Final de fiesta (Canela Le Blanc)

Levantarse temprano un primero de enero puede ser una experiencia interesante. Nadie en la calle. Nadie, ni un perro. Se respira la resaca de la madrugada. Silencio. Solo la vibración de algún aire acondicionado en cada cuadra (de los viejos, esos bien ruidosos, que se la bancan). Botellas, bengalitas y chasqui-bum reventados son los restos del año anterior desparramados por el piso.

La iglesia está abierta. Lo raro es que hoy hay más silencio afuera, en el barrio, que adentro del templo. El ruido de mi propio chancleteo se puede escuchar desde la vereda de enfrente… o quizás desde más lejos.

De repente, veo a una señora paseando a su perro. El peinado de peluquería intacto, levemente despeinado, sostenido por la rigidez típica del spray. Sabiendo que hoy también es día de fiesta, lleva contenta los zapatos de tacos altos, que seguro le quedaron de la noche anterior.

Hay mucha gente que la mañana siguiente al 31 mantiene la imagen elegante y prolija, mientras que otros se entregan a las ojotas y al torso desnudo —en el caso de los hombres, claro—. Lo raro es que esta señora de tacos altos camina a paso rápido, rompiendo la modorra de este primer día del año. Ni siquiera se da cuenta de que su amigo fiel necesita parar en algún árbol para hacer sus necesidades. Ella tironea y sigue avanzando, sin mirarlo siquiera. Yo, desde la vereda de enfrente, apuro también mi paso, entre curioso e indignado. ¡Pobre perro!, pienso, y haciéndome el distraído, me dirijo en la misma dirección. Camino en paralelo, disimulo prendiendo un cigarrillo y sigo de refilón sus movimientos —creo que la conozco, es vecina de la zona, no sé de qué cuadra, pero en el supermercado del chino la vi varias veces.

Para mi sorpresa, nos acercamos a la puerta de la iglesia. Deja atado a su perro en un árbol que está a pocos metros de allí y, haciéndose la señal de la cruz, mira para ambos lados y entra silenciosa,  sin hacer ruido con los pies. Con la curiosidad a flor de piel y sin tener mucho más para hacer esta mañana, cruzo de vereda y me quedo mirando más de cerca. Las dos puertas principales están abiertas así que veo perfecto. El perro no ladra, se sienta y espera tranquilo. La señora se ubica en el último banco, al lado de un hombre mayor, como ella, que mira fijo la cruz colgada en el altar. Ella también mira hacia adelante, supongo que rezará alguna plegaria, aunque algo en su postura me llama la atención. Para ser una iglesia totalmente vacía, esos dos cuerpos se acercan demasiado, como rompiendo la distancia prudencial que uno suele dejar entre asiento y asiento. De pronto todo comienza a tener un sentido, ella extiende su mano derecha hacia él. Lento, muy lento, él le devuelve el gesto y los brazos se acercan, casi puedo jurar que la piel se les eriza, y entonces, también muy despacio, entrelazan sus dedos, uno por uno, hasta quedar tomados de la mano.

No hay nadie en la iglesia, todavía no es horario de misa, pero se escucha una melodía de órgano grabada que suena muy suave. Veo que algo se dicen y me desespera no poder entender las palabras susurradas. Hablan sin mirarse, la vista siempre fija hacia adelante. Solamente arriman, de tanto en tanto, un poco sus torsos, como para asegurarse de que el otro entienda. Aunque me esfuerzo, es imposible llegar a escuchar. Así que aprovecho el sonido de la música que ahora es más alta y entro rápido pero cuidando mis pasos, y me quedo cerca de la entrada, en un costado, ocultándome detrás de la imagen de San Cayetano, que por estas épocas del año está rodeada de flores de todos los colores y fragancias. Aunque me repugna un poco el aroma, me quedo allí quieto. Puedo ver que los dos tienen sus pies apoyados sobre el reclinatorio del banco de adelante, ese escaloncito mullido que se usa para arrodillarse y que ellos están aprovechando para rozar sus empeines.

Aunque estoy mucho más cerca, lo único que llega a mis oídos siguen siendo susurros irreproducibles. Al menos, puedo confirmar que desde el brazo hasta la nuca, ella tiene su piel estremecida y que el pulso les tiembla a los dos. Hace pocos minutos que estamos aquí, pero parecen eternos. Con la cabeza en alto, sus miradas siguen fijas al frente. Dos cuerpos juntos unidos tan solo por una mano y un empeine. Mucha energía a su alrededor y mi curiosidad cada vez más tensa. Quizás no debería estar aquí, pienso, pero ni se me ocurre marcharme.

Me invade un escalofrío cuando veo el beso abrupto, de labios apretados y quietos que se dan de repente, como si mentalmente se hubieran puesto de acuerdo. Ella, con los ojos cerrados; a él no llego a verle la cara. Sus manos agarradas, más fuerte que antes. Hasta se les marcan las venas. Las rodillas de los dos apenas rosándose. Ningún ruido, solo un beso apretado, tenso y seco.

Se separan con la misma torpeza con la que chocaron sus labios, ella disimula unas lágrimas, se pone de pie y se dirige hacia la salida. Él la sigue, imperturbable, con la mirada.

Me apuro para salir a la calle y cruzar de nuevo hasta la otra vereda. Creo que me vio, pero hace como si nada y, mirando para ambos lados, desata a su perro que sigue echado a la sombra de esa calurosa mañana, y vuelve por el mismo camino. Yo también regreso, más distante y ocultándome entre algún que otro coche estacionado.

Llegamos por fin a su casa —¡ahora sé exactamente de qué vecina se trata!—,  ella se acomoda el cabello y se abanica la cara con las manos. Está a punto de colocar la llave, pero le gana de mano una anciana con un delantal manchado de estofado que, desde adentro, abre la puerta con su mano enharinada y le reprocha la tardanza. Alguien más se asoma por el balcón del primer piso y la llama por su nombre: “¡No hay nada fresco en la heladera, vieja!”, le grita.

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