo que hacía, con sus ojillos entrecerrados. Ella se daba cuenta de que la niña no era torpe como todos decían, era despierta e inteligente pero su vista no le acompañaba, la niña era miope, en la escuela lo pasaba mal, no podía hacer bien muchos trabajos, pero con paciencia y cariño se podían conseguir muchas cosas de ella, sólo había que convencerla de que si quería lo conseguiría, de que la vista no tenía por que ser una desventaja en su vida.  

Pero hubo de pasar mucho tiempo, cuando ya la abuela no estaba y los vaivenes de la vida maduraron a la nieta ayudándole a expulsar su egoísmo, que fue cuando ésta comprendió el daño que causó aquel lejano miércoles y ya nunca pudo sustraerse de esa nostalgia. Siempre le acompaño el recuerdo de su abuela, la única persona que en su niñez confió en ella y a quien debía su éxito actual.

 

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3 respuestas a La abuela y la nieta. (Ana Calbuig Teruel)

  1. ANA AMIGO PARDO dijo:

    Preciosa historia, felicidades.

  2. Ana Calabuig Teruel dijo:

    Gracias. Hacía tiempo que, por problemas,
    no enviaba nada. Espero poder continuar. Me alegra que te guste.

  3. Miguel Tardewski dijo:

    Es increíble. Yo escribí un relato para este concurso (Nono) que trata sobre un abuelo y su nieto y las perspectivas son absolutamente diferentes. Pretendemos cosas opuestas de cabo a rabo. Un saludo.

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